Durante 15 años, Francisca Sánchez fue la compañera de Rubén Darío y tras su muerte la custodia de sus papeles, parte de los cuales integran la muestra «Las huellas del poeta», en la Biblioteca Complutense.
Martes, 09-12-08
La Villa y Corte, año de 1899, aquel Madrid que todavía piensa que más se perdió en Cuba, pero todos volvieron cantando. Madrid, Casa de Campo, jardines que son entonces un aledaño del Palacio Real, una magnífica y vegetal prolongación del Campo del Moro, un territorio que aún es un coto vedado para los madrileños de a pie, donde sólo se cuela de vez en cuando y con algún enchufe algún que otro poeta modernista que busca en la floresta inspiración y mejores aires que los de la pensión.
Poetas que ya tienen un nombre bien propio, Ramón María y Rubén, y apellidos que ya suenan y resuenan en los cenáculos de París y en las tertulias de los Madriles: Del Valle-Inclán, Darío. Una extraña pareja, quizá, pero unida por el talento literario, la amistad y el respeto mutuo. Allí se andan los vates con la cabeza llena de pájaros endecasílabos y ensoñaciones en soneto, charla que te charla, cuando los ojos de Rubén Darío vuelven de nuevo a la tierra y se clavan en los de una joven, la hija del jardinero de aquellos capitalinos vergeles. Rubén, impetuoso y de corazón siempre lanzado a tumba abierta, le pide a la joven una rosa. Y ya saben, lectores, que una rosa es una rosa, sí, pero aquella rosa... que dice el amigo Juan Ramón, y esta rosa de Rubén se llama Francisca, Francisca Sánchez: «Amar, amar, amar, amar siempre, con todo... Amar por toda ciencia y amar por todo anhelo».
Del flechazo al «sí quiero»
Don Ramón María, cortés y buen camarada, se hizo a un lado. Fue un flechazo. «Muy simpático. Me impresionó porque era un señor alto, buen mozo, guapo, respetuoso», recordaría años después la princesa Paca, como la llamó Amado Nervo. El «sí quiero» llegó en unos días en Navalsauz, pueblo abulense del que Francisca era originaria. Y a partir de ahí, así que pasen quince años, los que juntos vivieron Rubén y Francisca, tres hijos (de los que sólo sobrevivió Rubén Darío Sánchez, familiarmente, Güicho), viajes, pasión, cariño, ternura y amistad entre el gran poeta y la sencilla mujer, que aprendió a leer y escribir, que aprendió a leer entre labios y entre líneas, quién era aquel gran hombre. Durante ese tiempo, Rubén y Francisca levantaron un hogar, a pesar de que nunca sobraban los reales, a pesar de las idas y venidas emocionales del autor de «Cantos de vida y esperanza», a pesar de sus periplos y sus diplomacias, y a pesar de los pesares, sobre todo los de su mala salud.
Poco a poco, el incansable Rubén fue recibiendo correspondencia y documentos consulares de aquende y allende el Charco, fue haciendo y rehaciendo poemas, fue redactando artículos y colaboraciones periodísticas que procuraban las lentejas y, como en cualquier matrimonio, hubo que llevar un cuaderno de hule negro donde quedaban anotadas las cuitas y desvelos familiares: los recibos del carbonero, del panadero o de la lavandería, pero también de sastres de los caros, del alquiler del coche de caballos o aquella pianola que hubo que hipotecar. Creció durante tres lustros la cosecha de papeles y legajos, mientras seguía el amor: «Ajena al dolo y al sentir artero, / llena de la ilusión que da la fe / lazarillo de Dios en mi sendero / Francisca Sánchez, acompáñame».
Rubén lo guardaba casi todo, porque de todo recibía. Invitaciones para congresos y conferencias, convocatorias de homenajes, cartas de Juan Ramón, de los Machado, correspondencia con su viejo amigo de París, Alejandro Sawa, el penúltimo bohemio, el último romántico, telegramas, fotografías, tarjetas de visita (Emilia Pardo Bazán, Salvador Rueda), escritos y postales para Francisca firmadas como Zatay («Querida hijita...»), la factura de «Cantos de vida y esperanza...» un aluvión de sílabas y letras, de palabras y de frases, que levantaban acta de la vida familiar, poética, diplomática y amistosa de Darío.
El largo adiós
Francisca es la compañera en el amor, la cómplice, pero también la fiel amiga partida el alma por el dolor y la impotencia cuando un Rubén ya enfermo parte hacia América al estallar la I Guerra Mundial para pedir la paz y la palabra. «Cuando el vapor salió de Barcelona, no quiero decirle -contará Francisca tiempo después-. El pañuelo se agitaba, el pañuelo se agitaba. Todavía me tiró una carta escrita por su puño y letra en que decía que pronto nos veríamos, fuera en España o fuera en Buenos Aires. Pero no fue así».
En Nueva York, Rubén llega a leer su conmovedor poema «Pax» («Ved el ejemplo amargo de la Europa deshecha; / Ved las trincheras fúnebres, las tierras sanguinosas; / Y la Piedad y el Duelo sollozando los dos. / No, no dejéis al Odio que dispare su flecha»). Luego viaja a Guatemala y llega a León, en Nicaragua, donde muere el 6 de febrero de 1916.
Francisca se enteró de la muerte de Rubén Darío por los rumores, por los correveidiles: «Fue más triste cuando al poco tiempo oía por la calle que se publicaba la muerte de un príncipe. ¿Quién es ese príncipe? preguntaba yo a mi hermana. María que ha muerto un príncipe. Pero no tardó mucho tiempo el timbre de mi casa de tocar y tocar, y los periodistas se abrazaban a mí diciendo: doña Paca, que Rubén acaba de morir».
Francisca quedó en situación precaria. Sin casi posibles, que entonces se decía, y con el corazón en bancarrota. Se fue a Navalsauz y con ella se llevó un baúl que contenía todos los papeles del poeta. Pasaron años, muchos años, hasta que en 1956, tras conocer a al profesor Antonio Oliver y su esposa, la escritora Carmen Conde, Francisca lo donó gratuitamente al Gobierno de España: «Soy española, no me vendo por dinero, no lo doy por dinero que se me ofrece por todas partes. Soy española y debe ser para mi patria».
Así fue. A la princesa Paca le quedó la satisfacción del deber cumplido, y de que su nieta, Rosario, Rosa, creciera entre las letras de Rubén, y llegara a ser una de sus más profundas y verdaderas conocedoras. Le quedó también lo mejor de su vida, la belleza en el recuerdo, la memoria de su amor, la memoria de aquel hombretón nicaragüense, mineral, humano y telúrico, rebosante en el vaso de aquellos cuatro versos: «Seguramente Dios te ha conducido / para regar el árbol de mi fe / hacia la fuente de noche y de olvido / Francisca Sánchez, ¡acompáñame!».

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