África central ha estallado ya. Darfur contamina las fronteras de Sudán, pero la matástasis procede del interior de regímenes con la única legitimidad de la fuerza y sus amigos de Oriente y Occidente. China ampara a Sudán, Francia sostiene a Chad
Lunes, 08-12-08
La envergadura y proyección de la crisis de Darfur ha oscurecido otros enrarecimientos sudaneses y la situación trágica que vive su vecino del oeste, Chad. Desde que estallara la rebelión en 2003, la represión gubernamental, con la punta de lanza de los «yanyauid» (bandidos árabes a caballo) han muerto unas 300.000 personas y más de dos millones de almas han perdido sus hogares y se han convertido en refugiados en su propio país o en Chad. Aunque con carencias y características propias, los «cascos azules» (de los que apenas se han desplegado un tercio de los 26.000 soldados prometidos por la ONU y la Unión Africana), los continuos obstáculos erigidos por las autoridades de Jartum, y el respaldo de China en el Consejo de Seguridad de la ONU, han hecho la misión de paz tan inoperante como la del Congo.
Sin embargo, el drama de Darfur ha dejado en sombras el que se cuece a fuego lento en Chad, donde 185.000 desplazados internos y 250.000 refugiados sudaneses acentúan el estrés de los recursos y una más que volátil realidad política. Como recalca Gonzalo Sánchez-Terán, que ha trabajado como cooperante al este de Chad para el Servicio Jesuita a los Refugiados, «la primera falacia que hay que desmentir es que el origen del mal que carcome el Chad viene de Sudán. El conflicto de Chad es fundamentalmente interno: una guerra civil tan antigua como la independencia. El país no ha sido estable nunca. La rebelión empieza oficialmente en 1965, pero lo cierto es que el país no se ha llegado a constituir. Si nos remontamos a la colonización francesa que «funda» Chad, el caso es siamés de Sudán: se juntan a grupos humanos que han estado siempre enfrentados».
Nada ocurre en Chad sin el visto bueno de Francia. El primer presidente del norte que se hace con el poder es Hisene Habré, que está a punto de ser juzgado en Senegal por crímenes contra la humanidad. Durante su régimen fueron asesinadas 40.000 personas (en Chile murieron unos 4.000, precisa Sánchez-Terán) en un período de ocho años.
El presidente actual, Idriss Déby, era el jefe del Ejército de Habré (calco del caso ecuatoguineano: Teodoro Obiang era el jefe de seguridad del anterior dictador, Francisco Macías). Lo insólito es que Déby no figura en ninguna parte en los archivos de los crímenes de Habré. Déby pertenece a un subclan de la tribu de los zagawa, los bideyat. Los zagawa no representan más que el 1,5 por ciento de la población de Chad. Son una minoría. Pero Déby gobierna Chad como si fuera un cortijo: otorga prebendas a familiares y gente cercana. Otro ejemplo similar al de los regímenes que imperan en Togo, Camerún o Guinea Ecuatorial, agravado por el atraso y el aislamiento más brutales.
Además de la fractura intramusulmana hay otra aún mayor que recuerda a la sudanesa, pero no se debe a Sudán y al desorden fronterizo, pese a que del lado sudanés surgen guerrillas amparadas por Jartum que han llegado a las puertas de Yamena y del lado chadiano brotan a su vez guerrillas con respaldo de Yamena que han llegado a las puertas de Jartum. La grieta hinca sus raíces en las últimas décadas y proviene del cambio de vida de tribus árabes nómadas: la clásica relación, nunca fácil, entre campesinos y pastores, que se agudiza cuando empiezan a escasear recursos vitales como el agua. En Sudán el drama se acentúa por el proceso de arabización desencadenado por Jartum y la discriminación de los «africanos» darfurianos, pese a que comparten la fe musulmana. La «limpieza étnica» y la fragmentación entre grupos que combaten a ambos gobiernos lo complican todo.
Sánchez-Terán observa que la prensa y el mundo humanitario han fomentado la confusión sobre el mal chadiano y su reiterada postergación (pese al despliegue de tropas europeas) por su condición francófona. A la visibilidad de los crímenes sudaneses -que han llevado a la imputación del presidente, Omar al Bashir, por el Tribunal Penal Internacional- le ha «favorecido» que Sudán sea un país anglófono, sin contar que «estaban claras las lindes -al menos hasta hace poco- entre los malos, los antagonistas de Occidente, y los buenos».
Incumplir promesas
En los años noventa Déby toma el poder en Yamena con el apoyo de Francia y, entonces, de Sudán. Desde entonces ha incumplido todas sus promesas de democratización y ha puesto el petróleo al servicio de su maquinaria militar, es decir, de su permanencia en el poder (la rebelión que no cesa se vio exacerbada en 2003, cuando el oro negro empezó a fluir), al igual que sus vecinos sudaneses, amenazados por la amenaza de secesión del sur, que postula el Ejército Popular de Liberación de Sudán, con quien Jartum comparte gobierno tras una guerra que desangró el país. Déby no hubiera aguantado todo este tiempo sin la aquiescencia de París, igual que Al Bashir lo hubiera tenido más crudo si no fuera por las insaciables necesidades energéticas de Pekín, el nuevo «agente» continental.

