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Sábado, 17-01-09
Atención, pregunta: ¿quién fue el último (o la última) que dijo que cuando él (¡con ella!) llegara a Washington, no la iba a reconocer ni Abraham Lincoln? Los que critican a Barack Obama por llevarse a la Casa Blanca a media ex Administración Clinton, incluida la ex primera dama, olvidan que esto es un segundo asalto al establishment, no el primero. El boxeo político ya estaba inventado.
Obama parece haber tomado buena nota de los aciertos y errores de su predecesor demócrata en el ring del despacho oval. No parece probable que a él le estalle en la cara ningún escándalo sexual como los que amargaron la carrera de Bill Clinton. Los vicios del nuevo presidente se limitan al tabaco y la blackberry. Sí podría colear algún cabo financiero suelto. Los no del todo aclarados vínculos de Obama con el especulador inmobiliario de Chicago Tony Renzo recuerdan a lo que supuso el caso Whitewater para los Clinton. Pero, como en aquel asunto, nadie espera que surja nada demasiado feo o concreto.
Clinton ganó las elecciones al grito de «Es la economía, ¡estúpido!». Obama se ha ahorrado el epíteto porque el pueblo ya se lo gritaba en masa a Bush por él. Pero las crisis económicas, que tanto ayudan en campaña, son un infierno para gobernar. Clinton tuvo que sacrificar casi todas sus promesas sociales para pasarse el primer mandato cuadrando el déficit y la caja. A Obama le espera un calvario igual o peor.
De números rojos a superávit
¿Superará Obama el examen con tan buena nota como Clinton, que heredó una Casa Blanca en números rojos y la dejó con un superávit de 559.000 millones de dólares? Para lograr este milagro, Clinton sufrió e hizo sufrir mucho. Arrostró las iras de los desencantados de la izquierda, vio embarrancar la propuesta de reforma sanitaria de su costilla, perdió el control de las Cámaras, que por primera vez en cuarenta años cayeron en manos de los republicanos, se creó tal cantidad de enemigos que hasta el último minuto no tuvo claro si el Senado daría luz verde a su «impeachment» por el caso Lewinsky...Y todo eso sin guerra de Irak y sin Oriente próximo en llamas.
Pero a diferencia de Clinton, Obama no se va a enfrentar a las hordas de Washington al mando de una armada invencible de novatos. Su gobierno está lleno de washingtonautas curtidos. Y a pesar de algunas meteduras de pata iniciales, trabaja de firme para tener a su lado al Congreso.
Además, el presidente piensa llevarse puesta a la Casa Blanca la impresionante red de apoyos que ha cosechado por internet, un contrapoder que no obedece al partido y ni siquiera a sus donantes, y que ya tiene hasta nombre: Barack Obama 2.0. Su función es ser la guardia pretoriana virtual del presidente y ponerse a trabajar desde ya por su reelección en 2012. Al lado de esto, la famosa «campaña permanente» de los Clinton parece cosa de los tiempos de la radio de galena.
El Ala Oeste de los «zares»
Obama sí se ha apuntado a la tradición clintoniana de potenciar el Ala Oeste de la Casa Blanca, allá donde moran los «zares» y los asesores áulicos del presidente, esos que no responden ante los secretarios de área del gobierno y que llegan a mandar más que ellos. Obama está coleccionando tal cantidad de superegos que ya hay quien se pregunta si el equipo no le va a estallar en las manos de puro galáctico. Claro que temer esto supone minimizar uno de los efectos más interesantes del estilo del presidente: nadie duda de que él es el número uno. Pero, ¿alguien tiene claro quién es el número dos?
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