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Miércoles, 03-12-08
EL pasado 6 de de noviembre, mi clase de la Universidad Rey Juan Carlos en Fuenlabrada debía tratar sobre los nacionalismos del siglo XIX. Sin embargo, hay días que son historia viva y tenemos la fortuna de vivirlos en primera fila y aquél era uno de ellos. Barack Obama acababa de ganar las elecciones norteamericanas y la principal noticia no era que se trataba de la primera persona de raza negra en llegar a la Casa Blanca, sino la propia actitud democrática de Estados Unidos.
Aquél día, ABC publicaba en La Tercera el discurso de Obama en el Parque Grant de Chicago tras ganar. Lo llevé fotocopiado, lo entregué a los alumnos y dedicamos la hora a comentarlo. Por mucho tiempo se hablará de ese discurso. Obama habló de los norteamericanos «que transmitieron al mundo el mensaje de que nunca hemos sido simplemente un colectivo de individuos ni un colectivo de estados rojos y estados azules. Somos, y siempre seremos, los Estados Unidos de América» y de su país: «Si todavía queda alguien que aún duda de que EE.UU. es un lugar donde todo es posible, esta noche es la respuesta».
Elogió a McCain (correspondido por éste poniéndose a disposición del nuevo presidente) y habló de las guerras y crisis que tiene el país: «Habrá percances y falsos comienzos. Hay muchos que no estarán de acuerdo con cada decisión que haga. Y sabemos que el Gobierno no puede solucionar todos los problemas. Pero siempre seré sincero con ustedes. Les escucharé, sobre todo cuando estemos en desacuerdo. Y sobre todo, les pediré que participen en la labor de reconstruir este país, de la única forma en que se ha hecho en Estados Unidos durante 232 años, bloque por bloque, ladrillo por ladrillo, mano encallecida sobre mano encallecida».
No son discursos ni mentalidades aislados en la historia de EE.UU. Lincoln, Franklin D. Roosevelt, Kennedy y Reagan, en su momento, pronunciaron similares palabras correspondidas con hechos. Por lo pronto, ahora, Obama viene de nombrar secretaria de Estado, cargo equivalente a ministra de Exteriores y, por tanto, de suma importancia y proyección, a Hillary Clinton, su mayor rival en la nominación del Partido Demócrata. Y ha confirmado en su puesto a Robert Gates, secretario de Defensa en el saliente Gobierno republicano de Bush.
El rector de la URJC, González-Trevijano, acaba de analizar, también en La Tercera, los seis rasgos de los discursos de Obama y McCain tras las elecciones: Honestos: «No se distrae a la ciudadanía con espurias actuaciones nacidas al hilo de reprobables esquizofrenias de una clase política endogámica». Realistas y animosos: «Siendo realistas, rezuman, simultáneamente, en la tradición del Sueño Americano, una dosis de optimismo para afrontar las dificultades».
Aglutinadores: «En ellos no hallamos mezquinas etiquetas. Ni buenos, ni malos. Ni dividir, ni enfrentar. No hay diferencias entre unos y otros». Comprometidos: «Con los mejores valores cívicos de democracia, libertad, oportunidad y esperanza». Épicos: «Para movilizar a la ciudadanía se requieren unas notas de épica del tipo: Los estadounidenses nunca nos retiramos. Nunca nos rendimos. Nunca nos escondemos de la historia. Hacemos historia».
Pedro González-Trevijano concluía afirmando que ese es el tipo de discurso político que querría oír en España. Se ha escrito que el pecado de los españoles no es, como se suele pensar, la envidia sino el cainismo: anular al otro, descalificarlo, el «o conmigo o contra mí», batir la persona en vez de sus argumentos. Y así se demuestra, trufado de vanidades y mentiras, en muchas facetas de la vida de nuestro país, no solo la política. Y sin embargo no debemos renunciar, y en su ejemplo cada uno será responsable, de hacer posibles aquí esos discursos.
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