
Miguel Pedraza, en una de sus subidas por la banda cuando jugaba en el Real Madrid
Miguel Pardeza, el quinto beatle de la Quinta del Buitre, extremo onubense que sentó cátedra en Chamartín y en La Romareda, trazaba letras enlazadas y casi griegas, desplegadas en hileras de dóciles hormigas, mientras arrinconaba defensas en la banda. En su recado de escribir, César González-Ruano se confesaba a medias con su medio siglo y Pardeza se quemaba las pestañas leyéndole, fascinado por la frescura «de un plañidero tan rico en lamentos, tan pródigo de elogios como César, que echaba a correr enseguida, a través de la prisa de los periódicos, elásticas y calientes liebres en forma de elegía», escribió del prócer otro maestro, Jaime Campmany, el día del llanto y el adiós definitivo al César. «Me gustaban los libros de lance y en mis manos cayeron sus memorias, impagables -evoca Pardeza de César- sobre una época que me interesaba: la literatura española de las vanguardias». La dupla César-Pardeza se doctoró en latines y goles hasta que el futbolista terminó la carrera de Filología Hispánica, y esculpió de César una magnífica tesis en la que cabía todo el Periodismo. Nadie se ha acercado tan brillantemente como Pardeza al titán González-Ruano, y a su prosa ora gótica ora barroca cuando los libros no daban de comer.
-¿Qué buscaba un futbolista y lector goloso como usted en el César de los ingenios periodísticos?
-César nunca le decía «no» a nada. La obra de González-Ruano se divide en prensa periódica y en los casi ochenta libros que tenía publicados, muchos inencontrables. Rastreé lo que había sobrevivido del naufragio. Me pateé la Biblioteca Nacional y durante dos años la Hemeroteca Nacional, donde escarbé en todos los diarios en los que César colaboró.
González-Ruano, que era del Real Madrid, entrevistó a Di Stéfano, Kubala y Samitier. En aquel fútbol romántico y pionero hizo amigos que eran ases y figuras máximas: Juanito Monjardín, José María Muñagorri, o Santiago Bernabéu, al que conoció cuando jugaba de interior derecho. En enero de 1964, González-Ruano, con ternura inconfesa y mártir, escribía en ABC: «Hoy el futbolista es casi un acróbata». Y reflexionaba: «No sé bien por qué el fútbol, como casi todos los deportes, está tan separado de lo intelectual entre nosotros. El futbolista, muchas veces, es universitario y no está tan lejos del mundo intelectual».
-¿Son incompatibles letras y pesas, la pestaña y el maléolo?
-Aquí ha habido un divorcio muy grande entre el cerebro y el músculo, pero cuando te paras a reflexionar el hiato no ha sido tal. Se airea mucho a la poca gente que defendía ese divorcio, pero no existe ningún elemento de incompatibilidad.
-Cuando en la soledad de las concentraciones usted disfrutaba con la lectura de César, Cioran, Mario Vargas Llosa, Borges.., ¿le veían como un «bicho raro»?
-Yo creo que en la literatura todo aquello que es sospechoso de poco control siempre inspira mucho recelo. No es que me pasase a mí, yo creo que le pasa a todo el mundo. No le ocurre solamente a la gente del fútbol con la gente del fútbol que lee. Cualquier persona que vaya con un libro en la mano o debajo del brazo, y que dé muestras de ensimismamiento o de estar en otro mundo que no tiene nada que ver con la realidad cotidiana, siempre parece que es sospechoso, o sea, que no se sabe muy bien por dónde va. Yo he llevado muy bien mi condición de tipo algo extravagante, y nunca le he prestado mayor importancia porque para mí jugar al fútbol o leer han sido las dos caras de una misma inquietud: hacer algo creativo, algo que me llenaba de satisfacción.
-Tras «Oscura turba», donde rescató a escritores raros del XIX y el XX, y sus espléndidas antologías sobre los artículos periodísticos de César González-Ruano, ¿qué le ronda el intelecto ahora?
-Como decía muy bien Cioran, uno no debe escribir o ponerse a... porque tenga muchas cosas que decir, sino sencillamente porque siente la necesidad de hacerlo. Y yo creo que le debo un libro al fútbol.
-La pluma de César, de herencia intransmisible, se tornaría más sublime como cronista de fútbol.
-Sin lugar a dudas. César habría sido bueno en lo que se propusiera porque tenía talento, sensibilidad, dominaba el idioma, y una mirada no fácil.
-La muerte de César convulsionó a su hermano cofrade, el inolvidable Jaime Campmany, en la madrugada de Roma. Durante ocho horas esculpió una columna dórica, jónica, corintia... y al terminar le implora a su alma: «Concha, un café por favor, que me acabo de escribir el Cavia». Pura delicia.
-Campmany le hizo una necrológica fantástica a César, que era otro maestro de la necrológica. Estamos hablando de escritores de primera línea, de una escuela y una literatura que tiene raíces muy profundas dentro de la historia del Periodismo español, y que desde luego no va a ser fácil que se puedan repetir.
-¿Qué libro preside su mesilla?
-Pasé muchísimos sarampiones, algunos más o menos razonables y otros de auténtico delirio. Tuve una etapa teosófica, mi sarampión por Borges, por la literatura iberoamericana...
-Vargas Llosa pasó su luna de miel viendo a Pelé en Maracaná.
-Mire, con su permiso y el de Mario Vargas Llosa, escritor al que admiro profundamente [uno de los mejores recuerdos literarios lo pasé con «La ciudad y los perros» mientras hacía la mili en Móstoles en el año 82; es una de esas experiencias que te invita a seguir leyendo] le robaré ese dato para mi libro de literatura y fútbol.




