Miércoles, 03-12-08
El ateísmo es una convicción radical sobre lo religioso que, a menudo, se encuentra revestida de intolerancia. En su hoguera antirreligiosa, algunos, en España, nos anuncian que van a «quemar» símbolos tan arraigados como la cruz o la biblia. Se proponen expulsar de lo oficial cualquier sombra de manifestación creyente, y de este modo anular allí la dimensión espiritual de las personas. Detrás vendrá la quema, cruenta o no, social o psicológica, no de los signos, sino de sus defensores, pues lo simbólico no es sino una realidad presente en los humanos, no algo desligado de ellos (Eliade, Cassirer). La «inquisición atea» cuenta con una larga experiencia en esto, y un celo inigualable que los nombres de Stalin y Mao acreditan de sobra. El ateísmo exige tanta fe como otras formas religiosas, y seguramente más. Tiene su credo, centrado en unas teorías materialistas hoy «obsoletas» incluso en el terreno de la ciencia. Posee su cuerpo de sacerdotes, por supuesto «laicistas» y escépticos de todo, salvo de su feroz dogmatismo. Exhibe una doctrina inflexible, plagada de viejos prejuicios. La historia ha demostrado la inconsistencia de todo su entramado ideológico y organizativo. Su escatología acostumbra a preparar un futuro temible y opresor, nada pacífico. Entre sus santos se hallan figuras que no ofrecen ejemplo precisamente de convivencia o libertad. Lo más paradójico es que el vacío que aspira a crear siempre se rellena con otra cosa. Donde estaban la cruz o la biblia acabarán poniéndose otros, no lo dudemos. No serán símbolos judeocristianos, ni hablarán de una historia y una identidad largamente compartidas; pero serán símbolos también, sólo que responderán a la voluntad de desarraigarlo todo y arrasar el pasado.
Su raíz más profunda es el nihilismo, la ideología de la nada que profetizó Nietzsche, un mundo de «diosecillos» que se creen más allá del bien y del mal. Los riesgos que esto entraña los columbran confusamente quienes propagan tan geniales ideas (tal vez, incluso los anhelan en su nefasto revanchismo). Pero ni ellos ni quienes les secundan logran engañar a nadie. Su fanátismo por despojarnos de religión huele a rencor. Enseguida nos pondrán en la peana otros santos, sólo que serán los suyos y consistirán en algún invento pueril de su destructivo sectarismo.
Javier Barraca
Madrid

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