Sigue siendo un mineral exótico para quienes no saben que cada vez que usan el móvil o enciender el ordenador se revaloriza el ya escandaloso subsuelo congoleño. El coltán explica la nueva fase de la guerra en un país que sólo conoce la opresión
Desplazados congoleños en el campo de refugiados de Kibati, situado a las afueras de Goma / A. YBARRA ZAVALA
Lunes, 08-12-08
«Hemos sufrido con Mobutu y con los dos Kabilas. Hace dos años voté en las elecciones con la esperanza de que mi vida cambiaría, pero seguimos a merced de los soldados. La guerra ha vuelto y nadie nos ayuda». Jocelyne tiene 34 años y un puesto de ropa en el mercado de Virunga, en uno de los ramales de Goma, la capital de la región congoleña de Kivu Norte, a orillas del espléndido lago Kivu. El recrudecimiento de la guerra tiene a la población abocada al desastre.
La República Democrática del Congo (RDC) parece un país intratable. La comunidad internacional se volcó para que el antiguo Zaire celebrara por fin en 2006 las primeras elecciones democráticas desde la independencia y para clausurar un conflicto que, con su cohorte de hambre, enfermedad y males diversos había empujado a la muerte a más de cuatro millones de almas, el conflicto más sangriento desde el final de la Segunda Guerra Mundial, una guerra en la que se involucraron una decena de naciones africanas.
En agosto de este año, el Ejército congoleño (FARDC, unos 30.000 hombres en los dos Kivus) y el movimiento rebelde Congreso Nacional para la Defensa del Pueblo (CNDP, entre 6.000 y 7.000 guerrilleros), al mando del general tutsi congoleño Laurent Nkunda, reanudaron los combates en Kivu Norte y sembraron el pánico en una población fatigada de penurias. Por si hubiera pocos actores codiciosos sobre un subsuelo rico en oro, coltán (columbita-tantalita) y casiterita, a los pesos pesados hay que agregar la milicia mai-mai (entre 6.000 y 7.000) y el Frente Democrático de Liberación de Ruanda (7.000 antiguos soldados hutus ruandeses e «interhamwes», que tomaron parte en el genocidio de 1994 en la vecina Ruanda). El ejército congoleño es uno de los principales agentes del espanto: sus sueldos suelen evaporarse a lo largo de la cadena de mando, por lo que su mayor pericia la derrochan en el motín y el pillaje. Para el ministro belga de Asuntos Exteriores, Karel de Gucht, el ejército congoleño «no existe». Y la Misión de la ONU en Congo (MONUC), con 6.000 «cascos azules» en Kivu Norte, en vez de proteger a la población parece haber adoptado la posición de testigo. «Le Monde» publicó recientemente que una unidad paquistaní basada en Bukavu (Kivu Sur) se negó a reforzar el destacamento de la ONU en Goma porque supondría ponerse bajo mando de oficiales indios.
La organización Human Rights Watch acaba de publicar su enésimo informe sobre la situación en el este del Congo reclamando ayuda para víctimas de crímenes de guerra en un conflicto en el que «violaciones, asesinatos y reclutamiento de niños» son el pan de cada día. «En esta guerra están involucrados varios ejércitos nacionales y movimientos rebeldes, pero hay siempre una constante: el abuso de los civiles por todas las partes». Jocelyne, que tiene que alimentar a nueve hijos (su marido, funcionario del catastro, no recibe salario: una plaga en el Congo, donde el Estado -sobre todo en el este del país-es un ente fantasma), no atesora la menor esperanza: «No se vende nada».
Nkunda, de 41 años, tutsi del este congoleño (donde los banyamulengues llevan instalados desde hace siglos), se convirtió en 1998 en comandante de una brigada de un movimiento político y militar respaldado por Ruanda, pero también combatió a las órdenes de Paul Kagame (ahora presidente de la autoritaria Ruanda) en el Frente Patriótico Ruandés, que se hizo con el poder en Kigali tras el genocidio. Sus bravatas de que podría conquistar Kinshasa (la capital congoleña) son atribuidas, según fuentes diplomáticas, al hecho de que Nkunda se encuentra gravemente enfermo. En su pose política habla de pacificar Kivu y entregar a Ruanda a los hombres que tomaron parte en las matanzas. El CNDP es la única fuerza verdaderamente organizada en los Kivus, con la que el gobierno de Laurent Kabila se niega a negociar. Aunque Ruanda desmiente que le respalde, el boletín «Africa Confidential» destaca los cada vez más estrechos lazos entre Nkunda y prominentes hombres de negocios ruandeses.
Todas las facciones obtienen beneficios del rico subsuelo de los Kivus. Los mayores traficantes pertenecen a los rebeldes hutus del FDLR, y muchos operan a las órdenes del «coronel Samy», del Ejército congoleño. En la ciudad de Goma, los que manejan el comercio de oro y coltán son tutsis. La riqueza, sin embargo, no llega a gente como Jocelyne, sólo lo que desdeñan los perros de la guerra.

