Actualizado Lunes, 22-12-08 a las 08:57
Madoff pone de nuevo en evidencia la debilidad estructural del sistema de regulación financiera de los Estados Unidos. Esta gigantesca estafa aporta nueva y preocupante información acerca del funcionamiento real de unos mercados que se suponían los más eficientes y ordenados del mundo, destrozando la escasa credibilidad que les quedaba si es que todavía tenían alguna. Si ya fue muy grave el desatino generalizado de las agencias de calificación, incapaces de medir riesgos, de valorar con realismo y objetividad los activos tóxicos que con sus valoraciones contribuían a comercializar por el mundo entero a cambio de jugosas comisiones, esto es mucho peor.
No se trata sólo del fraude piramidal que consiste en pagar los intereses de los inversores con las aportaciones de capital de los que se incorporan al timo. No, es mucho más grave. Es la demostración de que el sistema es incapaz de supervisar mínimamente lo que sucede a ojos de todos y que por tanto es imposible saber lo que todavía puede seguir oculto. Para que se entienda mejor, la captación de capitales por Madoff viene a ser como vender pisos inexistentes. O lo que es peor, vender pisos tasados por entidades supervisoras o por el Colegio de Arquitectos de turno que resultan ser decorados de cartón piedra levantados para engañar la vista y no levantar sospechas.
Madoff ha superado inspecciones e investigaciones mientras seguía colocando sus casitas de cartón piedra con toda la documentación, tasaciones, certificaciones de calidad y garantías legales en regla. ¿Cómo es posible construir un fraude piramidal de 50.000 millones de dólares en el corazón de Wall Street, dirigido por un señor que fue Presidente de la SEC —algo así como la precursora de la Comisión Nacional del Mercado de Valores norteamericana— y que nadie se entere? ¿Qué información manejaban las entidades que invertían en esos fondos inexistentes a la hora de adoptar sus decisiones de inversión? Todo es simplemente increíble y pone en jaque a todo el sistema. Desde hace semanas decimos que tras esta crisis nunca nada será igual. Desde luego el legado que va a recibir Barack Obama del Presidente Bush pasará a la historia por su carácter desastroso, en lo visible y en lo que todavía no se conoce.
La segunda conclusión del caso Madoff tiene que ver con sus consecuencias económicas. Cada vez es más evidente que la mala regulación se he convertido en una de las causas directas de la crisis hasta el punto de que se puede hablar de un shock regulatorio negativo. Los economistas llamamos shock —o choque— a los fenómenos de naturaleza económica o de otro tipo —subida del precio del petróleo, desastre natural, revolución tecnológica, aumento de población, agotamiento de una fuente energética, etc.— que provocan alteraciones de la actividad económica —al alza o a la baja, shocks positivos o negativos—, y que además lo hacen por el lado de la demanda, de la oferta, o por ambos. El caso Madoff confirma que por primera vez estamos ante un auténtico shock regulatorio, por supuesto negativo, y que afecta tanto a la oferta como a la demanda porque sus consecuencias son múltiples.
Estamos comprobando que lo de Enron no fue un caso aislado, porque son ya demasiadas las entidades afectadas o hundidas víctimas de una gran mentira. Unas mentiras que no sólo se han generalizado en la economía —recuerden las armas de destrucción masiva en Irak—. Hace unas semanas me refería al derrumbe de la credibilidad del colectivo profesional al que pertenezco, el de los economistas. A los economistas se nos suele juzgar por nuestra capacidad de predicción de acontecimientos económicos, lo cual siempre es complicado. No es verdad que no hubiera voces que anunciaran lo que se avecinaba, las había, como Krugman. El problema es que el shock regulatorio que estamos padeciendo era hasta hace poco tiempo un fenómeno invisible, secreto, oculto, y ni el economista más perspicaz podía contar con ese tipo de información a la hora de elaborar sus predicciones.
Discutíamos sobre endeudamiento y burbujas, pero lo que nadie podía imaginar es que una parte de la aristocracia de Wall Street fuera un grupo de trileros piramidales al viejo estilo Ponzi —el inmigrante italiano que organizó un gigantesco fraude piramidal en las primeras décadas del siglo XX— o como también lo hizo Dña. Branca, la banquera del pueblo, en el Chiado lisboeta desde 1970 hasta 1984. Si en esos escándalos los defraudados fueron miles de ciudadanos mal informados en momentos económicos muy distintos al actual, y con una cultura económica y financiera que nada tiene que ver con la actual, Madoff ha engañado a los bancos de inversión, inversores institucionales, hedge funds y boutiques financieras más elitistas del mundo.
Madoff Investment Securities LLC ha resultado ser un grupo de sinvergüenzas que ha actuado con absoluta impunidad. Las consecuencias de sus actuaciones exceden el ámbito de los directamente estafados porque refuerzan algunos de los elementos más preocupantes e inquietantes que han provocado la que ya es una de las recesiones económicas más profundas que se recuerda, si no lo es ya. Financieramente sí es la peor.
En los próximos años los economistas vamos a tener mucha información para evaluar y analizar lo sucedido, y medir cual ha sido el grado de responsabilidad de estos episodios generados por una regulación insuficiente en la caída del crecimiento. Puede ser el primer shock regulatorio negativo de la historia.

