Una biografía traza el itinerario vital y literario del escritor que inspiró a Valle-Inclán su Max Extrella
Alejandro Sawa: a todas luces un bohemio
El escritor Alejandro Sawa
Actualizado Miércoles, 19-11-08 a las 12:31
Era el mes de marzo de 1909, y en un mísero piso de la madrileña calle del Conde Duque, Valle-Inclán lloraba ante el cadáver de Alejandro Sawa, cuarenta y seis años de bohemia y bonhomía que iban a parar al camposanto de La Almudena. Lloraba “por él, por mí, por todos los pobres poetas”, le escribió el genial y barbado gallego a Rubén Darío.

Años más tarde, del talento de Valle surgió un esperpento memorable y memorioso, 'Luces de bohemia', cuyo protagonista, Max Estrella, era el calco del tremenda y fierísimamente humano Sawa, un adepto (y adicto) al arte cuya existencia acaba de ser trazada en 'Alejandro Sawa. Luces de bohemia' (Ed. Fundación José Manuel Lara), un libro de Amelina Correa Ramón, garlardonado con el Premio de Biografía Antonio Domínguez Ortiz.
Vivió libre e indomable. Y durante su corta pero intensa y deslavazada vida, Sawa tan sólo fue decidido militante del partido de la belleza, al que se entregó en cuerpo (colosal) y alma (a menudo torturada). No comulgó con las ruedas de molino de la ortodoxia cultural, ni doblegó su hercúlea cabeza ante ningún amo de la política ni de la literatura. Pasó por el seminario, pero acabó echando pestes de los curas.

Su paso por ParísVíctor Hugo le besó en la frente y él no se lavó durante días. Luego, Zola le hechizó con su prosa natural y naturalista, y Sawa le correspondió con novelas descarnadas, viscerales (en todos los sentidos de la palabra), como 'La mujer de todo el mundo' y 'Crimen legal'. Vivió y bebió a conciencia la noche parisina, las noches del Barrio Latino (“Allí la embriaguez no se deformó nunca hasta la borrachera, ni se adulteró el amor con escrituras ni contratos, ni la admiración aceptó mixturas con los ácidos de la envidia. Allí se vivía, se vivía plenamente en el más holgado sentido del vocablo”, recordaría después), haciéndose unas risas, unos versos y unas absentas con Verlaine (“en mi cielo espiritual, es una de las más evidentes estrellas del Zodíaco”), con Manuel Machado, con Rubén Darío, que le dedicó sentidas y esclarecedoras palabras: “Sawa siempre vivió en leyenda. Y siendo como fue de una gran integridad y sinceridad intelectuales, pasó su existencia golpeado y hasta apuñalado por lo real en la perpetua ilusión de sí mismo”.
Experiencia vitalTrabajó lo justo, ni siquiera lo necesario (“es un hombre que no trabaja nunca, de ningún modo. Parece que hubiera nacido en domingo”, decía el guatemalteco Gómez Carrillo), abrazó la causa de la rebeldía artística y la denuncia social, y abrazó también durante el resto de sus días a Jeanne Poirier (la Madama Collet de “Luces de bohemia”), el amor de su vida, y la madre de su hija Elena.

De vuelta en Madrid, en aquella España que cabalgaba (desbocada) entre dos siglos camino del abismo fue el rayo que no cesa de tertulias y mentideros, descendió por los peldaños de la miseria y acabó escribiendo de tapadillo para Darío por unas perras, que además tardaron en llegar: “Serás en lo porvenir como un muerto, o mejor, como si no hubieras existido jamás” llegó a escribirle, aunque luego el nicaragüense, a título póstumo, intentó remediar el entuerto prologando las “Iluminaciones en la sombra”, legado literario de Sawa. Pero antes, lo que no por sabido es menos dramático: la miseria, la ceguera, la locura, y el epitafio de Manuel Machado: “Jamás hombre más nacido para el placer fue al dolor más derecho”. Alejandro Sawa, a todas luces un bohemio.

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