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Actualizado Domingo, 04-01-09 a las 05:04
«Si queréis mi opinión, iros para Jerez en el autobús que pone Iberia. Mañana (por hoy) nadie garantiza que saldrán los vuelos». Este es es el réquiem que una trabajadora de Iberia —la única que dio la cara y reconoció la realidad— ponía a la aciaga jornada de los viajeros de los tres vuelos cancelados ayer con destino a Jerez. Estos pasajeros, un ejemplo del caos en el que se vio envuelto ayer Barajas, peregrinaron por los mostradores de Iberia buscando una explicación a las informaciones falsas que se les ofrecían por las pantallas del aeropuerto.
ABC fue ayer testigo directo de una situación que se convirtió en chanza para los extranjeros, que no salían de su asombro por el descontrol de Barajas. Nadie se atrevió a decir que todos los vuelos a Jerez estaban cancelados, las promesas eran que, una vez suspendido el de las doce de la mañana, los pasajeros podrían embarcar en el de las 16.42 de la tarde, pero, tan sólo segundos después de facilitar esta información, en las pantallas informativas se indicaba que se volvía a demorar a las 18.55. Ya nadie se creía nada.
Los pasajeros se agolpaban en la puerta K68, una especie de salida de la esperanza a un destino final que nunca se produciría por vía aérea. Al fin y al cabo, Iberia había indicado que esa sería la puerta de embarque. Una escueta información que se facilitaba después de esperar casi tres horas en una cola ante los mostradores de Iberia, donde la mitad de sus trabajadores estaban ausentes. De unos diez ordenadores de atención al público, sólo cuatro o cinco estaban disponibles para escarnio de los pasajeros, que no daban crédito a esta falta de atención.
En las horas de espera en la cola a la búsqueda de información, se puso de manifiesto la realidad del caos. Gente que llevaba dos días intentando volar a Zaragoza sin conseguirlo, otros que decían «yo he cumplido, le he pagado a Iberia, que me lleve a mi casa...» y, al fondo, de vez en cuando, un tumulto ensordecedor ante una puerta de embarque.
Por las amplias cristaleras de Barajas, también se podían ver vuelos embarcados, pero sin permiso para salir. Estar dentro del avión tampoco era garantía de nada. Lo más humillante, ver a pilotos de Iberia, con media sonrisa, pasear por los pasillos del aeropuerto.
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