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El Madrid avanza ganando un partido sos y cómodo en Mallorca. Robben, Raúl y Ramos, lucidos ante Aouate
Una siesta con los goles soñados
Lunes, 12-01-09
Volvió a viajar el Real Madrid y dio en verse como Gulliver, aquel señor que sentía la comezón tragamares. El Real Madrid, dado el tamaño y semblante de su anfitrión, no sabía si había tocado playa en las costas de Mallorca o más bien en Liliput o en la isla voladora de Laputa, donde, como es fama por el relato de Swift, tienen los paisanos la cabeza inclinada a la derecha o la izquierda, y un ojo vuelto hacia dentro y el otro para arriba clavado en el cenit. Un cromo.
Así quedaron las caras del Mallorca nada mas arribar el Madrid, y las cabezas se inclinaban concretamente a su izquierda, por donde asustaba Robben. El Mallorca fue paralizado tan pronto, que sus jugadores, para completar la analogía con los habitantes de Laputa según consta en el libro de referencia, hubieran necesitado como estos unos «sacudidores», personal de servicio que atizándoles oportunamente, ora en las nalgas, ora en los carrillos, los sacara de su estado de absorción mental.
En este escenario, el partido discurrió con placidez soporífera y ni siquiera alcanzó el despertar cuando el Mallorca quiso reaccionar en el segundo tiempo. Dejémoslo en duermevela. El más despierto entre los laputianos quizá fue su entrenador, Manzano, que tuvo la idea -un mal sueño- de parar al Madrid con tres centrales y dos laterales largos. El propósito debía de ser que Robben, en sus frenéticos regates, topara siempre con un obstáculo más: digamos un «líbero», un libre, como antaño. El libre fue en los viejos tiempos la muerte del extremo, y ahora que el extremo parece revivir con Robben, Manzano quiso resucitar también al libre.
La treta no sobrevivió más que un par de minutos. El Mallorca hizo un remate de cabeza a las manos de Casillas, el portero montó un contragolpe con el saque, vía Higuaín con destino gol de Robben, y ahí acabó todo, en el minuto 3. Lo demás fue siesta en esta nueva Laputa, y si no llegó a volar la isla, como en el viaje gulliveriano, al menos le volaron los tres puntos.
El Mallorca estuvo mal, el campo peor, y el Madrid casi no necesitó estar. Tuvo una de esas tardes en las que basta soñar para que los deseos se cumplan. La cosa fue ventilada con flema. Cannavaro no paró de sonreír, Lass, que apunta a titular fijo, y Gago rebañaron todos los dulces a la vista a esa hora del té y Robben aguardó sin tensión sus momentos de deleite, esos en los que ve ante sí al lateral de turno y se relame los labios. Le fue difícil apurarlos por la deficiencia del piso, que hacía rebrincar al balón como si brotaran piernas subterráneas más disuasorias que las de los defensas.
Ninguno de los dos equipos se lanzó precisamente a la portería contraria. Uno por incapacidad, el otro por reserva. En la calma chicha contrastó la mar brava de Higuaín, que después de servir a Robben el primer gol se desató para ofrecer a Raúl el segundo. No fue un regalo simplemente recogido. El capitán, haciendo del lujo utilidad en su tacón derecho, tuvo que contribuir con su sentido canónico del desmarque. Huntelaar vivió veinte afanosos minutos, al final, ansiando en vano una ocasión parecida.
El Madrid salió lleno de la isla sin haber llevado muchas provisiones. Su media sigue carente de atractivo. Lass y Gago son defensivos, Sneijder pena desterrado en la banda izquierda y Robben vive a su juguetón albedrío, justificado ahora con los goles (más un tiro al poste de Aouate). En estas condiciones la combinación no surge, la velocidad en el fútbol trenzado es muy escasa y el rendimiento va llegando puntual, pero sin brillo ni fantasía. Llama más la atención la portería de Casillas, donde vuelen a tejer tranquilas las arañas.
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