«Esto es un acto familiar», se esforzaba en explicar uno de los jóvenes que, como improvisado dispositivo de seguridad, controlaban la avalancha humana y periodística que ayer se acercó hasta las puertas de la discoteca Balcón de Rosales para participar en el acto de recuerdo del joven Álvaro Ussía, que murió de forma violenta el pasado fin de semana a las puertas de este establecimiento. Sus esfuerzos fueron vanos: era imposible poner puertas a ese mar sentimental que quería recordar a Álvaro y arropar, a la vez, a su familia más cercana.
La madre y la hermana del joven fallecido permanecían en un discreto segundo plano, rodeadas de otros miembros de la familia. Rotas por el dolor, pero serenas, agradecían las atenciones y concentraban sus mensajes en uno: que no vuelva a ocurrir.
Tráfico cortado
La cita era a las puertas del Balcón de Rosales, completamente cubierto de fotos de Álvaro. A pie del paseo de Rosales, se improvisó un punto de encuentro que muy pronto estuvo totalmente cubierto de flores y velas. Los chavales se habían concentrado un poco antes en el intercambiador de Moncloa, y desde allí bajaba una riada de caras tristes que, al llegar al lugar de encuentro, se deshacían en llanto.
La aglomeración llegó a tal punto, que la Policía Municipal decidió cortar el paseo de Rosales, que permaneció cerrado al tráfico hasta pasadas las nueve y media de la noche.
El mensaje de los familiares del joven fallecido era: «Que no vuelva a suceder»
No era una manifestación; ni había pancarta de cabeza ni protagonistas en primera fila. Por el contrario: los más allegados eligieron voluntariamente un rincón desde el que presenciar sin apenas ser vistos.
Plegarias y música
Había mucho dolor en el ambiente. Y un silencio que se hacía extraño entre tanta gente joven. Hubo palabras de recuerdo de todas las víctimas de sucesos violentos, y también oraciones: se rezó el Padrenuestro, se leyeron textos del Evangelio según San Mateo -«estad contentos, porque en el cielo tendréis una gran recompensa»-, y se escucharon canciones, las preferidas de Álvaro, que sus amigos grabaron en un CD. Alguno incluso se animó a leerle una carta, que apenas pudo terminar por la emoción.
El abrazo de Aguirre
La presidenta regional, Esperanza Aguirre, llegó apenas comenzado el acto, acompañada por el concejal de Moncloa, Álvaro Ballarín. Aguirre se fundió en un emotivo abrazo con la madre del joven fallecido y con su hermana. Ésta última, fuertemente aferrada al brazo de la presidenta, estuvo explicándole su estado de ánimo, a lo que la jefa del Ejecutivo regional contestó con palabras de consuelo y muestras de cariño. «Mira, éste era el mejor amigo de mi hermano», le relataba, presentándole a un muchacho con los ojos aún irritados.
Madre y hermana estuvieron en todo momento arropadas por varios familiares, que las escoltaban e intentaban aislar de la presión mediática. El clima de silencio y respeto, no obstante, fue contagioso: ninguna cámara forzó el prudente anonimato de la familia.
A las puertas de la discoteca, ahora cerrada y cubierta de fotos de Álvaro, sus amigos guardaron silencio
En la puerta de la discoteca
Tras las oraciones, vino la ofrenda de flores y velas, que miles de personas -en su mayoría, jóvenes de la edad del fallecido- fueron depositando en torno a las fotografías de Álvaro. Y como eran muchos y el espacio pequeño, optaron por disgregarse: sobre las diez de la noche, había pequeños altares elevados a su memoria en varios puntos del paseo, incluida la puerta de la discoteca donde ocurrió el trágico suceso, y también podían verse velas en los jardines.
«Hoy todos somos Álvaro», «Siempre estarás con nosotros», «siempre en nuestro corazón» o «todos somos Ussía» eran los rótulos más comunes en pancartas, carteles y camisetas. Y los mensajes: «El amor es más fuerte que la muerte», y «Álvaro, ayúdanos a perdonar», escrito sobre una corona.
Caían hojas y lágrimas. Grupos de chavales del mismo colegio que el fallecido, el Monte Tabor, se encontraban con otros amigos y rompían a llorar, inconsolables. O se concentraban por docenas frente a las puertas, ahora cerradas, de la discoteca, y guardaban un silencio estremecedor durante largos minutos.
Solidaridad entre madres
La madre de Sandra Palo, cuya hija murió con 15 años por el ataque violento de cuatro jóvenes, quiso participar en el acto en apoyo al dolor de la familia de Álvaro Ussía. Al finalizar el homenaje, cuando ya se marchaba, la madre del joven la vio y se acercó a saludarla.
Una niña del círculo familiar cercano preguntó quién era aquella señora y porqué la saludaban. Cuando los mayores le explicaron que su hija también había muerto de forma violenta, la espontánea pregunta de la niña fue: «¿En otra discoteca?»