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Lunes, 08-12-08
Durante años, Esquerra Republicana trató de convencer al electorado que eran una opción seria de gobierno, un partido fiable y hasta previsible después de lustros de guerras internas, bandazos estratégicos y confusión generalizada. Olvidada ya la voluble etapa liderada por Ángel Colom y Pilar Rahola, o la anterior, de entreguismo a CiU, el nuevo partido que pilotaba Carod-Rovira creció a rebufo de los últimos estertores de un pujolismo estigmatizado por su apoyo al PP.
Los republicanos entran en el Palau de la Generalitat con la llave de la gobernabilidad en la mano en 2003 y, primero con Maragall, luego con Montilla, de allí hasta aquí lo de ERC ha sido como echar el carro por un pedregal, una delirante trayectoria hacia posiciones cada vez más radicalizadas.
El giro definitivo se produjo en el último congreso de la formación, cuando la militancia sancionó un nuevo reparto de poderes, ungiendo a Joan Puigcercós como hombre fuerte en el partido y relegando a Carod-Rovira -que en este cuento encarna el papel de la moderación- a una posición de perfil más institucional como vicepresidente del gobierno catalán; de alguna forma, y aunque con edades intercambiadas, ERC copiaba con Carod y Puigcercós la fórmula vasca que durante años patentaron Ardanza y Arzalluz; pragmatismo frente a esencias, acción de gobierno frente a ideología y estrategia partidista.
Autodeterminación
A diferencia, sin embargo, de lo que fue durante años el modelo vasco, la previsibilidad que se atribuía al PNV es en el caso de ERC un proceder sincopado, una huida hacia adelante con objeto de contentar más a la militancia que a convencer a los potenciales votantes. Sucedió cuando ERC precipita la muerte del primer tripartito con su «no» al Estatuto, pasa ahora con los desvaríos de Joan Tardà ante las juventudes del partido o se repite cuando Carod lanza propuestas como la del referéndum de autodeterminación en 2014.
En definitiva, una forma de entender la política de manera espasmódica, siempre a merced de unas bases en permanentemente estado de agitación y con muy poco sentido de la responsabilidad que supone no sólo ya integrarse en las instituciones sino gobernarlas.
Negarse a crecer
Con nula autocrítica y mucha manía persecutoria -cualquier error propio se justifica, y hasta se aplaude, por los ataques de la «brunete mediática»- la radicalización de ERC alentada desde la militancia ha sido paralela a la progresiva pérdida de apoyo electoral: desmotivadas sus bases, perplejo el votante nacionalista moderado ante tanta política de gestos y episodios ridículos que tapan los réditos que podían obtener por la acción de gobierno. Los 626.107 votos y ocho escaños que obtuvo Carod en las generales de 2004 -cabalgando la ola de la polémica tras su entrevista con ETA en Perpiñán- se pasó a los 289.927 sufragios y tres actas de 2008. El declive de la formación independentista ya había comenzado antes, con los 416.355 votos de las autonómicas de 2006 y luego los 334.923 votos de las locales de 2007.
Con un síndrome de Peter Pan de manual -como si ERC siguiese actuando en el gobierno como cuando estaba en la oposición-, el mayor radicalismo de ERC -más de discurso que de hechos- se completa con el pespunte de algunas de sus figuras más pintorescas: el esencialismo que encarna el ex consejero Carretero, la política en su forma más hosca a cargo del ex miembro de Terra Lliure Vendrell o la «finezza» en la oratoria de Joan Tardà o Joan Puig... todo un catálogo.
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