La Pedriza, en el Parque Regional de la Cuenca Alta del Manzanares, es uno de los espectáculos naturales más impresionantes de la Comunidad de Madrid. No en vano, esta zona ha sido escuela de reputados himalayistas y el lugar favorito de muchos montañeros prendados de la extrema belleza de una zona que bien podría calificarse de mágica; como atestiguan las numerosas historias y leyendas que cobijan sus rocas. En sus laberintos de piedra se han refugiado bandoleros y secuestradores de la talla del propio Luis Candelas, unido durante un tiempo a la banda de Paco el Sastre y Mariano Balseiro, o la de «los peseteros», que dieron triste nombre al Cancho de los Muertos a principios del siglo pasado. Y también de otras menos históricas, como la del Carro del Diablo, petrificado por el propio Lucifer para impedir la finalización de la Catedral de Segovia al arquitecto que no quiso cumplir su satánico pacto o la de la Cueva de la Mora, testigo de los trágicos amores de la hija de un rico árabe y un aguerrido cristiano. Hay rocas esculpidas por la erosión con la forma de los más variados animales -La Tortuga, El Elefante o El Pájaro- y también otras que recuerdan a seres de otras dimensiones -los fantasmas o las Damas- e incluso a los moais de Pascua, como La Cara. Entre sus infinitas y caprichosas formaciones graníticas, de las mayores de Europa, se refugian hasta ermitaños, como el que en 2005 encontró a dos excursionistas perdidos en mitad de la nieve a 1.600 metros de altura y cobijó en su cueva. Y ese es el problema, que en los incontables recovecos de sus cinco mil hectáreas se podría esconder todo un Ejército.
La Pedriza es, además, una zona de encuentro tanto de montañeros y escaladores como de senderistas y excursionistas. Por sus dos vertientes, La Pedriza Anterior y la Pedriza Posterior, discurren infinidad de rutas y senderos, unos perfectamente señalizados y otros no tanto, y las características del terreno, muy resbaladizo cuando llueve o hiela, hace que en cualquier momento una pista sin mayor dificultad se convierta en un obstáculo difícil de superar; lo que saben muy bien los equipos de rescate madrileños, más que habituados a acudir al auxilio de quienes se pierden en su interior. Como Ondine, una neozelandesa que en 2003 fue rescatada a 1.800 metros de altura tras pasar más de quince horas bajo cero sin las prendas de abrigo adecuadas. La encontraron aterida y acurrucada bajo un pino, pero viva.

