Miércoles, 07-01-09
Israelíes y palestinos tienen estos días un interlocutor poco conocido para el gran público europeo, pero es él quién encarna la diplomacia de los Veintisiete durante este semestre. Se trata de Karel Johanes, XII Príncipe de Schwarzenberg, Landgrave en Kleggau, Conde de Sulz, Duque de Krumau. Por encima de todo ello es una de las grandes figuras políticas de Centroeuropa en el siglo XX y albores del XXI. Exilado de Checoslovaquia en 1948, a los 11 años de edad, se asentó en Austria y siguió actuando como un ciudadano del Imperio Austrohúngaro -lo que él nunca ha dejado de sentir que es. No en vano, en 1991 el Archiduque Otto de Austria lo nombraba caballero del Toisón de Oro, haciendo el número 100 de los designados por Otto desde que asumiese la jefatura efectiva de la Orden en 1932.
Este Schwarzenberg que hoy intenta mediar entre israelíes y palestinos -sin disimular en ningún momento su alineación de principio con Israel- presidió entre 1984 y 1991 el Comité de Derechos Humanos de Helsinki, lo que le valió la enemistad de la Unión Soviética de la perestroika y la glasnost. Pero también le valió en 1989 el Premio de los Derechos Humanos del Consejo de Europa. Eso sí, tuvo que compartirlo con otro agitador que alcanzó cierto renombre. Se llamaba -y se llama- Lech Walesa.
En una época en que tanto disfrutan algunos descuartizando a la Unión Europea, otros pensamos que tener al frente de nuestra diplomacia -junto con Javier Solana, desde luego- a un hombre que fue atacado en enero de 2007 por el presidente de la República Checa, Vaclav Klaus, porque el cosmopolitismo de Schwarzenberg le hacía insuficientemente checo para ejercer el cargo de ministro de Asuntos Exteriores -según el criterio del propio Klaus- es un símbolo eficaz del europeísmo mejor entendido. Dejen que otros pierdan el tiempo hablando del -legítimo- euroescepticismo del presidente Klaus. Fíjense más en la sabia actuación de este Príncipe de una dinastía que se remonta a 1172 y se asentó en Bohemia en 1661. Él es Europa.

