Es la primera vez que habla. Se llama María y a sus 17 años se le ha roto la vida. Era la novia de Álvaro Ussía, asesinado hace dos semanas en el Balcón de Rosales. Y lo tiene claro: pide que ésta «no sea una muerte más»
El dolor por la impotencia propia y el silencio ajeno
Recordar esa «puta noche», con perdón, ha sido lo más difícil para todos. «Si yo hubiera estado con él…», «casi se vuelve conmigo». María y los amigos no dejan de comerse el coco. «Si yo hubiera…». Si yo hubiera nada. Que se olviden. No había nada que hacer. Y menos en las circunstancias en las que se produjo su muerte. Todo está ya escrito. Pero hay que recordarlo. A Álvaro le mataron, le asesinaron. Y nadie hizo nada por él. Le sacaron en volandas, le tiraron al suelo, le destrozaron, sin marcas, por dentro, al más puro estilo sicario. Le reventaron, ya lo saben, y cuando estaba inconsciente le remataron. Por si acaso. Le rompieron el corazón.
Y nadie, nadie, hizo nada por él. Su primo, porque no pudo. Qué impotencia. Inmovilizado, reducido por esas bestias, tuvo que ser él, el testigo directo de su muerte. Qué horror. No se puede ni imaginar. Y nadie hizo nada. Nadie. Y estaba lleno de gente, mirando, según cuentan los amigos. ¿Aterrorizados? ¿Paralizados? Nadie lo puede creer. ¿Esta es la sociedad en la que vivimos? Sí, claramente. Nada se entiende. Eso sí, muchos de los testigos les apuntaron sus móviles —al primo y a los amigos de Álvaro— por si necesitaban algo de ellos. Qué detalle. Aunque, en realidad, no se puede juzgar. Tampoco podemos saber lo que hubiéramos hecho en esas circunstancias. Quizás, el miedo paralice hasta ese extremo. Quizás, el miedo, el terror, congelen nuestros sentimientos. Sea como sea Álvaro, Ussía, no está. Desgraciadamente.
Y nadie, nadie, hizo nada por él. Su primo, porque no pudo. Qué impotencia. Inmovilizado, reducido por esas bestias, tuvo que ser él, el testigo directo de su muerte. Qué horror. No se puede ni imaginar. Y nadie hizo nada. Nadie. Y estaba lleno de gente, mirando, según cuentan los amigos. ¿Aterrorizados? ¿Paralizados? Nadie lo puede creer. ¿Esta es la sociedad en la que vivimos? Sí, claramente. Nada se entiende. Eso sí, muchos de los testigos les apuntaron sus móviles —al primo y a los amigos de Álvaro— por si necesitaban algo de ellos. Qué detalle. Aunque, en realidad, no se puede juzgar. Tampoco podemos saber lo que hubiéramos hecho en esas circunstancias. Quizás, el miedo paralice hasta ese extremo. Quizás, el miedo, el terror, congelen nuestros sentimientos. Sea como sea Álvaro, Ussía, no está. Desgraciadamente.
ABC ha unido a los amigos de Álvaro Ussía, a su círculo más íntimo, dos semanas después de su muerte a las puertas del Balcón de Rosales. La protagonista, a su pesar, es María, la que era su novia desde hacía más de seis meses. No quería venir a la entrevista. Pero al final la fuerza de sus amigos, los íntimos de Álvaro, ha podido con ella.
Rubia, muy delgada, monísima y con la cara empañada en lágrimas, prácticamente no habla. Al principio es imposible sacarle una palabra. «No, de verdad, yo no quiero hablar». A medida que transcurre la tarde, comienza a hacerlo poco a poco. La terapia de grupo funciona. «Estamos aquí porque queremos que, por primera vez, se oiga la voz de Álvaro. Se han dicho muchas cosas que no tenían nada que ver con su personalidad. Queremos dejar constancia de cómo era de verdad», dice María. «Era muy familiar. Su familia por encima de todo. Dejaba lo que fuera por su madre. Lo que más le gustaba era la naturaleza, los caballos, hacer deporte con sus amigos -era muy competitivo-, el fútbol -un madridista acérrimo- y, sobre todo, una persona feliz. Transmitía felicidad. Le quería, le quiero, muchísimo».
Entre lágrimas y risas -y que suene todo menos cursi-, los amigos asienten. En todo. Los temas surgen y entre unos y otros las conversaciones se entrecruzan. Difícil oír la única voz femenina del grupo, «que se ha unido más si cabe con la muerte de su amigo». Casi en un susurro María continúa: «Álvaro estaba en su mejor momento y era listísimo». No lo asimila. «Injusticia, rabia, tristeza. ¿Qué voy a sentir? Con todo lo que quería hacer... Me llamaba para todo, me decía que pensaba aprobar todo, me quería lleva al pantano con todos «éstos»...».
Compromiso de los políticos
Jix, íntimo amigo de Ussía, le interrumpe. «Oye, que lo vas a hacer todo. Te vas a enterar de lo que es tener a nueve «tíos» todo el día contigo». Sonríe. Entonces todos insisten para que cuente cómo se le declaró Álvaro. «No he pasado más vergüenza en mi vida. Estábamos en las fiestas de Majadahonda, compró unas rosas y, delante de sus amigos, se arrodilló y me pidió que saliera con él. No sabes qué mensajes mandaba. En el fondo era un cursi», dice, por fin, entre risas.
De venganza no quiere ni hablar. «No tengo ningún deseo de venganza. Sólo sé que me han partido la vida en dos. Me acuerdo todo el rato de él y le echo muchísimo de menos. Menos mal que estoy todo el día «protegida» por sus amigos, a los que él adoraba. Sin ellos no sé cómo estaría». También habla de Beatriz, la madre de Álvaro. «Es un ejemplo permanente para nosotros. Es ella la que nos ayuda y nos da ánimos para salir adelante, aunque se empeñe en decir que somos nosotros los que le ayudamos a ella». No puede seguir. Prefiere que sean ellos los que continúen. Eso si, antes de terminar dice: «Ya no está en nuestras manos hacer nada más. Ahora son los políticos los que se tienen que comprometer de verdad. Sólo pido que ésta no sea una muerte más». Y María recuerda a Wilson Pacheco, el chico ecuatoriano que mataron en Barcelona y al que nadie ayudó. Como le pasó a su novio. Un caso más, entre muchos otros que, desgraciadamente, ya se han olvidado. «Álvaro tiene que ser la llama que no se puede apagar. Su muerte no puede quedarse en el olvido. Ha sido una salvajada». Sí. Una auténtica salvajada. Lo ratificamos.


