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Miércoles, 03-12-08
JOSÉ MANUEL CUÉLLAR
MADRID. Más que el rey Midas, más que Ronaldo, más, incluso que Beckham. Cristiano Ronaldo está en la cima del mundo: alto, guapo, millonario, admirado por ellas desde el tocador, adorado por ellos desde la grada, el portugués ha tocado techo, a nivel futbolístico, publicitario y social.
Seguro que no lo imaginó en Funchal (Madeira) cuando empezó a darle a la pelota. Su padre, Dinis Aveiro (fallecido en 2005), era utillero del modesto Andorinha, donde el chico entró a jugar de pequeño. Sus padres le habían puesto el nombre en homenaje a Ronald Reagan y desde ya empezó a destacar, tanto que en toda su evolución los clubes se pegaban por él. Pasó del Andorinha al Sporting de Lisboa y de ahí al Nacional. Entre ambos hubo un litigio que acabó con el chico de vuelta al Sporting. Cuando estaba en el filial, el técnico del primer equipo, el rumano Lazslo Boloni, observó que el chico era muy superior a los demás componentes de la primera plantilla (siempre jugó contra rivales tres años mayores que él). De ahí al éxito, un soplo.
El Barça y el Juventus se lanzaron a por él como fieras, pero el Manchester se les adelantó. Pasó un primer año de horror en Inglaterra, sin adaptarse, sin entender su fútbol y tardando en crecer. Hace dos años entró en erupción y ya no ha parado. Ídolo de las quinceañeras y de los publicistas, se ha convertido en el terror de las defensas rivales. Lo tiene todo: velocidad, regate, disparo, visión de juego... Un portento.
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