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Mientras el Washington Post aplaude su «dirección arrebatadora», Ángel Gil-Ordóñez descubría una joya de Aaron Copland, «The City» (1939), que ha presentado, restaurada, en la Residencia de Estudiantes
Actualizado Viernes, 16-01-09 a las 06:20
-Un director de orquesta metido a Indiana Jones. ¿Qué ha encontrado en América?
-Documentales olvidados de la época de la depresión americana (años 30). La Administración de Roosevelt, que fue uno de los más extraordinarios presidentes de EE.UU., se dio cuenta de que para combatir la depresión era fundamental que la gente fuera consciente de que existía una depresión en la nación.
-¡Igual que Rodríguez Zapatero...! ¿Y?
-El Gobierno federal tenía que ayudar a la gente: las llanuras estaban completamente arrasadas, padecían una sequía horrible y las personas se iban al Oeste porque no podían vivir ahí. ¡Eureka!, idearon unos documentales, con los mejores directores, y los irradiaron. Propaganda dura y pura. Eso fue el «New Deal», con los grandes del cine, la fotografía, o la composición como Aaron Copland. La ciudad era un horror, pero el Estado tenía la solución.
-¿Y la utopía?
-El Estado decía: «Hemos creado los cinturones verdes, que son comunidades en las que la gente vive al lado del trabajo, puede ir caminando...», y urgía: «¡Abandonad la ciudad y venid aquí!».
-¿Y abrazaron los falansterios?
-Se crea el documental «The city», y se presenta en la Feria de Nueva York, en 1939. Lo vieron millones y millones de personas. Nosotros, gracias a Joseph Horowitz, hemos descubierto la primera grabación mundial, restaurado la banda sonora, que estaba echa una pena -¡es de hace setenta años!-, y añadido una narración nueva.
-¿Qué se escucha allí de España?
-Me da la sensación de que aquí estamos viviendo un momento dorado para la música (ópera, auditorios, orquestas...), lo cual es extraordinario. Hay que tener cuidado en mantenerlo bien.
-Esperemos que no se pisotee la rosa.
-Se está haciendo un buen trabajo de difusión, de acercamiento, y la gente está yendo a los sitios. En Estados Unidos se vive un momento difícil para la música clásica porque el público está envejeciendo. No se está produciendo la renovación que debería darse.
-¿Por qué se marchita el público USA?
-Porque ese formato del concierto clásico que se llevaba hace doscientos años, es decir pasar el día allí, no funciona hoy. Tu llegas a la sala, obertura de Mozart, concierto de piano, intermedio, y se muere. Un concierto de jazz supone un esfuerzo intelectual mucho mayor que escuchar una sinfonía de Mozart.
-¿La música no es una experiencia única?
-Para eso hay que contextualizarla. Por ejemplo, nosotros, con una obra maravillosa de Gustav Mahler, «La canción de la tierra», inspirada en poemas chinos de la Dinastía Tang (en torno al 600 a. C.) creamos el clima oriental que Mahler buscaba, y arrancamos el concierto con música tradicional china, leímos los poemas en chino para escuchar la fonética del verso, y encargamos una obra a un compositor contemporáneo chino-americano como respuesta a Mahler, con la misma instrumentación. Y al final escuchamos la obra de Mahler. La gente quedó fascinada. Hay que educar en la música sin paternalismos.
-Como la labor impagable de José Antonio Abreu y su Sistema de Orquestas de Venezuela, premio Príncipe de Asturias.
-El maestro Abreu me contó que cuando era muy joven, y compositor, se llevó una orquesta de chicos que tenía en Venezuela a México, invitado por Carlos Chávez, quien le dijo una cosa en la que yo creo profundamente, y que enlaza mucho con nuestra Ensemble: «Una orquesta es el reflejo de una sociedad y de una comunidad».
-¿Cómo se puede cambiar la sociedad desde una orquesta?
-Como lo ha hecho maravillosamente Abreu. Si a los niños, en vez de estar muertos de hambre en la calle, robando, asaltando... les damos instrumentos, les ponemos a ensayar, se enaltece la personalidad, y cambias la sociedad.
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