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Domingo, 07-12-08
POR MARTA MOREIRA
VALENCIA. A manos de detractores y malos defensores del proyecto, el «Proceso de Bolonia» (término reduccionista que en realidad hace referencia al Espacio Europeo de Educación Superior) se ha convertido en un estereotipo demasiado simple. Con su puesta en marcha en 2010 a la vuelta de la esquina, el movimiento crítico contra el EEES ha recuperado su activismo, alertado por las dinámicas de privatización universitaria que, si bien son una tendencia cierta desde hace años, no son directamente atribuibles al proceso de convergencia europea.
Las desigualdades que introduce la convivencia de instituciones docentes privadas y públicas -por ejemplo, ofreciendo carreras muy demandadas a notas de corte sustancialmente más bajas para personas con un alto poder adquisitivo- son precisamente uno de los fallos que esta reforma pretende subsanar. Para ello se han establecido medidas como la creación de becas-préstamo del ICO para estudios de postgrado y de másters oficiales a precios públicos, donde antes sólo existían de carácter privado. A pesar de todo, el manifiesto contra el «Proceso de Bolonia» insiste en el «elitismo» y la «mercantilización» inherente al nuevo espacio europeo. Existe, obviamente, un problema de desinformación.
Generación mileurista
La Universitat de Val_ncia, foco de las protestas estudiantiles que se han producido en las últimas semanas, pretende intensificar las reuniones entre el equipo rectoral y los nuevos representantes estudiantes -electos el pasado 27 de noviembre-, para debatir punto por punto las cuestiones que preocupan a un alumnado sobre el que se cierne la sombra de la crisis y la precariedad laboral de la llamada «generación mileurista». Tienen razones para desconfiar.
Aunque muchos de los manifestados reconocen las deficiencias del sistema docente imperante, el efecto disuasorio de palabras como «flexibilidad» y «competitividad» sigue haciendo estragos entre la comunidad estudiantil de ideología anticapitalista. Sin embargo, en estas demonizadas palabras podría residir la solución a los problemas de inserción laboral que atenazan a las jóvenes generaciones de titulados.
La puesta en marcha de un sistema de convergencia educativa no sólo responde a la necesidad de culminar el proceso de construcción europea en un mundo globalizado, donde hace ya años que no existen barreras de contención al flujo de información. El programa de intercambio Erasmus-Sócrates puso de manifiesto desde el principio las dificultades que encontraban los alumnos para convalidar sus estudios en el entorno europeo, obstaculizando el acceso de los jóvenes a la amplia red de oportunidades que ofrece el viejo continente.
Con la puesta en marcha del sistema común de valoración del aprendizaje (medido en créditos ECTS) y del Suplemento Europeo al Título (SET) -que no es sino un certificado común explicativo del expediente del graduado-, cada estudiante español tendrá el camino burocrático despejado hacia 900 universidades en 46 países distintos.
Problemas endémicos
Por otra parte, las universidades públicas españolas arrastran una serie de enfermedades endémicas como la inasistencia, el alto porcentaje de no presentados en los exámenes, el abandono y la falta de compromiso -los procesos de elección de los representantes estudiantiles rara vez superan el 12% de participación-.
El EEES, probablemente perfectible, guarda en su espíritu la intención de acabar con este tipo de problemas y de preparar a la juventud para un mundo en permanente transformación. De la era de la información hemos pasado a la del conocimiento, ávida de personas capaces de interconectar ideas y sobrevolar las barreras psicológicas de su entorno más próximo.
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