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Muchos autores han mantenido relaciones no demasiado inocentes con el mundo del espionaje: Ian Fleming, John Le Carré, Graham Greene, Daniel Defoe o Antoine de Saint-Exupéry, entre otros
Espías en la sombra
John Le Carré | ABC
Lunes, 12-01-09
Todo ocurrió casi como en una novela. El manuscrito de Doctor Zhivago fue sustraído de un avión y microfilmado página a página por agentes de la CIA, que después lo imprimieron clandestinamente en una imprenta de la agencia en Amsterdam. Era la primera edición en ruso, con la que se cumplía un requisito imprescindible para que a su autor, Borís Pasternak, le fuera concedido el premio Nobel, al que se vio obligado a renunciar debido a las presiones que recibió por parte de Nikita Jruschov.
Las rocambolescas circunstancias que rodearon ese año el premio han sido conocidas recientemente gracias a la investigación de Iván Tolstói, quien afirma que Pasternak fue ajeno en todo momento a las maniobras de gobiernos y agentes secretos que se tejían en la sombra.
Ha habido muchos otros escritores que han mantenido relaciones no tan inocentes con el mundo del espionaje. Es sabido que Ian Fleming y John Le Carré fueron espías, un mundo que reflejaron, cada uno a su manera, en el ambiente opresivo y a veces burocrático de sus novelas. Pero también autores tan inesperados como J. D. Salinger o Roald Dahl tuvieron que ver con ese oscuro mundo de la inteligencia.
El primero realizó labores de contraespionaje durante la Segunda Guerra Mundial, y Dahl pasó parte de la guerra trabajando para el espionaje militar en el norte de África. «La relación entre los escritores y el espionaje es algo que viene de lejos», afirma Fernando Martínez Laínez, autor del libro Escritores y espías (Temas de hoy, 2004), en el que se habla de cómo Garcilaso, Quevedo o Cervantes, entre otras muchas glorias literarias, se dedicaron a actividades de información encubierta. «Hay dos rasgos comunes al escritor y al espía: uno es la duplicidad, el ser capaz de vivir una doble vida, de enmascarar e idear historias, y el otro es la facultad de observación, la capacidad de fijarse en las cosas, incluso en las que aparentemente carecen de importancia». Tuvieron relación con el espionaje el dramaturgo Christopher Marlowe, Voltaire y Daniel Defoe, el inmortal autor de Robinson Crusoe, al que muchos consideran el creador del servicio secreto británico, ya que propuso al Gobierno utilizar su trabajo como periodista y sus frecuentes viajes por el país para crear una red de informadores.
España 1936
Uno de los momentos en que espionaje y literatura se cruzaron de forma más insistente, también novelesca, fue en España durante los primeros meses de la Guerra Civil. A finales de octubre de 1936 llegó a Madrid el escritor Arthur Koestler. Probablemente se hospedara en el hotel Florida, en la Plaza del Callao, donde también lo harían, durante sus estancias en la capital, Antoine de Saint-Exupéry, John Dos Passos y André Malraux, entre otros. Todos se conocían, y era fácil verlos pasear por la Gran Vía, en dirección a Chicote, o comiendo en el Hotel Gran Vía, enfrente de la Telefónica.
El otro hotel imprescindible era el Gaylord´s, situado cerca de la Plaza de la Independencia, que acogía al Estado Mayor de las fuerzas soviéticas en Madrid. Un ejército invisible -nunca se reconoció que estuviera en España- de aviadores, tanquistas, asesores militares y espías, decenas de ellos, que trabajaban a las órdenes de Alexander Orlov, el jefe de la NKVD, el antecedente del KGB, en España.
En el bar del Gaylord´s, donde se bebía la mejor cerveza de Madrid, era fácil ver a Ernest Hemingway buscando siempre la información más fiable, y al escritor Illia Ehrenburg, que trabajaba para la revista «Izvestia» y que al tiempo realizaba informes confidenciales para el embajador Rosenberg, el hombre de Stalin en España.
En 2003, el artista Carlos García-Alix, apasionado investigador de esa época, publicó Madrid-Moscú (T ediciones), donde retrata el Madrid de la guerra. «Hay una mujer que es Margarita Nelken, escritora, crítica de arte, diputada que dio nombre a un batallón, y que acaba de confirmarse, tras la desclasificación del Informe Venona, un documento interceptado por la CIA a mediados de los años 40 y ahora hecho publico, que fue agente del KGB, como se sospechaba. Y es probable que ya trabajara para los rusos durante la guerra, con el nombre en clave de Amor; la camarada Amor».
Hubo otro escritor, Mijaíl Kolstov, que se movía como pez en el agua en aquellos primeros meses de guerra. Corresponsal del diario «Pravda» y autor del Diario de la guerra española, fue uno de los organizadores del Congreso de Escritores Antifascistas. Tuvo siempre línea directa con Stalin, y fue quien inspiró a Hemingway el personaje de Karkov de Por quién doblan las campanas. Terminada la guerra, fue acusado de haber actuado como agente doble al servicio de los aliados y de haber colaborado con una red para la que también recabaron información Koestler y Saint-Exupéry. Nunca se sabrá si había algo de verdad en las acusaciones. Kolstov fue juzgado, condenado, y fusilado, al parecer, en febrero de 1940 junto al dramaturgo Vsevolod Meyerhold.
Los cinco de Cambridge
Otro personaje que cubrió la Guerra Civil española, aunque en este caso desde el bando franquista, fue un británico que trabajaba para el «London Times», el atildado y escurridizo Kim Philby, al que Franco concedió la Cruz Roja al mérito militar, tras ser herido cerca de Teruel por una granada de obús. Philby sería el jefe, en la sombra, de una de las redes más exitosas de la historia del espionaje, conocida como «los cinco de Cambridge». Un grupo de agentes que trabajó para el KGB hasta los primeros años cincuenta, responsable de la caída de más de medio centenar de espías al otro lado del telón de acero. Philby llegó a ser el responsable del departamento de operaciones antisoviéticas del MI6, y reclutó agentes, entre ellos a dos jóvenes de prometedora carrera: Graham Greene, y John Le Carré.
«Durante la guerra fría se vivió una paranoia absoluta de sospechas y purgas», es de nuevo Martínez Laínez. «Pero ése fue el caldo de cultivo que permitió a los soviéticos poner en pie una maquinaria de espionaje única en la historia en la que, según la concepción socialista, los escritores, el mundo de la cultura, eran trabajadores al servicio de la causa».
En ese ambiente opresivo donde todo el mundo vigilaba y se sentía vigilado, era difícil mantener el compromiso ético y probablemente hubo quien se viera tentado, u obligado, a colaborar. Hace unos meses el escritor checo Milan Kundera fue acusado de haber delatado a un disidente político en los años 50. Aunque Kundera lo negó, el fantasma de la sospecha volvió de nuevo a cernirse sobre los escritores que vivieron tras el telón de acero.
Tal vez nunca sea posible conocer la verdad. Queda, eso sí, el consuelo de la literatura.
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