Viernes, 05-12-08
Si algo deja claro la llamada «guerra de los crucifijos» es que algunas gentes ignoran lo que significa el acontecimiento de la muerte de Jesús, una forma de ejecución que solía pulverizar el prestigio social de una persona dio lugar a un movimiento religioso y cultural de proporciones que impresionan a quien las conozca de cerca. Pero llega cierto profesor y afirma, con sorprendente contundencia, que la religión cristiana no creó cultura ni tiene nada que ver con la cultura. Ante tamaña ignorancia sólo cabe sentir pena, acompañada de cierta indignación por tratarse de un docente universitario. La misma lamentable incultura quedó patente en la discusión sobre la conveniencia de aludir, en el prologo de la Constitución Europea, a las fuentes cristianas de la cultura occidental. En cambio, qué distinto panorama divisamos cuando, en las cimas de la cultura europea, oímos a los padres de la gran Física contemporánea -Heisenberg, Planck, Einstein...- afirmar que la admirable ciencia moderna no hubiera sido posible si los científicos europeos no estuvieran convencidos, merced a la fe cristiana, de que el mundo está configurado de manera ordenada, sometida a leyes...
El problema actual de la formación escolar no es retirar los crucifijos, sino elevar el nivel cultural de alumnos y profesores lo suficiente para que adviertan la inmensa significación que tiene esta imagen, bien -en el círculo de los creyentes- como representación del acto redentor de Cristo, bien -en el grupo de los no creyentes- como símbolo del movimiento religioso que se adelantó a proclamar la igualdad de todos los hombres frente a una sociedad culta pero defensora de la esclavitud, y constituyó en todo tiempo un valladar contra los reiterados intentos de amenguar la dignidad humana. Estudiar bajo la presidencia de un crucifijo es sentirse invitado a participar en una cultura de respeto incondicional al ser humano y de apertura a realidades que trascienden el mundo y le dan pleno sentido.
Limitarse a decir que el crucifijo «no estorba» se queda corto; es como afirmar que la maravilla del «Réquiem» de Mozart no es un mero ruido insufrible... Cuando Hernán Cortés se rebeló contra el rito de los sacrificios humanos, renunciando con ello al bienestar satrapesco que se hubiera podido grangear mediante una acomodaticia táctica pactista, no hizo sino ser consecuente con la cultura de la cruz que inspiró su lema: «Algo hay que sufrir por Dios». Por el Dios que inspiró las Leyes de Indias, que no siempre fueron cumplidas, pero ahí están para eterno testimonio de una admirable cultura jurídica.
Ante la guerra de los crucifijos, nada de espadas, sino un poco de cultura, de esa inmensa cultura que el Cristianismo ha promovido en todo tiempo, con las limitaciones inherentes a lo humano pero con una impresionante decisión.
Alfonso López Quintás
Real Academia de Ciencias Morales y Políticas

