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Hacía más de dos años que Raúl no dormía bajo techo. Y no porque no haya tenido la oportunidad de hacerlo, sino porque, dice, la calle es su «hogar». Hasta que el frío ha arreciado y la nieve se convirtió en compañera de alcoba. Fue entonces cuando este hombre, de apenas 40 años, decidió entrar al centro de acogida de la Casa de Campo. Era la primera vez que Raúl se encontraba en un recinto cerrado, como otros muchos de sus compañeros indigentes que no podían resistir el frío. «A mí no me gusta ir a esos sitios, porque puedo resistir bien el frío, pero el jueves por la noche nevaba tanto, que no pude decir que no», explica. De hecho, la ocupación de todos los recursos que tiene el Ayuntamiento para casos extremos fue del 100%.
A las 1.302 plazas de la Red Estable de Atención Social se unieron otras 357 de diversos centros de acogida distribuidos por la capital. Pero ni con esas llegó: doce personas tuvieron que ser alojadas en un hotel, porque en los albergues ya no cabía nadie más.
Estas estadísticas muestran la dureza con la que el frío se hizo notar entre quienes tienen por paredes unos cuantos cartones. En el paso subterráneo de plaza de España, donde habita Raúl, otros compañeros defienden su opción de no entrar en los albergues. «Casi siempre preferimos quedarnos aquí, pero esa noche era imposible». Allí, en el centro de acogida, descubrieron un mundo ya desconocido. «Nos ofrecieron una sopa caliente, pudimos conversar con algunos voluntarios y nos fuimos pronto a dormir», explica Ernesto. «Ya se me había olvidado el tacto de una manta, aunque sea de éstas que reparten para compartir», señalaba Raúl.
La nevada casi no les pilló por sorpresa. «El jueves por la noche ya se notaba que hacía demasiado frío, y pensamos que podría nevar, pero no tanto», afirma Ernesto. Lo peor fueron las consecuencias. «Con el suelo tan frío, era prácticamente imposible mantenerse quieto en ningún lugar», explica Raúl. «Yo estuve andando toda la mañana por la Gran Vía, arriba y abajo, porque no podía soportar el frío parado en un cajero», indica. Cómo Raúl y Ernesto, otros compañeros adoptaron la misma postura: caminar y caminar, hasta que las piernas aguantaron...
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