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Viernes, 14-11-08
Si la caja no está todavía del todo vacía, el cuaderno de las cuentas refleja una situación dramática. Mientras estallaba la burbuja inmobiliaria y se comenzaban a atisbar, aquí, en la España tan bien regulada, los problemas financieros, la sordina con la que la orquesta celebraba la «bonanza» y la «fortaleza» de nuestra economía, empezaba a dejar escuchar las voces más amargas: debemos más que nadie (Estado y particulares) y tenemos un tejido laboral demasiado dependiente de sectores, como el inmobiliario, que vivían, muy felices en la más pasmosa de las ficciones. Ahora, sumada a la crisis financiera la debacle de la economía real, estamos incluso en Washington, en un estadio de debilidad, tanto particular como comparativa, que exige graves remedios de emergencia.
Se trata, no para terminar con los problemas por un sortilegio, sino, al menos, para hacer que sean menos profundos y menos dilatados en el tiempo, de remar todos en la misma dirección. Los que, en esos sectores afectados, no han hecho los deberes tendrán que hacerlos con rapidez y los que, habiéndolos hecho, padecen también el fuego racheado de los extravagantes o de los delincuentes, deberán seguir haciéndolos con una dosis de solidaridad. Pero no basta, en el campo de la política es preciso también unas dosis de acuerdo que coloquen al país, a cada ciudadano, ante la responsabilidad suficiente para que no se venga todo abajo. Las alarmas sobre la economía no son titulares llamativos, son el reflejo de un cáncer que debe ser operado pronto.
Compete al Gobierno el impulso de la acción política en este escenario, pero le corresponde también sumar a la Oposición, mediante la negociación y la búsqueda del consenso, a este imprescindible empeño. La aprobación de unos Presupuestos «virtuales», basados en previsiones obsoletas mientras se discutían en el Congreso y cerrados a la corrección y mejora de la negociación política, son, en este sentido, una mala señal, por mucho que Zapatero se haya caído ya del guindo de una determinada retórica y de muestras de haberse instalado por fin en el lodazal de la realidad, de las cifras y de la tremenda falta de confianza.
Al mismo tiempo, la Oposición, en concreto el PP como su principal representante, tiene el reto y el compromiso moral de enfrentarse a la crisis como parte de la solución y no como quien la observa como el más importante elemento de desgaste del adversario político. No estamos ante asuntos menores y el horno, si queremos que siga funcionando, no está para bollos. Ni se trata de callar ni de renunciar a los puntos de vista y recetas de su ideario. Es más una cuestión de actitud, de tener como objetivo del debate y de las propuestas el acuerdo amplio que se requiere y no el fracaso del Gobierno.
No tengo duda de que, con las deficiencias de comunicación y de pedagogía política que dañan al PP, esa es, ahora, su meta primordial, pero debe hacer oídos sordos de quienes, en su seno (y precisamente para debilitar a la actual dirección) pretenden convertir la crisis en una batalla campal con la disculpa de la oposición enérgica, los principios, los valores y el pasado. Los ciudadanos que no están metidos en el tsunami partidista y alocado que se quiere impulsar, valorarán la responsabilidad y las aportaciones serenas que, en vez de querer pescar en aguas revueltas, quieran amainarlas. También el PSOE suscribió los Pactos de la Moncloa y ganó después las elecciones.
Ahí tenemos, como ejemplo de lo que no se debe hacer, al Gobierno popular de Madrid enfangado, por razones de poder y ambición particular, en la desestabilización de una de las principales entidades financieras del país, Caja Madrid, para desbancar a su actual presidente, Miguel Blesa. Esta guerra, planteada desde la politización y el desmadre ideológico, no es sólo contra Blesa, sino también contra Rajoy. Y contra una entidad bien gestionada, sus clientes, y el interés de los ciudadanos. ¿Pueden premiar los votantes que se diga que el Gobierno madrileño no interviene mientras un consejero pide oficialmente que se paralice la reelección del presidente de la Caja y otro reúna a los asambleísta populares para que se rebelen? Sólo en un país absurdo que, afortunadamente, no parece ser el nuestro. A veces, para remar, hay que atarse a la nave y no escuchar a las sirenas.
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