Viernes, 28-11-08
«Es imposible vivir de la escritura en un país como el mío. Ser escritor en Guinea es como ser alpinista en el Sahara», dice Tomas Ávila, que en enero perdió el trabajo de analista clínico que le daba de comer y pese a sus cualificaciones no encuentra dónde colocarse. En España acaba de publicar «Avión de ricos, ladrón de cerdos» (El cobre). Estrella emergente de las letras guineanas, su enjuta figura envuelta en un largo abrigo azul destacaba entre los participantes en el I Congreso Internacional de Estudios Literarios Hispanoafricanos, que ayer cerró sus intensas y concurridas sesiones en la sede central del Instituto Cervantes en Madrid.
Si bien su impulsor, Landry-Wilfred Miampika, destacó que hubieran tomado parte los mejores autores guineanos (tanto del interior como de la diáspora) y eximios especialistas (muchos de ellos procedentes de Estados Unidos, «donde hay más interés en la literatura hispano-africana que en España»), Ávila Laurel lamentó la escasez de tiempo para un debate en profundidad: «Como el tiempo es dinero no hubo tiempo para decir muchas cosas».
Desde que comenzó el siglo XXI, en Guinea se han publicado 25 libros de creación, los mismos que desde la independencia, en 1968, hasta el año 2000. Ahora las cosas han mejorado: se publica un libro de creación al mes. Son cifras que presenta Gloria Nistal Rosique, ex directora del Centro Cultural Español de Malabo: «No hay librerías, no hay libertad de expresión. Es una dictadura. Pero está empieza a surgir una clase media. Aumentan los autores y la auto-edición. El Gobierno no dedica nada a la promoción de su literatura, pero tolera que se publiquen libros críticos porque no le interesa o hace oídos sordos», agrega Nistal Rosique.
No lo ve tan claro la profesora Benita Sampedro Vizcaya, de la universidad de Hofstra, en Nueva York, estudiosa de la literatura guineana, quien sigue de cerca el caso de Ávila Laurel y reconoce la larga mano del régimen en las dificultades que el escritor tiene de hallar un empleo. Bajo el título «Guinea Ecuatorial, entre las sombras de la historia y la globalidad amorfa», Sampedro dibujó la topografía política y económica que condiciona la vida y la literatura guineanas, con hitos como Justo Bolekia Boleká, Maximiliano Nkogo Esono, César Mba Abogo, José Fernando Siale Djangany, Juan Manuel Davies o el propio Ávila Laurel, y resalta la amarga paradoja de que gas y petróleo guineanos crucen el Atlántico para ser refinados en lago Charles, en Louisina, «uno de los puertos de llegada de los barcos esclavistas que durante siglos partían, también, del golfo de Guinea».
Si el martes fue un jornada vibrante gracias a la diatriba anticolonial del poeta y ensayista Bolekia Boleká («casi nadie se atreve a escribir en lenguas africanas propias porque son innecesarias y seguirán siendo innecesarias»), el desternillante relato que leyó Elarbi El Harti (escritor marroquí en español) y la nutrida nómina de hispanistas cameruneses que escriben en español que presentó Guillermo Pié-Jahn, la de ayer fue emocionante gracias a la intervención -desde su silla de ruedas- del notable poeta y narrador Ciriaco Bokesa, rescatado (y traído y llevado con cariño) por el cineasta austriaco Mischa G. Hendel, que prepara un documental sobre la literatura guineana y le encontró en una residencia de ancianos de Parla, donde el pasado sábado puso Bokesa el punto final a «Los umbrales de la luz. Un ensayo vivencial», que sumó a cuatro novelas inéditas.
A pesar del congreso, como constató Donato Ndongo-Bidyogo, el novelista más celebrado de las letras hispano-africanas, «España sigue viviendo de espaldas a África».

