El turismo y su industria, la más diversificada de la parte oriental del continente, han hecho de este país una excepción africana. No onstante, tras las acusaciones de fraude en las elecciones de diciembre de 2007, el país ha entrado en crisis

Dos niños ven la televisión en el interior de su casa en un barrio periférico de Bajul, en Gambia / A. YBARRA ZAVALA
Lunes, 08-12-08
Considerado hasta hace tan sólo un año el perfecto borrador para la creación de un modelo de estabilidad regional, las miserias y virtudes clásicas del continente han provocado que las líneas del futuro de Kenia sean cada vez más difusas. Una esperanza que comenzó a desdibujarse gracias a la ola de violencia que sufrió el país en las pasadas elecciones y que ocasionó más de 1.500 muertos y 400.000 desplazados internos.
El origen de estos disturbios se encuentra en las acusaciones de fraude del partido del opositor Raila Odinga , el Movimiento Democrático Naranja, tras ser derrotado en unas elecciones en las que partía como favorito.
Un conflicto que fue, paradójicamente, alimentado por dos viejos amigos del resto de democracias africanas, a los que en el pasado Kenia siempre había rechazado conocer: un modelo de gobierno basado en el caciquismo de las clases dirigentes, y el choque entre las numerosas etnias del país, herencia de la segregación racial impulsada por el colonialismo europeo.
Odinga -de etnia luo- acordó finalmente la creación de un gobierno de unidad junto al actual presidente, Mwai Kibaki, de la mayoritaria etnia kikuyu. Pero las heridas de la memoria histórica son imposibles de cerrar en el continente africano. Un reciente informe amparado por Naciones Unidas -el «Waki Report»-, y elaborado por una comisión dirigida por el juez Philip Nyamu Waki, acusaba a seis actuales ministros de instigar los disturbios electorales. Los ministros imputados -de los que se desconoce la identidad-, junto a otros cinco diputados y destacados hombres de negocios, deberán rendir cuentas en los próximos días ante un tribunal especial internacional -similar al que juzga el genocidio que tuvo lugar en 1994 en Ruanda. Una cuestión que amenaza con desatar, tan sólo un año después, una nueva ola de violencia en el país.
Pero, pese al caos político y social que en los últimos meses sufre Kenia, para su fortuna el resto de países de la zona no se presentan como alternativas sólidas para suplantar el monopolio regional establecido por el Gobierno de Nairobi.
Sede de las principales agencias de la ONU, como el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) o el Programa para los Asentamientos Humanos (PNUAH), buena parte de la economía de Kenia se basa en los ingresos generados por el personal occidental que trabaja en estas instituciones. A su vez, la capital, Nairobi, es el principal centro de operaciones de las organizaciones no gubernamentales que desde allí gestionan los conflictos generados en el avispero político y social que es la región. La complicidad de Occidente en el desarrollo de esta economía institucional, por y para europeos, ha permitido la creación de una boyante industria dedicada a satisfacer las necesidades de los nuevos «colonizadores» regionales.
De igual modo, el turismo, la principal fuente de ingresos del país, se ha recuperado completamente de los efectos devastadores que sobre él tuvo la crisis postelectoral. Aunque sus efectos son todavía evidentes en la economía del país. El pasado año, Kenia registró un crecimiento económico del 7 por ciento. En 2008 tan sólo fue del 4 por ciento.
Pese a este decrecimiento, el futuro de Kenia como líder regional no parece que corra peligro en los próximos años. No tanto por sus propios méritos como por los deméritos vecinales. Sin embargo, las expectativas ya no son tan optimistas: corre el peligro de contaminarse de los clásicos males endémicos del continente.

