Morir de miedo a los 14 años
Viernes, 16-01-09
El estruendo de la artillería israelí acercándose cada vez más a su barrio pobre de Al Remal, ahogado bajo las bombas por séptimo día consecutivo, fue demasiado para Christine. Tenía 14 años, era estudiante de décimo grado e hija de un doctor. «Murió de miedo. Desde que comenzó la guerra sintió el peligro, sufrió desórdenes neuróticos e histeria como tantos otros niños... Cuando los F-16 volvieron a disparar sus misiles aquel viernes, cayó al suelo aterrorizada por las explosiones. Su padre intentó ayudarla, pero no pudo. La tomó en sus brazos para intentar reanimarla en el hospital, pero murió antes de llegar». Quien lo cuenta es el sacerdote al frente de la Iglesia del Patriarcado Latino de Gaza, Manawei Mussallam, íntimamente vinculado a la pequeña comunidad cristiana ortodoxa a la que pertenece la familia de Christine, a quien no se pudo enterrar hasta cinco días después por la locura odiosa de la guerra. Era 7 de enero. Día de Navidad para los suyos.
Otra generación perdida
El diagnóstico forense de Christine habla de un ataque al corazón. Su pánico insuperable habla de la pérdida terrible de otra generación de niños gazatíes, que se consumen presa del pánico a morir asesinados mientras duermen, o de camino al colegio, confundidos en inmensos desórdenes psicológicos después de ver a sus padres impotentes e incapaces de proporcionarles alimento, abrigo y seguridad.
Ya no hay nada que hacer por los más de 300 menores que han caído en la franja desde el 27 de diciembre, con alrededor de 1.500 heridos. La tragedia son los pequeños que todavía están vivos y su sufrimiento espantoso: «El 36 por ciento de los niños de entre 8 y 12 años, y el 17 de las niñas, desean morir en los ataques del Ejército de Israel». Son datos del Programa de Salud Mental de la Comunidad de Gaza, que dirige con tesón incansable el doctor Eyad al-Sarraj desde hace más de 17 años, durante los que ha podido documentar cómo las graves secuelas mentales acaban arrojándoles a los brazos de los grupos armados en la edad adulta. «Un niño expuesto a tanta violencia se convierte en violento», ratifica el director del hospital psiquiátrico de Gaza, Aish Samur.
Las secuelas del terror
Los niños de Gaza dibujan tanques, puestos militares, se comen las uñas, tienen pesadillas, dolores de causa desconocida, llantos y episodios de introversión. Un 47 por ciento sufren traumas psicológicos sin que sus familias se den cuenta. El 30 por ciento de ellos se niegan a dormir solos y arrastran severa incontinencia urinaria. La operación «Invierno caliente», lanzada por Israel en mayo, aumentó un tercio el número de pacientes infantiles en los servicios de psiquiatría, donde tratan de limpiar sus mentes de las escenas de muerte, funerales, casas derrumbadas, bulldozer arrancando árboles...
La foto de Christine, contraída y amortajada, en los periódicos árabes de Israel ha sacudido conciencias, aunque nunca las suficientes. En el diario «Al Quds», Sam Bahour escribía: «Nunca te conocí, y sin embargo te quiero como a mi hija de tu edad. Viviste 14 años en miedo permanente... perdón por que ni yo, ni el mundo, actuamos con suficiente diligencia como para darte una vida normal, una vida digna».

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