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Sábado, 29-11-08
EL ataque de Bombay constituye un tipo de operación terrorista sin precedentes, por sus dimensiones y su extraordinaria complejidad. Tomados por separado, los instrumentos de los criminales se han visto en anteriores acciones, pero es la primera vez que se produce una combinación de diferentes formulas de terrorismo, incluyendo la toma de rehenes o los ametrallamientos, que han mantenido en jaque a una de las mayores ciudades del mundo durante tres días y aún se desconoce cuando se restablecerá por completo la calma. Las autoridades indias han tenido que emplear fuerzas equivalentes a las que habrían enviado contra un ataque militar convencional, y en este sentido, el paso que han dado los terroristas en la India es comparable al que dieron el 11 de septiembre de 2001 en Nueva York. Estremece la perspectiva de que Bombay se pueda convertir en un modelo para otros actos terroristas en el futuro, en cualquier gran ciudad del planeta.
De sus autores, la única certeza es que forman parte de la nebulosa del terrorismo de raíz islamista que en ocasiones se oculta bajo las siglas de Al Qaeda. En la mentalidad y la experiencia histórica de la India es muy fácil que se abra paso la idea de una implicación directa o indirecta de Pakistán, pero desde que en Islamabad se ha instalado el nuevo presidente Asif Alí Zardari, éste no ha cesado de dar pasos en la buena dirección y el hecho de que los objetivos fueran expresamente occidentales y se ensañasen con un blanco tan emblemático como la comunidad judía parece excluir una motivación puramente local. En este sentido, el Gobierno paquistaní debería expresar su voluntad de colaborar lo más estrechamente posible con su país vecino. No se puede descartar una conexión con el conflicto de Cachemira o con los talibanes afganos que quisieran tratar de desviar la presión que sufren en las zonas tribales, con Estados Unidos y la OTAN en un lado y Pakistán del otro. Pero si hay dudas sobre los autores, no las debería haber sobre las víctimas: las víctimas somos todos, no solo porque en este mundo globalizado cualquiera podría haberse encontrado frente a las balas asesinas -como demuestra el hecho de que incluso una personalidad aparentemente tan lejana al conflicto como Esperanza Aguirre y la delegación de la Comunidad de Madrid que le acompañaba hayan escapado por poco de la tragedia-, sino además porque los terroristas pretenden aterrorizar a todo el mundo libre. En Bombay se ha vuelto manifestar que hay una fuerza que ha declarado la guerra a la libertad.
Hasta ahora, en ciertos sectores se pensaba que la nueva administración norteamericana podría cambiar el ángulo con el que orienta la lucha antiterrorista, desde la visión claramente militar como ha apoyado George W. Bush hacia un encuadre más político-policial. Pero este tipo de acciones implica probablemente que Barack Obama tendría muy poco margen de maniobra si quisiera reemplazar lo esencial de la política con la que Estados Unidos y sus principales aliados han enfrentado hasta ahora la mayor amenaza contra la estabilidad mundial. Después de los atentados de Bombay, los portavoces del presidente electo han hablado claramente de «erradicar y destruir» al terrorismo, con la misma elocuencia que se desprende de su idea de mantener en el puesto al actual secretario de Defensa, Robert Gates. El debate incluye sin ninguna duda a España, su compromiso militar en Afganistán o en la lucha contra la piratería, que no es más que una expresión marítima del terrorismo, sabiendo que las buenas palabras y los discursos apaciguadores sirven de poco. Pero no podemos quedarnos aterrorizados tras las pantallas del televisor, como los rehenes que se han tenido que ocultar en el silencio de sus habitaciones del Taj Mahal o del Oberoi. No podemos dejar que se cercene el esperanzador camino de la India hacia la democracia y el progreso de sus ciudadanos. No podemos dejar que los terroristas se salgan con la suya.
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