Fueron cuarenta días de tortura psicológica, amenazas de muerte y condiciones propias de la edad de piedra en cuevas de las montañas de Somalia. El «infierno» pasado por el fotógrafo José Cendón y su compañero de cautiverio, el periodista del «Sunday Telegraph» Colin Freeman, ha sido narrado por éste a su regreso al Reino Unido, tras ser liberados el 4 de enero.
«¡Mierda!», exclamó Cendón cuando se percató de que sus escoltas dirigían sus armas contra ellos. Era el 26 de noviembre, y viajaban en coche desde un hotel de la ciudad portuaria de Bossasso al aeropuerto, finalizando con ello una estancia de seis días en la región de Puntlandia, con la finalidad de hacer un reportaje sobre los piratas somalíes. De pronto, la furgoneta de los ocho guardaespaldas que viajaba tras ellos les adelantó, haciendo señas al conductor del vehículo de Freeman y Cendón para que parara.
El periodista británico pensó en un primer momento que simplemente se trataba de una discusión sobre el itinerario, según ha explicado en las páginas del «Daily Telegraph». Los «kalashnikov» que comenzaron a apuntarles dejaron en seguida bien claro que se trataba de un secuestro. Cendón y Freeman fueron obligados a salir de su coche y pasar a los asientos traseros de la furgoneta, custodiados a ambos lados por guardianes que de vez en cuando les recordaban físicamente que estaban armados. Fueron cubiertos con una chaqueta verde y conducidos hacia las montañas.
Sin salida
«¿Hay algo que podamos hacer, José?», preguntó en susurros Freeman al fotógrafo español durante el trayecto. «No respondió y lo único que conseguí fue otro golpe en la cabeza por hablar», escribe el reportero británico. Entre las ideas que éste tuvo fue la de abalanzarse sobre el asiento de delante y dar un giro brusco al volante, pero la descartó por inviable. El móvil se lo arrebataron cuando intentó sacarlo del bolsillo para llamar en secreto al periódico.
Alejados de la ciudad y entrados ya en una zona desértica con montañas, tuvieron que descender del vehículo y comenzar a caminar. Cendón al menos calzaba botas, pero Freeman llevaba unas zapatillas poco adecuadas para el trayecto. Al cabo de doce horas de haber sido secuestrados, siempre con la duda de si serían ejecutados en cualquier rincón o conducidos a algún escondrijo, llegaron a las cuevas en las que permanecieron durante siete semanas.
Durante ese tiempo varias veces temieron por sus vidas. A mediodía del sábado 3 de enero, «después de comer otra insípida cabra guisada», se produjo la llamada telefónica esperada. Una semana antes había habido una falsa promesa de liberación: esta vez iba en serio. Freeman y Cendón fueron sacados de la cueva para ser conducidos a un punto «remoto», mientras uno de los jefes cogía «el bolso del ordenador portátil negro en el cual siempre llevaba un Corán y dos granadas de mano». Finalmente fueron «transferidos a un grupo de mayores del clan, que debían ser los intermediarios para la cesión final».