Martes, 13-01-09
SIEMPRE merodea circundando los alrededores de la polémica como olisqueando huesos que roer para enseñar colmillos y tratar de demostrar una fortaleza de la que en realidad carece. Agria como los cítricos jóvenes a los que los estacazos prematuros no permiten madurar, su tacto es el de la arpillera, y su cintura,¡ah, la esencia de la democracia en el diccionario de Zapatero!, más se asemeja a una mesa camilla que a la de una política con experiencia y un criterio definido sobre el servicio público, la eficacia en la gestión y el sentido común.
En su Ministerio, sus órdenes, sus diatribas, sus broncas, a estas alturas deben sonar a pan nuestro de cada día que retumba, hueco, por entre los pasillos y los despachos de funcionarios hastiados que se encogen de hombros, se miran entre sí y se dedican muecas cómplices de impotencia, hartazgo y displicencia. Pero la ministra no acierta nunca.
Nunca está ni se le espera, y cuando llega, lo hace tarde y mal para rozarlo todo con la arpillera de su rudeza, con el esparto rugoso y áspero de su dudosa educación, hasta desgastar y erosionar todo lo que se le pone por delante -«¡a mí Sabino, que los arrollo!»-, sin resolver mucho más que el diseño improvisado y cutre de una coartada justificativa de su negligencia.
Excusas de mal pagador. Pero ella, antes partía que doblá. Muy digna, muy de mujer de principios y valores, muy de socialismo eterno y aleccionador, muy auténtica ella... pero también muy demagógica, muy cínica, muy ineficiente. Tiene guasa que su imagen sea peor aún que la del ministro del millón de parados en un año; que la del ministro que viaja mientras otro negocia la política exterior desde Madrid; que la del ministro del «mundo en colores, ¡coño!», mientras las togas se le rebelan con una amenaza de huelga; o peor que la que la ministra «miembra» de este Gobierno y aspirante a un sillón en la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación si fallase -no sería raro- el de la Real Academia Española-.
Cuando nieva porque nieva; cuando se va la luz porque se va la luz y las eléctricas se han confabulado contra ella en una conspiración de dimensiones siderales; cuando Cataluña le reclama, porque es andaluza; cuando llueve porque llueve; cuando se colapsan las carreteras, los trenes de cercanías, los trenes de lejanías, los trenes mediopensionistas, los puertos de alta montaña y los de baja montaña, porque la gente viaja donde no debe y cuando no debe; cuando los aeropuertos petan con la rapidez de un ordenador infectado por un gusano en forma de virus..., porque las compañías aéreas encubren huelgas y porque nadie sabe ponerle cadenas a los aviones; cuando, cuando... Siempre que hay un cuando, pío, pío, ella no ha sido.
Su gusto por agitar la política va más allá de lo recomendable; mucho más allá de lo tácticamente admisible; mucho más allá de lo que las normas del respeto, la consideración y la cortesía dictan para el gobernante hacia el ciudadano; mucho más allá de lo que la vanidad, la autoestima y la complacencia por el ombligo de uno mismo merecen.
¿Por qué será que cada mañana, cuando empapamos una magdalena en el café con leche, y se nos desmigaja como por arte de magia, y esos tropezones flotantes echan a perder el desayuno, nos acordamos de ella y salimos de casa, ya desde temprano, con el ceño fruncido por el rictus del cabreo?
Será por la leche, que está mala.