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Miércoles, 03-12-08
LOS datos del desempleo en España superan de largo las previsiones más pesimistas. En noviembre el paro se incrementó por octavo mes consecutivo hasta rozar ya los tres millones de personas, la cifra más alta desde 1996. Nada menos que 171.243 trabajadores perdieron su empleo a lo largo del mes pasado, mientras que el número medio de afiliados a la Seguridad Social bajó en más de 197.000 personas, con especial incidencia en sectores como servicios y construcción. Si tomamos como referencia los últimos doce meses, los datos son sencillamente demoledores, puesto que se han perdido casi 900.000 empleos, una cantidad intolerable para la economía de un país desarrollado. Baja el nivel de empleo entre los varones y las mujeres en todos los segmentos de edad y cualificación y en todas las comunidades autónomas. Al parecer, lo peor está todavía por llegar, según reconoce sin rodeos el vicepresidente Pedro Solbes frente al voluntarismo poco convincente de algunos altos cargos del Ministerio de Trabajo. En una palabra, todavía no hemos tocado fondo mientras el Gobierno está desbordado y muestra una incapacidad absoluta para hacer frente a los problemas por muchos planes incoherentes que presente de vez en cuando Rodríguez Zapatero, cuya credibilidad se sitúa ya bajo mínimos cuando pretende ofrecer soluciones que nunca llegan.
La frialdad de los números no puede ocultar el drama personal y familiar que supone cada puesto de trabajo perdido. Necesidad económica, desmoralización y falta de expectativas son una mezcla explosiva para la estabilidad psicológica y para la convivencia social. Es hora de tomar medidas urgentes y eficaces y no de lanzar ocurrencias para salir del paso, como el reciente plan para aportar a los municipios 8.000 millones de euros destinados a obras de nueva ejecución, algo así como una «aspirina» para combatir una enfermedad grave, como afirma gráficamente el líder de la oposición. Incluso Felipe González se refirió ayer al peligro que supone «bajar la escalera de golpe», después de tantos años de bonanza. Lo cierto es que el Ejecutivo perdió el tiempo lastimosamente en la época en que se debían haber adoptado reformas estructurales para afrontar en mejor posición los momentos difíciles. Después de negar la crisis, en un ejercicio intolerable de ocultación de la verdad, llegaron las falsas ilusiones en el sentido de que España estaba mejor preparada que los demás para superar una serie de problemas que -supuestamente- venían de fuera. En la práctica, nuestro país bate todas las marcas de parados en Europa, y la triste realidad es que nadie consigue ver la luz al final del túnel.
La política de imagen no sirve de nada en circunstancias de extrema gravedad. A los parados nos les importa que Rodríguez Zapatero se presente como un imaginario líder del socialismo universal, que acuda a última hora a la cumbre de Washington o -peor todavía- que pretenda distraer la atención de la gente con maniobras sectarias o haciendo oposición retrospectiva al PP. Como ayer recordaba Mariano Rajoy, el centro derecha ya demostró en su día que sabe superar con éxito un desafío económico más que preocupante, mientras que el PSOE ha dilapidado en poco tiempo una herencia impecable. La realidad es objetivamente difícil, pero lo menos que debe exigirse al Gobierno es sinceridad, eficacia y trabajo serio, sin lanzar cortinas de humo ni echar la culpa a los demás. Las colas en las oficinas del INEM son fiel reflejo del momento muy duro que vive la sociedad española y deberían provocar en los responsables políticos una reflexión a fondo. Sectores básicos como la construcción y grupos de trabajadores de escasa cualificación sufren todavía más el deterioro, pero ya nadie puede considerarse a salvo de una crisis que nos concierne a todos. Si se cumplen los vaticinios del propio Gobierno, pronto estaremos por encima de los tres millones de parados. Dadas las circunstancias, no puede pasar ni un solo día sin que el problema se aborde con el máximo rigor y sentido de la responsabilidad.
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