El ciclo de la muerte y de la vida descansa en «Historias de la Alcarama» (Gadir), primera gran obra de un periodista de amplio prestigio, Abel Hernández, que recupera así su infancia, nunca perdida ni olvidada, en Sarnago...

La admirable memoria de un «niño de la guerra»
Abel Hernández nació en Sarnago (Soria) en plena Guerra Civil. Estuvo en el Seminario de Teología, hizo Filosofía y Periodismo. Ha sido uno de los principales cronistas y periodistas de la Transición, amigo de Adolfo Suárez, y con bastante confianza con el Rey
Actualizado Martes, 13-01-09 a las 10:07
-...Yo nací allí, en Sarnago [montañas de Soria], donde no existía la rueda, ni había carreteras, luz eléctrica, agua corriente... Se vivía con el arado romano y los perros se apareaban en la calle desde hacía dos mil años. Pero allí regía la fraternidad, y yo pasé una infancia feliz.
-Su territorio mágico recuerda al Yoknapatapha de Faulkner, al Macondo de García Márquez, a la desértica Comala...
-...Hay algunos chispazos del Pedro Páramo, pero me contuve. El pueblo tiene un sentido mágico. La convivencia de muertos y vivos, animales y personas. Amo a toda la gente que está en el libro.
-Sostenía el patriarca literario portugués Miguel Torga que lo universal es lo local sin paredes. Así es su recuerdo de Sarnago.
-Está en el frontispicio de «Historias de la Alcarama» para que su valor no se reduzca al localismo. Dámaso Alonso decía que Madrid es una ciudad de un millón de cadáveres. España es hoy un país de un millón de cadáveres de emigrantes de los pueblos, que están desperdigados. Y creo que hay que honrarlos.
-A todas esas personas de la gran diáspora de los años 60 y 70 les cerraron su casas. Se despedían, desgarrados, llorando.
-¡Hay que reconocerlos, pues! Por ejemplo, mi madre, una mujer increíble, admirable, está enterrada en El Espino, donde Antonio Machado; mi tío en Madrid, en San Justo, mi padre se quedó en la huesera, nadie los ha recuperado, y mis abuelos en el viejo cementerio del pueblo. Ha habido una dispersión de los muertos en España sin que nadie haya levantado una voz diciendo: «¡Vamos a honrar a toda esta gente!». Es de justos.
-Lo rural une más que el grito del sátrapa.
-La vida humana ha sido siempre rural. En Sarnago moría una persona y todo el pueblo sentía el fallecimiento, desde que iban con el viático hasta que lo enterraban. Yo soy rural. Cuando esa muerte dejaba la cosecha a medias el pueblo unido acudía a recogerla, la siembra o lo que hiciera falta. Y si se quemaba algo, todos ¡a apagar el fuego!
-¿Había recaudadores en ese tráfago?
-He sido honesto. No oculto nada, y cuento la miseria. Recuerdo a esos delegados que presionaban a la pobre gente. Luego venía el recaudador, un tío moreno, con bigote, a sangrar con la contribución a unos seres que no tenían agua corriente, carretera, luz eléctrica... Ahí tuve yo un ramalazo de prevención ante el Estado, que nunca se me ha quitado.
-Fieramente humano, y comprensible.
-En San Pedro Manrique hubo un crimen. Al principio de la guerra mataron a todos los concejales del Ayuntamiento y al alcalde porque eran del Frente Popular. Y los enterraron al pie de una ermita derruida. Muchos años después don Antonio, el cura, y el alcalde, que no eran sospechosos de ser de izquierdas, sacaron aquellos restos sin dar ningún cuarto al pregonero. Y en el año 1978, cuando se aprobaba la Constitución, hicieron el funeral en la Iglesia, los enterraron civilizadamente y todo el mundo se quedó tranquilo.
-Eso sí es recuperar la memoria histórica.
-¡Y educar para la ciudadanía! Me doy por satisfecho si estas «Historias de la Alcarama» sirven para honrar a esta gente y a la memoria de esta comarca de las Tierras Altas de Soria donde está el mayor desierto de Europa: 2 habitantes por kilómetro cuadrado, menos que en el Sáhara, cuando antes era pura vida.
-Alguien es responsable de todo eso.
-Algún día habrá que pedir responsabilidades de ese montón de cadáveres del éxodo rural dispersos por España. Se hunden iglesias, casonas, puentes romanos... El abandono es total. Y estamos destruyendo gran cantidad de lenguaje.
-Y a usted, como principal cronista de la Transición, ¿no le aburre la política hoy?
-El mayor problema es que los partidos se intentan apoderar de las instituciones que configuran un Estado democrático: de la Justicia, Prensa... Y mandan los aparatos de los partidos. Hay una degradación del sistema democrático.

