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Domingo, 11-01-09
Nadie olvida a Jokin, el adolescente de Fuenterrabía que durante un año sufrió vejaciones y humillaciones de sus compañeros de instituto hasta que presa del dolor decidió suicidarse. Jokin no llegó a cumplir los 15 años, pero a su corta edad aprendió lo que era ser víctima del acoso de sus amigos. Soportó casi a diario las burlas, insultos, empujones y collejas de sus compañeros. Y a medida que los días pasaban esos episodios adquirieron un cariz más agresivo: puñetazos en la cara, patadas en el abdomen y, a veces, hasta por la espalda, como figura en los hechos probatorios de la sentencia que condenó a sus agresores.
Jokin nunca se defendió. Falleció en 2004. Hace ya más de cuatro años. Sin duda, su caso marcó un antes y un después en las relaciones de convivencia que se establecen en las aulas de los colegios españoles. Despertó un profundo sentimiento de solidaridad, pero también una tremenda alarma social. Después de Jokin, salieron a la luz los casos de otros chicos también maltratados por sus iguales. Como la niña de 14 años de Alicante que consiguió una orden de alejamiento por las continuas vejaciones sexuales de tres compañeros de instituto. O la niña de 13 años de Málaga que también logró una orden de alejamiento después de sufrir la paliza de tres amigas de 14 y 15 años que quemaron, además, su mochila y lo grabaron en el móvil.
Sentencia pionera
El episodio más reciente ha sido castigado en una sentencia pionera en España y en Europa. El Colegio Suizo de Madrid deberá indemnizar con 30.000 euros a la familia de uno de sus alumnos que padeció durante dos años las vejaciones y humillaciones de sus compañeros y que además fueron grabadas en una cámara.
Ante estos terribles ejemplos saltan muchas dudas a padres, alumnos y a toda la comunidad educativa. ¿Son todos ellos casos puntuales que deben causar preocupación pero no disparar las alarmas? ¿O es la punta del iceberg de un fenómeno muy presente en los colegios españoles? ¿Se están convirtiendo las aulas en verdaderos campos de batalla? ¿Dónde está el límite entre la broma pesada, la chiquillada y el permanente y sistemático acoso entre compañeros?
Por ahora, los expertos no se ponen de acuerdo en algunos aspectos del complejo fenómeno del acoso escolar entre iguales, también conocido como «bullying». Mientras unos sostienen que cerca del 25%de la población escolar es víctima de algún tipo de acoso por parte de sus compañeros, otros defienden que se trata de desgraciados casos puntuales y que sólo un escaso 3% de chicos se encuentra en esas circunstancias. Aunque sean pocas víctimas en número, los expertos consultados por ABC sostienen que esas situaciones resultan preocupantes pero no deben disparar la alarma social.
Cifras que descienden
Los datos más recientes provienen de un informe del pasado año del Observatorio Estatal de Convivencia Escolar, donde se afirma que un 3,8% de los estudiantes había sufrido a menudo o muchas veces acoso en los dos últimos meses. Cifras parecidas a los estudios del Centro Reina Sofía (2,5%) y al informe «Encuesta de Infancia en España 2008» (4%), realizado por la Fundación Santa María, junto con la Universidad Pontificia Comillas y la Fundación Junior. Incluso un documento del Defensor del Pueblo de 2006 demuestra que la incidencia del maltrato entre los alumnos de los centros de enseñanza secundaria «ha disminuido», sobre todo las conductas menos graves, como los insultos y poner motes a los compañeros. La sensibilización parece, por tanto, funcionar.
De esas estimaciones también se hace eco el Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid, Arturo Canalda. «Los denuncias por acoso entre iguales —dice— que llegan a nuestra oficina han descendido. De ellas, sólo ocho o diez casos al año en Madrid son realmente situaciones de acoso escolar. Son casos muy serios y graves que tienen un impacto social tremendo, pero excepcionales. Hay que preocuparse, pero en las aulas no se vive un clima de violencia generalizado, ni guerras. Hay problemas de convivencia pero no son tan graves».
Y es que, como la violencia machista, también el acoso escolar entre iguales es un monstruo de mil cabezas que parece indestructible. La víctima no sólo sufre las burlas, insultos, golpes, patadas y puñetazos de sus compañeros de forma sistemática y reiterada durante un tiempo. La espiral de la violencia se va cerrando en torno al alumno maltratado, que se siente cada día más intimidado, es excluido de su grupo de compañeros hasta que queda aislado. Mientras, su agresor se hace fuerte, se crece y sus ataques se vuelven cada vez más intensos y graves, buscando lugares privados para hostigar a su víctima. Así define la mayor parte de la comunidad educativa el acoso escolar entre compañeros.
Sobre todo son niños de 12 y 13 años quienes padecen esta lacra, entre otros motivos porque entran en una nueva etapa de su vida: la adolescencia, «donde el grupo de sus iguales comienza a tener mucho peso», explica la responsable del área de violencia escolar del Centro Reina Sofía, Ángela Serrano. «Para ellos es muy importante ser aceptados por el grupo e identificarse con él. Cuando uno de los chicos no encuentra la forma de relacionarse puede intentar destacar pareciendo el más fuerte, pero utiliza la violencia para ello, y desea dominar a los demás. Si hay otros chicos que le admiran como líder, le acompañan y le siguen... Se fijan en cualquier víctima para acosarla y destacar», explica la experta.
La ley del silencio
Contrariamente a lo que se suele pensar la «ley del silencio» que hace tiempo dominaba a las víctimas comienza a quebrantarse. Según Serrano, «los chicos empiezan a contar su situación a un profesor o amigo de confianza porque saben que ellos no tienen la culpa sino que es su agresor el que tiene el problema. Lo hacen como una forma de terapia. Realmente piden a ese amigo o docente su complicidad, pero también que mantenga el silencio, porque las víctimas no encuentran los recursos suficientes para sentirse respaldadas.
Todos los centros educativos cuentan con protocolos de actuación para combatir estas situaciones, a través de decretos de las autonomías (por ejemplo, Madrid, Murcia, Castilla-La Mancha y Andalucía tienen decretos de convivencia) o de normas de menor rango. Para Serrano es muy importante actuar con rapidez cuando se detecta un caso. Pero también, y como ya empieza a ocurrir, que los agresores aprendan la lección.
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