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Un líder taliban advierte a Obama contra el aumento de tropas de EE.UU. en Afganistán
Jueves, 22-01-09
«El plan que tiene (Obama) de incrementar el número de tropas no es en beneficio de Afganistán. Los talibanes no luchan por el poder o para participar en el gobierno, su objetivo es que las fuerzas extranjeras abandonen el país». Así de contundente se expresó ayer el ex embajador taliban en Pakistán, Mulá Abdul Salam Zaeef, a la agencia Reuters. La detención ayer, en los alrededores de la ciudad paquistaní de Peshawar, de un saudí acusado de ser responsable de los atentados en Londres el 7 de julio de 2005 sirvió para iniciar al nuevo presidente en el complejo reto al que se enfrenta en la frontera entre Afganistán y Pakistán, refugio de las estructuras centrales de Al Qaida y, según numerosos informes, de su líder, Osama Bin Laden. El hombre más buscado por Obama.
Cuatro días antes de llegar Obama a la Casa Blanca, la Inteligencia estadounidense anunciaba la salida de Irán de Saad bin Laden, tercer hijo del «enemigo público número uno», con destino a Pakistán. Considerado como un «aprendiz de terrorista con muy buenas conexiones», según fuentes estadounidenses, Saad bin Laden permanecía desde 2003 en la República Islámica de Irán bajo arresto domiciliario. El director de Inteligencia Nacional, Michael McConnell, mostró su satisfacción pública por su salida de Irán rumbo a Pakistán, ya que «es mejor si cualquiera de estos elementos está en lugares a los que tenemos acceso».
25 millones de recompensa
Esa accesibilidad que no han tenido desde 2001 a su padre, Osama bin Laden, el auténtico mito del yihadismo internacional. El desde anteayer presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, no baja la guardia: «Mataremos a Bin Laden y aniquilaremos a Al Qaida. Ésa debe de ser nuestra prioridad en materia de seguridad», aseguró durante toda su campaña electoral. Es un doble objetivo que la todopoderosa maquinaria bélica y de Inteligencia de Estados Unidos no ha podido conseguir en los ocho años de «guerra contra el terrorismo». Y Estados Unidos «está en guerra», volvió a recordar Obama en su discurso de investidura.
George W. Bush se ha despedido de la Casa Blanca orgulloso de «dejar un país más seguro que el que encontré», como destacó en su discurso de adiós. Desde el 11-S no se han producido nuevos atentados en suelo estadounidense, es cierto, pero el número de ataques de los grupos yihadistas se ha multiplicado por todo el mundo (Reino Unido, España, India, Pakistán...) y las fuertes bajas sufridas por los militares estadounidenses en Irak y Afganistán han llevado al Pentágono a replantearse sus estrategia de combate.
De las detenciones masivas -se calcula que sólo entre 2001 y 2005 EE.UU. podría haber detenido a 68.000 presuntos yihadistas- y la guerra abierta, se ha pasado a la búsqueda de acuerdos y al diálogo con los movimientos de insurgencia. Una estrategia que, de momento, funciona en Irak y que el general David Petraeus ha puesto en marcha en Afganistán.
La auténtica guerra contra la yihad se libra en la porosa y artificial frontera entre Afganistán y Pakistán, un territorio bajo control de tribus pastunes en el que, según la Inteligencia estadounidense, tiene su refugio la cúpula de Al Qaida. Bin Laden y su lugarteniente, Ayman al-Zawahri. Desde el pasado agosto, en varias misiones sucesivas, aviones estadounidenses no tripulados han atacado objetivos yihadistas en Pakistán. La detención de Sadam Hussein en diciembre de 2003 podría quedar como una anécdota. La recompensa para quien aporte pistas sobre su paradero es de 25 millones de dólares, y como señaló recientemente Dalton Fury, jefe militar de las operaciones especiales en Tora Bora, «no creo que el pueblo estadounidense acepte renunciar a su captura. Seríamos el hazmerreír del mundo».
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