Error al procesar el archivo SSI
Error al procesar el archivo SSI
Error al procesar el archivo SSI
Error al procesar el archivo SSI

Moscú, las capas de la cebolla

Moscú, las capas de la cebolla
El GUM, el gran centro comercal de Moscú construido en 1893 | AP
Winston Churchill, en una de esas típicas afirmaciones del gran reportero que fue, señaló que «Rusia era una adivinanza envuelta en un misterio dentro de un enigma». Para que la frase fuese perfecta le quedó por decir que la llave de ese misterio había que buscarla en Moscú, una urbe inaprehensible, de compleja geometría formal, que se muestra ante los ojos estructurada por anillos: el Kremlin, la muralla blanca, los bulevares o jardines, el de transporte y la circunvalación. Incluso con los sentidos embotados por el largo viaje, el viajero percibe al llegar a Moscú que algo no encaja. La ostentación obscena de los grandes planos, con avenidas rectas de increíble longitud que debieron ser pensadas para interminables y obligatorias celebraciones revolucionarias, así como el horizonte demasiado definido, nos llevan a pensar que lo más interesante rehúye la superficie.
En este sentido, no es casualidad que si Moscú tiene varias pieles que el viajero debe ir levantando para conocerla, las «matrioshkas», las tradicionales muñecas de madera en vivos colores, sean el símbolo de Rusia. También constituyen una expresión tradicional del alma escondida y expresan el poder del matriarcado (la raíz de la palabra es la misma), la vigorosa madre de familia o clan destinada a vivir para siempre. Queda muy poético, pero como tantas «ancestrales tradiciones» nacionalistas, esta tampoco resiste el análisis de la Historia. La «matrioshka» fue inventada hace cuatro días, como aquel que dice, pues la primera data de finales del siglo XIX. Por entonces, el editor y coleccionista de arte Savva Mamontov reunió en torno al taller llamado «La educación de los niños» a un equipo de artesanos que crearon, quizás con una mezcla de inspiración autóctona y japonesa, las famosas muñecas.
El episodio ilustra otro elemento clave del alma moscovita, la añoranza de una etapa gloriosa de la urbe, de 1880 a 1917, aquella en que se acumuló mucha riqueza e ilustración en la capital del entonces imperio de los zares, establecida en 1147, convertida en principado independiente en 1301 y muralla primero ante las invasiones de los salvajes tártaros de las estepas de Asia y después ante las tropas mercenarias y despreciables de Napoleón, que sólo pudo hacerse cargo de una urbe incendiada por sus defensores.
El maravilloso barrio del Arbat, en cuyos tránsitos el viajero evoca a Pushkin o Dostoievsky (ambos moscovitas, ambos muertos en San Petersburgo), constituye el mejor vestigio de aquel período, pues abunda en espacios de conversación y sociabilidad. Ya sabemos lo que siguió a aquel esplendor decimonónico, la revolución de los soviets, que inventó un relato histórico de Moscú y de Rusia según el cual ellos llegaban para liquidar los privilegios feudades y las «contradicciones del sistema capitalista».
«Lo viejo es basura»
Como también sabemos, entre los dirigentes de los bolcheviques abundaban los elementos de origen burgués, de modo que a partir de los años treinta, cuando quiso el padrecito Stalin, el lujo en el que vivían las elites soviéticas resultó más una tradición que una innovación. Viniendo de donde venían aquellos revolucionarios (liquidados en buena medida en las purgas de 1937), no es extraño que muchos tuvieran mucho que esconder. El «Genplan», que iba a hacer de Moscú la capital que merecía la Unión Soviética, resumió su filosofía en el «poético» aserto «Lo viejo es basura. Debemos elevar las construcciones sobre cuyo fondo el Kremlin parezca una escupidera de la Historia».
En 1931 Lazar Kaganovich, miembro del Politburó encargado de la reconstrucción moscovita dio un giro más de tuerca al proclamar: «Levantémosle las faldas a la madre Rusia». Un artista. De acuerdo con el plan fueron demolidos 426 monumentos de reconocido valor artístico, entre ellos la Catedral de Cristo Redentor, que debía ser sustituida por el Palacio de los Soviets, un monstruo que albergaría a 41.000 personas, coronado por una estatua de Lenin de 100 metros, en cuya cabeza estaba previsto que se dispusiera el despacho de Stalin. Aunque el palacio no se construyó nunca (en su solar se habilitó una estupenda piscina), la catedral fue -como otros edificios destruidos por la barbarie de aquellos años- reedificada recientemente (1997), en conmemoración de los 850 años de la fundación de la ciudad.
Lo que sí hizo el urbanismo estalinista por Moscú fue levantar las «Siete hermanas», los siete «edificios elevados» que debían conmemorar la victoria en la Segunda Guerra Mundial-Gran Guerra Patria y complementar el fastuoso palacio. Según cuenta Tatiana Pigariova en su excelente «Autobiografía de Moscú» (Laertes), los periódicos de entonces (estamos al comienzo de la Guerra Fría) hablaban del triunfo de las composiciones verticales que simbolizaban «la liberación soviética de las fuerzas oprimidas», opuestas al «horizontalismo mecanicista» de la arquitectura occidental.
El resultado de este barullo teórico fue un eclecticismo que vincula, para asombro del visitante, elementos románicos, góticos, barrocos, clásicos, imperio y del movimiento moderno (Le Corbusier, por cierto, también habría soñado arrasar el antiguo Moscú para levantar la urbe del futuro). La primera de las «hermanas» construidas por presos políticos, que en una ocasión emparedaron a un cruel capataz y en otra contemplaron con horror el fusilamiento de un compañero que había intentado huir saltando desde las alturas con unas alas de tela que se había fabricado cual un Ícaro moderno, fue el «Kotélnicheskaya», con 700 apartamentos destinados a la elite soviética. El segundo fue el Ministerio de Asuntos Exteriores, al comienzo de Arbat, rematado por orden de Stalin con un chapitel «para respetar la tradición piramidal de la arquitectura rusa»; luego vinieron el de la plaza Kudrinskaya, con un enorme zócalo; el Hotel Ucrania; el Ministerio de Transportes; el hotel Leningradskaya y la Universidad Lomonósov, cuyos pasillos subterráneos fueron diseñados para que transitaran por ellos dos tanques en paralelo el uno junto al otro. La estrella que corona el gigantesco edificio está a 310 metros de altura sobre el río Moscú y, sin duda, si Stalin hubiera vivido lo suficiente, se habría rematado con su efigie.
Al año siguiente de su muerte el mismísimo Nikita Jruschov publicó en «Pravda» un artículo criticando estos edificios que eran «como tartas de boda». Para ser justos, la identificación de la arquitectura e ingeniería soviética con Moscú debe incluir también elementos excelentes como el metro, tan lujoso y eficiente como habíamos imaginado. Todo aquel mundo se derrumbó en 1989, ahora hace veinte años, pero queda mucho por reflexionar en torno a las ciudades de aquel extremo europeo que también es Rusia.
Si la eterna rivalidad de la omnívora Moscú con la palaciega San Petersburgo se sustancia en estos días con la acusación de que aquella es la capital del pasado soviético, al viajero le basta entrar en algún restaurante y comprobar una vez más la simpatía y el afecto que existe hacia los españoles y su idioma (la espléndida labor del Instituto Cervantes tiene mucho que ver en ello), o con escuchar por las calles casi de continuo música clásica, tan amada por sus melómanos habitantes, para saber que también allí está su hogar.
Error al procesar el archivo SSI
Error al procesar el archivo SSI
Error al procesar el archivo SSI