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Panetta, la ventaja de no saber nada
Hace tres décadas, un nuevo presidente del Partido Demócrata con promesas de cambio -Jimmy Carter- intentó colocar a un «outsider» -Theodore Sorensen, escribidor de discursos y mayordomo intelectual de John F. Kennedy- al frente de la Agencia Central de Inteligencia, bajo la lógica de que para asumir las siempre complicadas riendas de la «compañía» era mejor recurrir a alguien lo más ajeno posible a los servicios de espionaje. En 1977, Sorensen tuvo que retirar su nominación pero su frustrante historia se ha repetido un poco esta semana con la decisión de Barack Obama de confiar la dirección de la CIA a Leon Panetta.
Todo el tiempo que ha tardado el presidente electo en designar a la cúpula de los servicios de inteligencia y la polémica generada en Washington por la candidatura de Panetta ilustran una de las partes más difíciles en la cargada agenda ejecutiva de Obama: purgar los excesos cometidos desde el 11-S por la Administración Bush en la lucha contra el terrorismo, incluido el historial acumulado por la CIA en materia de interrogatorios con torturas, prisiones secretas prisiones y trasiego internacional de sospechosos.
El inmediato reproche contra la nominación de Panetta para la CIA ha sido su falta de experiencia en el mundo opaco de los servicios de inteligencia. La «compañía» se ha encargado de indicar la necesidad de contar con alguien que conozca su negocio secreto contra los enemigos de Estados Unidos. Y no depender de un gestor que como jefe de gabinete de la Casa Blanca con Bill Clinton fue incapaz de poner orden en la saga de Mónica Lewinsky.
Nacido y criado en Monterey, California, dentro de una familia de inmigrantes italianos, el historial de Panetta incluye, dos años de servicio militar con el grado de teniente, 16 años como miembro de la Cámara de Representantes y dominio demostrado de materias relacionadas con la administración del presupuesto federal. Carrera pública, con un sinfín de comisiones y grupos de estudio, que culminaría en 1995 al ser elegido para poner orden en el Ala Oeste del presidente Clinton.
Dentro de todos los problemas acumulados esta semana por Obama con su propio partido, los propios líderes de la mayoría demócrata del Congreso llegaron a criticar abiertamente la selección de Panetta. Con reproches de no haber consultado con antelación a figuras como la senadora Dianne Feistein, la primera mujer al frente del Comité de Inteligencia del Senado, tras una extensa carrera política que incluye haber ocupado la Alcaldía de San Francisco, después del asesinato ahora llevado al cine del primer edil George Moscone y del concejal Havery Milk.
Ante lo que se plantea como un proceso de confirmación cuando menos erizado, Feisntein llegó a declarar su creencia en que «la CIA estará mejor servida en estos momentos teniendo a su frente a un profesional de los servicios de inteligencia». Sin que falten evidencias de que Panetta no ha sido el primer candidato de Obama, con otras opciones posibles que han rechazado aceptar o que han sido criticadas por su excesiva cercanía a las tácticas utilizadas durante al era Bush.
Condiciones
Según la senadora Feinstein, las perspectivas de Leon Panetta pueden mejorar si el nuevo gobierno para compensar mantiene en su puesto al actual subdirector de la CIA, Stephen Kappes. Un funcionario de carrera apreciado entre otras cosas por ayudar a contener la desmoralización y los resquemores acumulados por la «compañía» durante los últimos años.
En cualquier caso, Obama ha insistido en la necesidad de reforma para los espías de Estados Unidos, un universo compuesto por 16 agencias diferentes y con un presupuesto anual estimado en 50.000 millones de dólares. Para el presidente electo, ha llegado la hora de combinar la seguridad nacional con el respeto a los derechos humanos. Y de que los servicios de inteligencia terminen la peligrosa inercia de «contar al presidente solamente lo que el presidente quiere escuchar».
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