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Gaza, los que pierden todas las guerras


No tenemos sus fotos porque Israel no nos deja entrar en Gaza. No pueden enviarlas porque no hay luz. No hay forma de hacer seguimiento de sus realidades quebradas porque los teléfonos cada vez se cortan con más frecuencia. Cuando sus palabras se impriman, quién sabe si seguirán vivos. Son palestinos de Gaza.
MARÍA VELASCO - Enfermera
«Que destruyan mi casa cuando me vaya, a mi me importa la vida de mi hijo»
La guerra de Gaza ha dado un giro de 180 grados a la realidad de la sevillana María Velasco y su familia: antes, esta mujer, casada con un dirigente del Frente Democrático para la Liberación de Palestina, vivía en Abasan porque quería. A pesar de las carencias, hace doce años había elegido tener su casa en este enclave agrícola cercano a Jan Yunes, en el sur, y ver crecer a su pequeño Nizar de dos años mientras su hija Halima, de 24, seguía sus estudios. Pero ahora la franja se ha convertido para ella en una prisión insufrible, porque lucha por salir de ella cuanto antes y no puede.
Intuyendo la que se avecinaba, María empezó a gestionar los permisos de los tres para viajar a España el 1 de diciembre. Los primeros bombazos que convirtieron su mundo en una pesadilla se iniciaron el día 27 del mismo mes, y cuando Israel permitió por única vez la salida de extranjeros de Gaza, el 2 de enero, sus papeles no estaban listos. Según el consulado español en Jerusalén, simplemente el Gobierno judío no había aprobado a tiempo la coordinación del viaje de esta familia, o lo que es lo mismo, no había dado autorización para sacarles de la Franja y desplazarles en un coche diplomático hasta la frontera jordana, sin pisar nunca suelo israelí. Porque, para Israel, por más que María y sus hijos tengan pasaporte español, ellos son palestinos. Y eso significa que no pueden utilizar el aeropuerto de Tel Aviv, ni tratar de abandonar por su cuenta el Estado hebreo.
Aquel 2 de enero se quedaron con las maletas hechas, y el sábado 3 los tanques judíos hacían su entrada en Gaza. Era el infierno. Desde entonces, el Consulado ha intentado evacuarles tres veces. María ha pagado «fortunas» para que les llevaran hasta la frontera de Erez bajo los bombardeos, pero o las barricadas les han impedido llegar, o al final no les han abierto.
>La desesperación se convierte en ira cuando María habla de los diplomáticos españoles. «¿Qué estaban haciendo mientras todas las Embajadas arreglaban la salida de Gaza de sus ciudadanos?... Ni se habían enterado». En su despensa sólo hay mortadela y queso traído de contrabando de Egipto. Sabe que, de los 48 españoles que residen en la Franja, ninguno excepto ellos quiere marcharse. «A mí no me importa mi casa, que la destruyan cuando yo me haya ido, me importa la vida de mi hijo», reclama en el vacío.
USAMA SAID AKLOUK - Neurocirujano
«Mandamos a casa a los heridos que se pueden mover para dejar la cama al siguiente»
El primer día de la guerra, el día de los 205 muertos, Usama operó a 45 heridos en el Hospital de Shifa, la institución sanitaria más importante de la Franja, donde parecía difícil que pudiera vivirse algo peor a la avalancha de sangre chorreando por el vestíbulo que el pasado 1 de marzo dejaron los heridos de la operación «Invierno caliente». Pero Israel lo consiguió.
La vida de Usama se encierra estos días entre las cuatro paredes de un quirófano. Hombre bueno, de un humor inquebrantable, podría haber elegido irse de Gaza con su familia y tener una confortable vida en España, porque su hija mayor nació en Málaga mientras él completaba su formación universitaria. Cuando se le pregunta, da a entender que no se va por sus mayores, que viven en el piso de al lado, porque nadie le garantiza que pueda volver a entrar a la Franja.
También se sobreentiende que lo que de verdad le ata a esta tierra palestina en la que nació es un compromiso callado con sus vecinos y las ganas de ayudar a que Gaza salga algún día adelante, aun a costa de su sacrificio personal y familiar. Nunca dramatiza. Conmueve escuchar la serenidad con la que cuenta por teléfono que los suyos lo están pasando mal, pero que peor lo pasan en el hospital donde —afirma— «estamos mandando a casa a cualquier enfermo que se pueda mover para dejar la cama al siguiente». No hay anestesia, no hay plasma, no hay vendas.
Usama trabaja el triple que en días normales. Por sus manos pasan desahuciados que no siempre es posible rescatar. Pero ha decidido que esta guerra no le va a arrastrar al abismo. No sobra gente hecha de su material, del de su familia que, en mayo de 2007, se salvó al completo de una muerte casi segura cuando, en mitad de los enésimos enfrentamientos entre Hamás y Fatah, un avión israelí tiró una bomba de una tonelada sobre el cuartel de la Policía islamista que estaba a metros de su casa. Los cristales reventaron en mil cuchillas letales. Era mediodía, la suerte fue que estaban en la cocina interior haciendo la comida.
«Esto ha sido un regalo envenenado de Navidad, lo último es que Israel ha atacado las casas de cambio para dejarnos sin dinero, y esta misma mañana han bombardeado una granja de pollos para dejarnos sin comida… ¡Pollos! ¡¿Qué culpa tendrán los pollos?!», bromea Usama. Y así se anima a aguantar, a que aguantemos todos.
AHMED MANSOUR - Estudiante
«Pasamos el día pensando dónde va a dormir mi familia y tratando de sobrevivir»
La guerra obliga cada día a Ahmed Mansour a elegir entre jugarse la vida o proteger su casa. Nada más comenzar los bombardeos israelíes, la noche del domingo 28 de diciembre, la Media Luna Roja evacuó el campo de refugiados donde vive, Yibna, en el sur de la Franja, ante la amenaza de un ataque inminente de la aviación.
Los palestinos se desesperan en éxodos multitudinarios en cuanto aparece el ejército israelí porque saben que viene una tormenta de fuego. Y cuando no, que los soldados se emplearán en destruir casas vacías y ocupar otras para utilizarlas como base. Pernoctan en ellas para estar cerca de sus lugares de operaciones. Y cuando la abandonan, lo habitual es que ultrajen y destrocen las viviendas. La práctica viene de los años de la primera Intifada.
Por eso Mansour se negó a huir. Es soltero. Ayudó a escapar a 22 miembros de su familia —sus hermanos, hermanas y sobrinos, entre ellos 10 niños menores de doce años—, se ocupó de que fueran realojados lo más lejos posible. Y él se encerró en la vivienda. «No voy a abandonar mi casa. Si me marcho y la destruyen, ¿a dónde vamos a volver? Me han robado lo poco de bueno que había en nuestras vidas y no abandonaré mi hogar…», insistía tozudo desde el principio.
En las dos semanas que van de combate, él y los suyos viven como sonámbulos un denigrante ir y venir, obligados por el miedo y el afán de resistencia. Cada mañana, los parientes regresan con la esperanza de que sigan la casa en pie y Mansour, su «guardián», vivo. Juntos pasan el día «sin electricidad, sin comida, sin nada que hacer… sin poder tener nada que se parezca a una vida normal, solo pensando dónde van a ir mis familiares a pasar la siguiente noche y tratando de sobrevivir». A la caída del sol, los hermanos y los niños vuelven a marcharse, con el alba regresan, con el atardecer escapan otra vez, vienen, se van… en un círculo de locos.
Cuando parecía que nada podía ir peor, el pasado miércoles Israel lanzó con sus aviones octavillas con amenazas de arrasar. «Debido a que Hamás utiliza vuestras casas para ocultar y obtener armas militares de contrabando, las Fuerzas Armadas van a atacar el área desde la frontera con Egipto hasta la carretera de la playa», advertían los panfletos en árabe. Por primera vez en esta guerra de castigo y de ira, Mansour fue arrastrado por los suyos para marcharse también. Israel cumplió y pulverizó barrios aquí y allá, «sesenta objetivos» en el argot de su Ejército. Por la mañana, la vivienda seguía en pie. De momento.
HUSEIN EL AIEDY - Empleado de Naciones Unidas
«Nos curábamos las heridas con agua y sal»
Husein es vecino de Zeitun, donde la Cruz Roja recogió el miércoles a cuatro niños tan débiles que apenas podían ponerse en pie, abandonados junto a sus madres muertas. La organización debió esperar cuatro días el permiso para entrar al triturado entramado urbano de ese enclave, donde se libran los combates más encarnizados.
Antes de que trascendiera aquel suceso, Husein ya había vivido en carne propia esa angustia cósmica de esperar en vano una ambulancia cuando en casa su madre y su tía, ambas octogenarias, su hijo de 14 años y su sobrina de 13 fueron alcanzados por una explosión. Un proyectil reventó la habitación donde se habían refugiado los 21 miembros de su familia. «Han intentado curarse con agua y sal, pero las heridas se han infectado de todas formas», relataba Husein, de 58 años y empleado de la Agencia de la ONU para los Refugiados Palestinos.
Israel no permitió durante tres días y medio el acceso de un equipo de rescate, mientras las mujeres se desangraban en un cobertizo de la casa vacía de víveres en jornadas infinitas sin electricidad. Cuando alguien intentaba salir al patio en busca de agua, el Ejército les disparaba.
En aquellos días aún conseguía el pequeño milagro de hacer funcionar su móvil cargándolo con un generador fabricado a partir de una moto. Después ya no hubo forma. En Zeitun, los que no han huido a escuelas de la ONU —también bombardeas— están escondidos en garajes y en remotas habitaciones de edificios que corren el riesgo de no enterarse del fin de esta guerra. Como en la película «Underground» de Emir Kusturika.
Con Gaza cerrada como una jaula sólo se accede a lo que sucede a través de retales de realidad. Historias inacabadas que se interrumpen cuando se corta el teléfono. Israel advirtió esta semana de que las líneas están a punto de colapsarse, y desde entonces ninguna conexión aguanta más de unos minutos. No sabemos qué ha sido de la familia El Aiedy. En su defecto, valga el esclarecedor testimonio de un ciudadano anónimo de Zeitun a un diario israelí: «Mantengo a los niños alejados de las ventanas porque los F-16 están ahí, nos bombardean desde el mar y desde el este, desde el aire. Mi esposa llora todo el tiempo. Por la noche se abraza a los niños y llora. Hace frío y las ventanas están abiertas; hay fuego y humo en los espacios abiertos: en casa no hay agua, ni electricidad ni gas. Y vosotros decís que no hay crisis humanitaria en Gaza. Dime, ¿sois normales?».
SAFWAT A. KAHLUT - Periodista
«Vamos a empezar a pasar hambre en serio»
Cada vez cuesta más hablar con Safwat por teléfono. El rato que en su casa hay suministro eléctrico no da de sí ni para cargar la batería del móvil, único cordón umbilical que le mantiene unido al mundo y a su forma de ganarse la vida como corresponsal ocasional para medios italianos. Para él, paradójicamente, esta guerra que amenaza con consumir a su familia, —«estamos moralmente destruidos, dice»—, es temporada alta de noticias, pero de nada sirve, porque sin luz las informaciones no llegan a su destino. Y entonces no se cobra.
En casa, hasta hace poco, eran seis: los cuatro niños y el matrimonio, aunque su esposa espera un bebé para esta misma semana, con la angustia de saber que no hay anestesia en el hospital para su cesárea. Lo van a pasar mal. Una guerra no es el mejor momento para traer a Gaza a un pequeño al que ni siquiera podrán bañar, porque apenas llega a sus casas un hilo de agua sucia. Y sólo a veces. Van acumulando litros que recogen en botellas de coca-cola cuando la fuente de la calle funciona, pero no habrá forma de calentarla.
Desde que Israel convirtió el vecino campo de refugiados de Jabalya en el escenario de un infierno de fuego, en casa de Safwat ha aumentado el número de inquilinos. Su tío, ingeniero, y su tía se han refugiado con ellos. Huyeron desde su barrio con lo puesto cuando el sábado 3 de diciembre, de repente vino la luz, encendieron la tele y oyeron cómo una voz del Ejército judío les exigía a través del canal de Hamás, Al-Aqsa TV, que evacuaran el barrio porque iba a ser bombardeado. «Cuando se marcharon, llevaban 48 horas sin dormir por las bombas, que hacían temblar el suelo… como en Afganistán», relata Safwat.
«Ahora nuestro problema es gigantesco, no tenemos nada… vamos a empezar a pasar hambre en serio», reconoce este padre de familia, un hombre optimista y capaz, al que nunca hasta ahora le faltaron los recursos para sacar adelante a los suyos.
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