Domingo, 14-12-08
CINCUENTA años cumple El laberinto de la soledad y diez han pasado desde la desaparición de su autor. Octavio Paz fue, sin duda, el último gran polígrafo de nuestra lengua. Ignacio Hernando de Larramendi, que auspició la creación de una exhaustiva biblioteca digital de polígrafos hispánicos (incluyendo los de lengua portuguesa) sostenía que en todo polígrafo hay un tradicionalista. Era difícil llevarle la contraria a Ignacio (el jueves se presentó el extenso catálogo de la biblioteca virtual que fue su proyecto, un tesoro de la tradición histórica y lingüística iberoamericana, al que sus hijos han dado continuidad). Una vez, le dije a Ignacio que al menos dos polígrafos sacaban los pies del tiesto de la tradición, Unamuno y Caro Baroja. «Más tradicionalistas que nadie, aunque ellos lo ignoraran», fue su réplica. Olvidé mencionar a Octavio Paz, pero creo que ni siquiera su nombre había arredrado a aquel carlista incombustible.
Octavio Paz, aunque no encasillable en el tradicionalismo estricto, tuvo mucho de antimoderno, en el sentido que da a este marbete Antoine Compagnon. Si el inventario de este último no se hubiera limitado a Francia, Paz habría podido figurar en el mismo con méritos similares a los de Julien Gracq o Roland Barthes. Hijo de un abogado de Ciudad de México que murió luchando junto a Emiliano Zapata en lo que él mismo llegaría a definir como una «extraña revolución neolítica», Octavio Paz escandalizó a las buenas almas progresistas declarando su simpatía por lo que la insurrección de los campesinos mexicanos había tenido de «re-vuelta», de vuelta (nombre que desafiantemente eligió como cabecera de su revista) a las tradiciones comunitarias y comunales anteriores a la modernidad revolucionaria, liberal o colectivista. De igual modo, vindicó al desdichado emperador Maximiliano, no tanto frente a Juárez como contra lo que vino después, la inmisericorde rapiña del Porfiriato. En el origen de estas actitudes no sólo había un deseo de provocar a las castas culturales y políticas dominantes, sino el convencimiento de que la modernización implicó una pérdida de perspectiva y de sentido, cuyos efectos estaban a la vista en el sangriento siglo que le tocó vivir. Porque Paz había nacido en 1914, año del comienzo de la Gran Guerra y, en términos más históricos que cronológicos, fecha de arranque de una centuria que, en su país, se había adelantado quizá en cuatro años al secundar el México profundo e ignorado de los campos la rebelión política de Francisco Madero. Su biografía coincide casi exactamente con el ciclo del despliegue y hundimiento de las utopías totalitarias, a las que opuso, además de los principios liberales en que creía, la necesidad de tomarse en serio las visiones pesimistas de la historia que habían surgido a contrapelo de la primera euforia revolucionaria: las de Burke, De Maistre o Chateaubriand. Y eso es algo que el progresismo nunca le ha perdonado.
Paz se lanzó a la arena creyéndose revolucionario, y fue también el primer escritor de nuestra lengua que cantó la palinodia y el desengaño de las utopías. Lo hizo sin estridencias, en un tono reflexivo y racional que forjó un estilo canónico, digno de imitación, porque el español de Octavio Paz es un idioma literario depurado de esos fervores retóricos que se transforman inevitablemente en pesadillas, sueños de la razón que producen monstruos. En el «Nocturno de San Ildefonso» (sin duda, el mejor de los poemas de Vuelta, que es el mejor de sus poemarios) escribió: Enredo circular:/ todos hemos sido,/ en el Gran Teatro del Inmundo,/ jueces, verdugos, víctimas, testigos, / todos/ hemos levantado falso testimonio/ contra los otros/ y contra nosotros mismos./ Y lo más vil: fuimos/ el público que aplaude o bosteza en su butaca./ La culpa que no se sabe culpa,/ la inocencia/ fue la culpa mayor». De un siglo de «conversiones, retractaciones, excomuniones, reconciliaciones, apostasías, abjuraciones» hemos pasado a otro de inocencias estúpidas y exigencias retrospectivas de penitencia. Octavio Paz sabía que es inútil e indecente pedir perdón al público que aplaude o bosteza en su butaca, lo que bastaría para anhelar su vuelta.

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