Alfonso Armada y Gonzalo Sánchez-Terán. Prólogo de Aurelio Arteta. Trotta Editorial (2008, Madrid). 136 páginas
«El silencio de Dios y otras metáforas»
Actualizado Miércoles, 21-01-09 a las 16:15
¿Las luces de Nueva York, la capital del mundo, contra la oscuridad del África profunda? No es tan fácil. Tal vez la tristeza y la soledad son también gusanos que roen la Gran Manzana. Y puede que la alegría sea capaz de transformar los muñones de una guerra en flores de amistad y de respeto en mitad de la selva.

La sorpresa y la desesperación, las sonrisas y hasta las lágrimas se disparan entre las palabras de Alfonso Armada y Gonzalo Sánchez-Terán en su último libro «El silencio de Dios y otras metáforas» (Trotta). Alfonso como corresponsal de ABC en Nueva York y Gonzalo como director del Servicio Jesuita para los Refugiados en la zona más castigada por la guerra intercambiaron sus cartas en 2002, aportando visiones insólitas de ambos mundos, demostrando que todos estamos unidos por invisibles lazos y construimos nuestra maldición con cegueras y egoísmos. Como dicen ambos, a veces, con sus cartas barajaban la noche y la luz del mundo.
Conocer sus historiasConocer la mirada, los silencios y las palabras, las historias de los refugiados de Liberia, Guinea Conakry o Costa de Marfil. Para ayudar, que empieza por comprender. Asomarse después a la nana que una madre exhausta canta en Nueva York, en chino, en checheno, con acento guatemalteco, para que su niño alcance aquellos sueños que parecían tan de verdad mientras la dulzura de su propio sueño la rehúye.

Bailar con los mayores de una aldea que todo lo que tiene es paz y después entrar en el Consejo de Seguridad de la ONU con espanto de poeta para (oír) hablar de guerra (sobre Irak) y luego pasar la página y volver a África para comprender que la guerra allí se conjuga siempre en primera persona. No, el odio no nos une, pero nos iguala. Sin embargo, el prodigio de una sonrisa ilumina idénticamente ambos lados del mundo, o será que la humanidad vence los augurios porque cada uno podemos marcar la diferencia. Comprender: "En un mundo Laoconte los espectadores son cómplices de las serpientes". Ayudar: "Y sin embargo la vida se yergue siempre perpendicular a las ruinas". Así habla este libro maravilloso.
El miedo al otro se deshace en polvo aquí y allá, por estas páginas, en estas cartas que intercambian, entre rascacielos y entre palmeras, si sabemos mirar. ¿Nada puede cambiar? Hoy hay un presidente negro en EE.UU. y África amanece de un color más parecido a la esperanza, o sólo quiere seguir viviendo bajo el cielo más brillante de la tierra, aun entre cobijos de madera y plásticos. Torres, personas, niños, batallas, estrellas, muertos despachurrados. De verdad no somos tan diferentes...

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