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Publicado Lunes, 19-01-09 a las 12:47
No hace mucho escribí un artículo, que nadie quiso publicar, en el que dejaba apuntadas unas cuantas notas acerca del arte de dibujar de Antonio Mingote. Me pareció que era justo, después de cumplir cincuenta años publicando su viñeta en ABC, además de infinitas otras obras.

Vuelvo a intentarlo ahora de nuevo, con motivo de su 90 cumpleaños, muy interesado en sumarme al homenaje. No obstante, soy de los que piensan que Mingote merece algo más que comentarios elogiosos y felicitaciones efusivas. Merece que se le comente y hasta que se le estudie.

Tal vez las mías no eran anotaciones valiosas y por eso no encontraron tribuna, de modo que lo intentaré en el contexto de esa reciente publicación suya, ¡600 ilustraciones para una edición del Quijote! que se asoma imponente en los escaparates de las librerías.


EspañolidadA propósito de ese trabajo, por cierto, se me ocurren un par de comentarios sobre el autor: Atreverse con el Quijote define en cierta medida su españolidad (españolía, habría dicho el ya clásico Julián Marías) y su afinidad con Cervantes. Pero es que el endosarle 600 láminas al maestro le define con más precisión como un hombre de valor, que no es lo mismo que temerario, aunque en este caso ambos términos se aproximen peligrosamente.
Una de las características más admirables del arte de Mingote es que una viñeta cualquiera, una mera viñeta suya se basta para explicar el conjunto de su obra. Lleva en ella todos los rasgos y todas sus cualidades y tiene una dimensión como molecular que condensa la síntesis de un todo que es la obra de Mingote. Esa autosuficiencia de la viñeta queda subrayada por otra cualidad evidente. El dibujo tiene entidad propia independiente de lo representado, de las personas, objetos, situaciones que se plasman en el papel.


El diagrama que forma un dibujo de Mingote se compone de trazos tan graciosa, armoniosa y deliberadamente dispuestos, que permiten incluso una lectura abstracta más allá de las figuras, de esos hombrecillos perplejos, de esas tremendas mujeres, de los paisajes, de los árboles, de las nubes. Una viñeta suya es un tapiz barroco, una escultura plana, un bajorrelieve, un arabesco, un artilugio visual, en fin, un jeroglífico con estructura precisa, que parece arbitraria (eso de algún modo es la creación artística) pero que no se sale de la lógica del dibujo de Mingote. Es algo parecido al estilo pero que aquí yo llamaría su razón, que es más que el criterio, por esa independencia que digo que tiene la viñeta en si misma.
Su mayor virtudCon todo, no es ésa su mayor virtud. Es preciso atribuirle a la obra de Mingote otra cualidad superior importantísima y trascendental. Antonio Mingote dibuja al hombre, esto es, a la persona, no al individuo, sino a una persona, ésa en particular, pero que podría ser otra, y lo deja fijado más allá de lo antropológico y creo que más allá también de lo filosófico, por esa capacidad que tiene el arte de aquilatar los logros del conocimiento científico.

Quiero decir que en terreno tan resbaladizo, tan volátil como es la condición humana, no se puede llegar a conclusiones definitivas. Me temo más bien que cada caso es ley universal de ese caso concreto y sólo suya, y el arte establece un sistema que es el punto de vista, la perspicacia del artista, hoy por hoy un bien un tanto escaso y mal aprovechado. Mingote ha hecho una gran aportación al conocimiento del ser humano, que es el tema de su obra, y tal vez con el tiempo se le consulte como un mero manual, porque ofrece explicación y respuestas a preguntas no expresamente formuladas, sino insinuadas para que cualquiera con curiosidad y con capacidad para el asombro se acerque a ellas. Eso es una rarísima habilidad. Y a ese raro don Mingote ha respondido de la mejor manera que se puede esperar, con el trabajo a destajo. Lo cual, abruma sobremanera. Muchas gracias, Don Antonio. Y a ver qué nos depara hoy usted.
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