Respeto, creencias, trascendencia, paz, amor fueron palabras que ayer corrieron de boca en boca, de corazón en corazón, entre las miles y miles de personas de toda edad y condición reunidas en Colón. La familia, la fe, siguen moviendo montañas

Nueve y veinte de la mañana. Fuencisla se sube al 28, el autobús que va de Canillejas a la Puerta de Alcalá. Bien abrigada, y con paraguas, por si acaso. Y con una silla de tijera bajo el brazo, que dice que el año pasado acabó muy cansada, y ya van pesando los años, aunque «cualquier esfuerzo vale la pena por la familia y por no faltar en un día como éste». Fuencisla es voluntaria, una de las tres mil personas que ayer arrimaron el hombro y tiraron del carro para que la Santa Misa celebrada en la Plaza de Colón por el cardenal arzobispo de Madrid monseñor Rouco Varela saliera como Dios manda. Madrugar no le ha importado, y ayer sólo le preocupaba que lloviera. Como a Petra y Carmen, otros dos mujeres humildes que también van de Canillejas hasta el centro, sin alardes, buen humor, y esa fe sin aspavientos que es la que suele mover montañas.
A esa hora, la calle de Alcalá pegada al Retiro ya está llena de autocares que han traído hasta Madrid a miles y miles de personas desde las cuatro esquinas de España. Como José Luis y Sonsoles, que salieron el sábado a las 12 de la noche desde Moguer, en Huelva. Con ellos la pequeña Covadonga, que «afortunadamente», dice el joven matrimonio, «ha venido casi todo el viaje durmiendo». Sólo estuvieron seis horas en Madrid, lo justo para ir a la misa, tomar un bocadillo y de vuelta al autobús. Como miles de familias que volvieron a casa con el corazón fortalecido, y el alma con las pilas cargadas.
A las 10 de la mañana todavía llegan antes los pies del altar instalado en los Jardines del Descubrimiento algunas flores de Pascua. Desde Recoletos, desde la calle de Génova, docenas de familias al completo (abuelos, hijos y nietos) van congregándose en la plaza, a la sombra de la gran bandera de España, bajo un cielo cubierto, y el relente propio de estas fechas en la capital. No llueve pero hace un frío que se las pela. Los jóvenes voluntarios, muchos adolescentes, atienden cualquier solicitud de la gente que llega hasta Colón. Muchos llevan aquí desde las 7, y parece muy merecido que se desayunen con un café humeante y unas porras en una de las cafeterías de la zona. Son jóvenes, tienen buen ánimo, pero sobre todo, creen en lo que hacen. Y eso, en estos tiempos, sabe a gloria. Casi como esas porras.
Fe y alegría
La plaza de Colón ya está llena. Alguien sostiene un crucifijo entre las manos. Más allá tres hermanas Misioneras de la Caridad son miradas y saludadas con veneración, con la Madre Teresa de Calcuta siempre en el recuerdo. Se recogen firmas para distintas y animosas causas. Se cambian impresiones, se aprietan muchas bufandas, pero nadie habla de cifras. Aquí cuentan otros números, y cuentan sentimientos y valores que no pasan por caja, ni por los «contadores» de la Policía Municipal, ni siquiera por los de la propia organización del acto. Aquí cuenta la solidaridad, aquí cuentan creencias que no se pueden medir, aquí cuenta, en estos tiempos tan descreídos que corren, la alegría de ver tantas y tantas y tantas familias en armonía. Los móviles sirven para que amigos y familiares puedan encontrarse y asistir juntos a la Eucaristía. A las puertas de la Biblioteca Nacional, ocho sacerdotes administran la confesión a docenas y docenas de asistentes. Los paraguas con banderas vaticanas blancas y amarillas son un improvisado punto de encuentro, luego servirán de guía para recibir la comunión.
Pedro e Inmaculada, ayudados por los abuelos, intentan que ninguno de sus seis hijos se despiste y acabe como el Chencho de la película, perdido en plenas navidades, aunque en la familia ya están acostumbrados a ir de ocho en ocho por la vida. «Sólo hay que tener un poco de paciencia, y cuidar todos de todos», dice Pedro. Parece sencillo, pero sin la responsabilidad, el amor y el cariño de Pedro e Inma no sería tan fácil moverse entre el gentío.
El frío es intenso, pero los corazones se van caldeando en la fe común, en la palabra cálida de los ensayos que a las 11 y cuarto se hacen del Himno de la Familia: «Cantad familias porque sois de Cristo, con vuestros hijos vivir sin temor». Hay que aclararse bien la garganta y carraspear bien fuerte para cantar con el biruji que corre en medio de la calle de Génova ya repleta, pero poco a poco el himno va cobrando vida y esperanza en miles y miles de voces. Un pregón de Navidad venezolano, y el popular 25 de diciembre fun, fun, fun, siguen caldeando los ánimos y los corazones, a la espera de que a las doce, desde Roma, el Santo Padre se dirija a las familias españolas reunidas en la Plaza de Colón.
Problemas con el sonido
Cuando Su Santidad Benedicto XVI se refiere al acto, sus palabras son recibidas con aplausos, y cuando un fallo en el sonido impidió escucharle, las familias aliviaron el momento con vivas al Papa, surgidas desde debajo de los abrigos, pero desde lo alto de las gargantas y la fe en la iglesia del amor, de la comprensión y de la paz. Al poco, Monseñor Rouco Varela inicia la Santa Misa y el silencio y el respeto recorren y se instalan en la piel de los asistentes. Winston y Gladys, ecuatorianos, le escuchan cogidos de la mano. Ella está embarazada. «Hemos venido por él (se señala el vientre) y porque hay que rezar por todos, para que haya suerte y las cosas no se pongan peor».
Será que hace menos aire, será que al final no ha llovido, será que es éste el mismo fuego de los pastorcillos de Nazareth. Será que el frío es menos frío entre miles y miles de personas cuyos corazones laten al mismo tiempo en el recuerdo del que hace dos mil años vino a hablarnos de fe, de paz, de amor. Y murió por ello y por nosotros. La Santa Misa concluye: «Que el Señor os acompañe en vuestro regreso a casa». Y una estrella, la vieja estrella de siempre, iluminó el camino a Belén.

