Pese a que el final de su mandato ha coincidido con la mayor intervención gubernamental en la economía de Estados Unidos desde los tiempos de la Gran Depresión, el presidente Bush ha realizado ayer desde el corazón de Wall Street una vigorosa defensa del libre mercado. Justo en vísperas de la cumbre del G-20 que arrancará hoy viernes con una cena en el salón este de la Casa Blanca y las ganas por parte de algunos invitados de «reinventar» el capitalismo.
El ambivalente anfitrión de la cumbre de Washington ha argumentado que la actual crisis financiera sin fronteras no ha sido «un fracaso del sistema de libre mercado y la respuesta no es intentar reinventar ese sistema». Advirtiendo que el G-20 -que junto a la Unión Europea representa un 90% de todos los bienes y servicios producidos en el mundo- debe concentrarse en las reformas necesarias para prevenir futuras crisis pero sin poner en duda el sistema capitalista responsable de materializar «prosperidad y esperanza a la gente de todo el mundo».
A la vuelta de la esquina de la Bolsa de Nueva York, el presidente Bush ha ofrecido posibilidades de acuerdo en una serie de medidas concretas y coordinadas. Desde la mejora de obligaciones contables para que los inversores tengan una idea más clara sobre el riesgo que están asumiendo hasta un aumento coordinado de la vigilancia sobre complicadas transacciones financieras. Pasando por un reparto más equitativo del poder de decisión en el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.
Equivocación terrible
A juicio de Bush, todos esos cambios no deben degenerar en un exceso de requisitos, limites y trabas que pongan en peligro el comercio internacional y el libre flujo de inversiones. Según el presidente, algunos críticos están equiparando «el sistema de libre empresa con la avaricia, la explotación y el fracaso», la alternativa de intervención gubernamental no constituyen una panacea aceptable o efectiva en comparación con el crecimiento sostenido. En su opinión, sería una «equivocación terrible» permitir que «unos pocos meses de crisis» pongan en duda la superioridad del sistema capitalista con las reglas establecidas tras la Segunda Guerra Mundial. Como mucho, Bush se ha limitado a reconocer que «al igual que cualquier otro sistema diseñado por el hombre, el capitalismo no es perfecto» con riesgo de producir abusos y excesos.
Con especial vehemencia, el presidente ha rechazado las críticas coreadas por gobiernos como el de España atribuyendo a las insuficientes regulaciones en Estados Unidos, especialmente en todo lo referente a las hipotecas «subprime», la actual crisis crediticia internacional. A su juicio, «muchos países europeos han tenido más extensas regulaciones y aún así experimentan problemas casi idénticos a los nuestros». Según Bush, «la historia se ha encargado de demostrar que el mayor reto a la prosperidad económica no es demasiada poca ingerencia del gobierno en el mercado, sino un exceso de esa ingerencia».
Con todo, el historial acumulado desde el verano por el Gobierno de Estados Unidos contrasta con la retórica exhibida ayer por el presidente Bush. Incluido el plan de rescate de Wall Street valorado en 500.000 millones de euros, la intervención de las mega-agencias hipotecarias Fannie Mae y Fredie Mac, la intercesión a favor del banco de inversiones Bear Stearns y el multimillonario salvamento del gigante de los seguros American Internacional Group.



