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Domingo, 28-12-08
El último Euskobarómetro, basado en encuestas realizadas durante los meses de octubre y noviembre, revela un empate técnico entre el PSE y el PNV de cara a las elecciones autonómicas vascas de marzo. Según este sondeo, el PNV sería el partido más votado con una diferencia sobre el PSOE de dos puntos, es decir, cerca del margen de error de estos trabajos demoscópicos. Pero incluso siendo así, los socialistas podrían obtener más escaños en el Parlamento Vasco que los nacionalistas. No parece haber duda de que el PSOE ganará en Álava, el triunfo está muy disputado en Guipúzcoa y el recorte de la distancia es considerable en Vizcaya, que sigue siendo el baluarte de un PNV en clara decadencia.
Esta instantánea de la intención de voto es, sin duda, muy esperanzadora para el PSOE. Patxi López tiene, realmente, más allá del voluntarismo, posibilidades de ser el próximo lendakari. Es difícil, en cualquier lugar pero más en el País Vasco, saber el resultado final de un «voto oculto» -como ocurrió, en contra de los intereses de los partidos constitucionales, en 2001-. Pero López cuenta con dos bazas. La primera, la tendencia electoral, que en su caso es ascendente y en el de Ibarretxe claramente en declive. Y, en segundo término, que en este sondeo y en todos los que se han hecho con seriedad los nacionalistas (el actual tripartito, incluso con el añadido de un posible escaño de Aralar) no conseguiría la mayoría suficiente para gobernar. La mayoría parlamentaria está del lado de los partidos que defienden la Constitución y se han opuesto abiertamente a los planes soberanistas del Gobierno Vasco.
Si aún no es una noticia, es, sin duda, una magnífica perspectiva porque a la aventura de gobernar en el País Vasco se añadiría el desplazamiento democrático de los nacionalistas encabezados por Ibarretxe, lo que supone un cambio largamente esperado por los que desean una cuota elemental de higiene política y ética en aquella comunidad. Sin embargo, el presidente del Gobierno se ha mostrado más que cauto hace bien pocos días al señalar que está seguro del triunfo socialista en Galicia pero no tanto -«serán más reñidas»- en el País Vasco. El viernes, al ser preguntado por la encuesta antes citada, dijo, ya se ve que sin demasiado entusiasmo, que López está bien situado tras una «evolución tan positiva». Si fuese para que la hipotética seguridad en el triunfo no haga que nadie se quede sin votar no se habría mostrado tampoco tan sobrado en el caso de Galicia, en donde, desde luego, no está todo dicho. Parece, por tanto, que no está convencido. O que no lo está de las posibles alianzas para que Patxi López ocupe el despacho de Ajuria Enea.
Es verdad que, antes de las elecciones, no es el momento adecuado para decidir los posibles pactos electorales, pero sí para establecer los criterios de la política a desarrollar si se ganan. Los socialistas vascos han dicho expresamente que las opciones son dos: o López es lehendakari o estarán en la oposición. Es decir, que si no ganan no serán el soporte del PNV para reeditar, tal y como funcionó durante años, una coalición presidida por un nacionalista, en este caso Ibarretxe. Hay algunos en el PSE a los que una determinación así les parece exagerada o inconveniente: o creen que la estabilidad del País Vasco sólo es posible con un lehendakari nacionalista o se apalancan en la idea de que la estabilidad es la «tranversalidad», es decir, la coalición entre el PNV y el PSOE. Como el PNV no parece dispuesto a acompañar un lehendakari socialista, una cosa y la otra son la misma.
Pero si hay algunos en el PSE abonados a esta posibilidad, los hay, hasta quizá más, en el PSOE: viene bien para los acuerdos parlamentarios en el Congreso, evita problemas con un PNV desaforado por el fracaso. El debate no sale a la luz porque electoralmente no interesa, pero mientras se mantenga bajo la superficie, me parece, las posibilidades de Patxi López quedan menguadas. Es cierto que el candidato y su partido han tenido, como dice el presidente, una «evolución tan positiva», pero su conveniente triunfo electoral viene también empujado por el hartazgo de tantos decenios de gobierno del PNV y acelerado hasta las cotas más bajas de aceptación tras la deriva independentista a la que Ibarretxe ha empujado a su partido. La sospecha de que la alternativa no sea una clara alternancia no juega a su favor. Zapatero debería aclarar que lo único que tiene son dudas sobre el resultado.
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