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«El poder político en la Rusia actual puede ser calificado de chequismo»
Vitali Shentalinski
Martes, 20-01-09
En 1989 Vitali Shentalinski abrió de par en par los archivos literarios del KGB al aire libre de la Perestroika. Como un Cementerio de Libros Olvidados encontró cartas de Tolstoi y Gorki que habían sido censuradas y escudriñó entre los ficheros de escritores represaliados la magnitud de la tragedia de un país enfermo de totalitarismo. Nacido en Siberia hace 70 años, Shentalinski devolvió a la luz las obras de mujeres y hombres aplastados por la maquinaria estalinista. De sus indagaciones nació la trilogía «Esclavos de la libertad», «La denuncia contra Sócrates» y «Crimen sin castigo», tres documentos imprescindibles para ilustrar el epitafio de Grossman: «La libertad fue aplastada en todas partes, ya se tratara de agricultura, de poesía o de filosofía. Fueras botero, te ocuparas de tu círculo de lectura o desearas cambiar de domicilio, no había libertad alguna».
-¿La libertad para investigar el pasado ha perdido posiciones en la Rusia de Putin?
-El acceso a los archivos resulta ahora más dificultoso que en tiempos de la Perestroika, porque ha cambiado la actitud hacia el pasado. Con estos archivos que revelan un pasado tan horrible se hace muy difícil educar patriotas. Ahora quieren recuperar la grandeza rusa y se tergiversan muchos episodios históricos.
-¿Se está «embelleciendo» la figura de Stalin?
-Ha pasado del polo negativo al positivo. Cada vez hay más gente predispuesta a creer en un Stalin mitificado y evitar así una verdad que asusta y que permanece en el subconsciente colectivo agazapada como un monstruo. Los mayores no quieren hablar de sus familiares víctimas del estalinismo: les sube la tensión. Recomiendan a los jóvenes que vivan al día y sean felices. Se embellece el pasado porque no existe ningún modelo para el futuro. La mayoría prefiere confiar en un Futuro Soviético perfecto y mis libros combaten esa amnesia histórica.
-¿Los historiadores rusos participan en esa manipulación?
-No podemos hablar de complot, sino de acuerdo de intereses. Por ejemplo, los libros de texto que atacan a Stalin no son aceptados y los que lo dejan bien o pasan de puntillas se subvencionan. Como no hay dinero, lo más fácil es optar por el ejemplar gratuito... Otro ejemplo. En una parroquia cerca de San Petersburgo se exhibe un icono con un Stalin grandioso, imperial. A lo lejos, la Virgen parece bendecirlo. Imagínese una abuela que lleva a sus nietos y estos le preguntan quién es el hombre del icono: ¿Por qué un verdugo y tirano está en la parroquia: ¿Oran a Dios o a Satanás? Otra forma de banalizar la historia es montar un «tour» carcelario. Pagas cien euros, te visten de preso, te meten en una celda, te numeran, fotografían y te entregan un expediente... Una diversión muy popular... Pero muchos tuvieron a sus abuelos en esa misma cárcel... Es puro cinismo. Un sacrilegio.
-¿Se puede afirmar que el KGB sigue manejando los hilos del poder en Rusia?
-Sí. Los chequistas siguen en el poder. El poder ruso puede calificarse como chequismo. Los chequistas manejan todos los resortes de la economía y el arte. Un poder inmenso que no están dispuestos a compartir. Y eso no es democracia.
-¿Cómo reaccionó la opinión pública de su país cuando publicó su trilogía sobre la represión de la cultura por el comunismo?
-Algunos periódicos literarios me reprocharon que hablara mal de Stalin. Llegaron a decir que fue muy apreciado por Pasternak o Platónov: una mentira. Ahora en una página de internet han llegado a minimizar los crímenes estalinistas: arguyen que con aquel régimen llegamos al espacio, tuvimos el mejor ballet del mundo y ganamos la Segunda Guerra Mundial... Como si el terror fuera terapéutico. Hace cinco o siete años nadie se hubiera atrevido a decir semejantes barbaridades. Eso prueba que la popularidad de Stalin sigue creciendo, que las raíces del terror no se han extirpado. Que el crimen permanece sin castigo.
-¿Qué sintió ante el asesinato de Anna Politkóvskaya?
-Fue un shock. Necesitábamos la voz crítica de aquella mujer valiente y solitaria. Una tragedia para la conciencia ciudadana. Fue asesinada por sus opiniones y el poder es culpable porque debió garantizar su seguridad.
-¿Qué papel tienen hoy los intelectuales rusos?
-Puedes decir o escribir lo que quieras: nadie te hará caso y no podrás cambiar nada. La literatura ha perdido su función crítica y se ha hecho posmoderna, escritura de cámara.
-En su obra descubre a Occidente otros escritores perseguidos, además de los más conocidos, como Solzhenitsin o Pasternak...
-Solzhenitsin es una figura central, pero Varlam Shalamov y sus «Relatos de Kolimá» es más potente desde el punto de vista literario. Eso no resta méritos a Solzhenitsin: no fue un especulador, escribió su obra como recluso en los campos de trabajo. Un gran ciudadano ruso que se enfrentó en soledad a la hidra.
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