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Fue uno de los más grandes directores de la historia del cine y el mago del suspense. Sin embargo, la relación (cinematográfica) de Alfred Hitchcok con las mujeres nos revela a un autor misógino. Hay quien dice que ello se debía a que era impotente...
Hitchcock, el maltratador
El director de «Los Pájaros», Alfred Hitchcock /ABC
Rechoncho - llegó a pesar 150 kilos-, con un rostro del que colgaba una gran papada y en el que destacaban unos ojos de mirada burlona y maliciosa, fue un hombre que dejó volar su imaginación para atrapar a un ladrón, que observó un crimen desde una ventana insdiscreta, o que le dio a una prenda de vestir el nombre de Rebeca. A sus órdenes trabajaron las más bellas actrices del momento, pero, literalmente, las maltrató. Quizá la raíz para conocer o interpretar su conducta, a veces cruel, pueda hallarse en su impotencia sexual. Así lo reconoce al menos Donald Spoto en «Las damas de Hitchcock» (Lumen). Para referirse al grave problema del célebre director se basa en dos puntos. Uno, que así lo afirma uno de sus últimos biógrafos; otro, que fue la deducción que sacó Presson Allen tras trabajar con Hitch -así le llamaban-, en el guión definitivo de «Marnie la ladrona». «Me contó cosas que me llevaron a pensar que era impotente», afirmó. El propio director comentaba que tardó un año en consumar su matrimonio con Alma Reville, que se ocupó tanto de los asuntos privados como profesionales del genio.
Disfrutaba haciendo sufrir
A lo que no se le puede otorgar el beneficio de la duda es al hecho de que era un misógino que disfrutaba haciendo sufrir a las actrices de las que, por cierto, siempre aseguró que eran inferiores a los actores. Y eso a pesar de que tuvo ante la cámara a Madeleine Carroll, Kim Novak, Grace Kelly, Joan Fontaine, Carole Lombard, Eva Marie Saint o Ingrid Bergman, de quien dicen que se enamoró y a la que no perdonó que se casara con otro director, Roberto Rossellini.
Dietrich no se dejó amilanar por Alfred y empleaba el mismo lenguaje tabernario combinado con tintes verdes propio del hombre a cuyas órdenes trabajaba. Grace eligió, aunque con más elegancia, el mismo camino. Cuando Hitchcock comenzó a destilar tacos, la estrella le contestó que había oído cosas peores en el colegio. El director no tuvo inconveniente en afirmar que la actriz en «Solo ante el peligro» «aparecía retraída, pero conmigo floreció».
Mas difíciles, por no decir inaguantables, fueron sus actitudes con Madeleine Carroll y, sobre todo, con Tippi Hedren. Para empezar, fue el primer y el último director que impidió que su hija Melanie -hoy esposa de Antonio Banderas- pudiera acudir al estudio para ver a su madre . Tippi fue acosada de mil modos distintos, pero quizá de entre todas las maldades quepa destacar la escena en la que los pájaros la atacan. Se le había dicho que serían mecánicos, es decir, inofensivos, pero fueron reales y llegaron a arañarle el rostro lo que le costó un ataque de pánico. Cuando un médico le recomendó unos días de descanso, Hitch respondió que la necesitaba; a lo que el doctor contestó de modo tajante: «¿Es que quiere usted matarla?».
Robert Donald compañero de Madeleine Carroll en «Los 39 escalones» no tuvo empacho en decir que el genio sometió a la actriz a todo tipo de vejaciones. La esposó para una escena y la mantuvo así durante horas con la excusa de que se había perdido la llave.
Las rubias fueron su fijación, de modo que algunas actrices, llevaron peluca o se tiñeron el pelo. Frío como una estatua, nunca felicitó a ninguna hasta el punto de que más de una, entre ellas Doris Day, creyó que su trabajo era malo. Por cierto, aunque en boca de Hitchcock se puso esta frase, «sólo tuve una relación sexual y nació mi hija», su mujer siempre le defendió. Así, por ejemplo, acudió a los estudios para pedirle excusas y comprensión a Hedren.
Poseía un sentido del humor que por muy inglés que fuera resultaba desagradable: empleaba cojines que ventoseaban o añadía purgantes a los cócteles destinados a sus invitados. Si no fuera por datos contundentes sobre los malos tratos, podría decirse que este hombre lo que quería, a fin de cuentas, era reírse a toda costa porque se sentía desdichado. Pero parece más allá del humor afirmar que «sino hubiera sido por Alma me habría convertido en gay». Masoquista o sádico ha dejado las suficientes obras de arte como para desearle que antes de su último suspiro, sintiera el beso más apasionado de una bellísima rubia.
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