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Un presidente de banda ancha
Obama sale de un coche con la «blackberry» y el móvil en su mano
Jueves, 20-11-08
Se acabaron los presidentes norteamericanos incapaces de hacer la «O» digital con un canuto o con menos amigos en Facebook que en Irak. Los escasos 42 «emilios» que George W. Bush mandó a sus íntimos para comunicarles que daba de baja su dirección de correo electrónico justo antes de ser presidente dan risa al lado de los 10 millones de direcciones de correo de seguidores incondicionales a los que Obama puede pedir casi lo que quiera sólo haciendo click. El próximo 20 de enero debuta no sólo el primer presidente negro sino el primero «wireless», que en parte está donde está por haber sabido emplear los «gadgets» del futuro como ninguno de sus rivales.
La victoria electoral de Obama es en parte la de la «blackberry» contra Goliat. Y no sólo porque el nuevo presidente sea personalmente muy aficionado a «conectarse» por ejemplo con su familia durante la interminable campaña electoral. En «Newsweek», el mismísimo Karl Rove reconoce muy a su pesar que el actual predominio demócrata en la blogosfera es incontestable, y por desgracia -para los republicanos- es ahí donde ahora se decide el liderazgo político. Con Kennedy llegó la política televisiva, con Obama la electrónica.
Un ejemplo del desfase entre el ancho de banda del presidente y el que aún impera en la Casa Blanca es que probablemente a Obama le quitarán la «blackberry» nada más tomar posesión. Se espera de él que imite a Bush y renuncie al correo electrónico porque toda la correspondencia presidencial es de interés público y oficial. Y nadie quiere algo tan volátil e incontrolable como los e-mail o los chat en esa categoría.
¿Se plegará Obama a tal exigencia? Quizás sí, si está ocupado haciendo otras grandes revoluciones pendientes, tales como introducir el primer ordenador portátil nunca visto en el Salón Oval. Parecerá mentira que hasta para eso haya que innovar (¿habrá que reformar la Constitución para instalar una webcam?), pero conviene tener en cuenta que el enorme poder liberador de las nuevas tecnologías choca con las siempre draconianas exigencias de seguridad. Obama ha triunfado gracias a entrar y salir del ordenador de mucha gente como Pedro por su casa, pero ahora los inevitables agentes del servicio secreto lucharán por meterle en una urna de cristal. ¿Quién ganará el pulso?
Que no es sólo de seguridad. En el Partido Demócrata ya han sonado algo más que indirectas para hacerse con esos codiciados 10 millones de hijos de San Luis electrónicos que tiene Obama, ese entusiasta ejército de voluntarios que lo mismo se lanzan a la calle para lograrle votos que se van a apagar incendios a California si él se lo pide. Semejante poder de movilización es radicalmente nuevo en la política convencional, y ya hay quien recela de que no devenga un verdadero contrapoder personal de Obama. Entonces le piden que ceda su red de contactos al partido.
Como si se pudieran ceder los amigos o las novias. La clave de este tipo de adhesión es su no encuadramiento partidario, es decir, la sensación de intimidad y libertad, muy tecnológicas ambas, algo para nada trasladable al mundo no virtual. Con lo cual muchos auguran una transición electrónica caliente, con el presidente sin hilos jugando al gato y al ratón (sobre todo al ratón) con el servicio secreto y con todos los que intenten controlarle.
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