Publicado Domingo, 09-11-08 a las 11:34
El viejo opel astra avanza renqueante por unas calles que parecen toboganes flanqueados por casitas blancas. Zagra, en el poniente granadino, es un pueblo de postal con castillo árabe en ruinas y rodeado de un mar de olivos. Hace unos años salió en los papeles cuando los vecinos —poco más de mil— aflojaron el bolsillo para construir una nueva casa cuartel de la Benemérita e impedir, así, que los guardias tuvieran que marcharse. El alcalde, José León Malagón, conduce atento a los paisanos con los que se va cruzando.

Un chico en moto.
León le hace señales para que se detenga y abre la ventanilla. «Antonio, ¿en qué situación laboral estás ahora?».
—Pues cómo voy a estar. Sin hacer nada.
—Vale. Síguenos, que vas a hablar con estos señores.
La siguiente parada es un bar. Un lugar ideal para buscar testimonios. Varios clientes están acodados en la barra, mirando en la televisión la subida de Obama a los altares. Partidarios del presidente electo de Estados Unidos corren y saltan con la cara iluminada, como James Stewart deseando feliz Navidad a todo el mundo en la escena final de «¡Qué bello es vivir!». «Ese va a venir a repartir duros al pueblo», comenta un parroquiano mientras le da vueltas y más vueltas al café con la cucharilla. El alcalde sigue a lo suyo. Flaco y espigado, se da un aire quijotesco, algo que no ha pasado desapercibido a los pastores de la zona, que le han dedicado más de un trovo. «He encontrado a media docena. ¿Es suficiente?».

Economía de subsistencia
En realidad, podría ir de puerta en puerta y reclutar al 76 por ciento de la población activa de Zagra. El paro, aquí, no es un accidente del que uno se recupera pasado un tiempo; es una forma de vida. Los datos están en anuarios económicos como el de La Caixa o en los cuadros en excel del Instituto Nacional de Estadística. Según esta fuente, 507 zagreños podrían trabajar, pero sólo 126 pueden presumir de un contrato. El resto va tirando con el PFEA (Programa de Fomento de Empleo Agrario, antes conocido como PER), con subsidios, con la temporada de la aceituna o de la uva, con pequeñas chapuzas o con una economía de subsistencia basada en huertos o en la caza de conejos y perdices. Antonio, el chaval de la moto, tiene 20 años y está esperando a que dentro de unos quince días le llamen para currar en el olivar. Dos o tres meses de tarea, y al dique seco otra vez. «Quiero apuntarme a las fuerzas armadas. Pero ni siquiera esa salida está fácil ahora». David, 29 años, ha estado empleado en la piscina municipal. El verano hace tiempo que pasó y su horizonte es también la aceituna. Como el de Antonio, 33, que añade un elemento más para el pesimismo: «En los últimos meses apenas ha llovido y, cuando lo ha hecho, ha sido de forma torrencial. Los árboles apenas están cargados». José Manuel, 37, ni siquiera cobra el paro. Está pendiente de que le toque la «lotería» del PFEA, que supone una docena de días de trabajo al año, a razón de 750 euros, una ayuda que en estos municipios se aprovecha para mejorar las infraestructuras. Manuel, 55 años, tiene dos hijos que han seguido sus pasos: son albañiles y, como él, están mano sobre mano. «Tendré que ir a la aceituna, porque robar, de momento, no sé», ironiza.
Las instalaciones de la Cooperativa San Lorenzo, a las afueras del pueblo, se pasan gran parte del año habitadas por fantasmas y por Manuel Jiménez, encargado de mantenimiento, que no parece tener miedo a la soledad. Pronto la maquinaria se pondrá en marcha. En la cooperativa residen gran parte de las esperanzas de los zagreños para ir tirando. Los grandes e impolutos depósitos de acero inoxidable esperan la llegada del zumo de aceituna. «En una buena temporada sacamos 16 millones de kilos de olivas, lo que supone algo más de 3 millones de litros de aceite», comenta Jiménez. «Pero este año nos damos con un canto en los dientes si obtenemos 5 ó 6 millones de kilos (1 millón de litros de aceite)». A la crisis económica hay que sumar la crisis del cielo, poco generoso con el suelo.
No todo el mundo en Zagra vive del campo. Hay dos fábricas textiles que están pasando graves apuros. Manuel Gámiz, gerente de Confecciones Nicassio, firma especializada en pantalones de sport, ha tenido que tragarse una píldora muy amarga. «En los buenos tiempos tenía 40 ó 50 personas en plantilla y otras 20 eventuales. Ahora quedamos ocho de la familia. Me he visto obligado a echar a la calle a gente del pueblo a la que conozco de toda la vida», se lamenta. «Los grandes establecimientos fueron los primeros en dejarnos tirados, pues se van al comprar el género a China o Pakistán, donde les sale más barato. Los clientes que han resisitido notan que han bajado las ventas. Ellos no sacan beneficio, y yo no cobro. Uno me dice: “Mira, Manolo, como no me pongas la letra de noche... porque los días los tengo completos. Si quieres servirme, bien, si no... lo comprenderé”. ¿Qué voy a hacer, meterlo en la cárcel? Le sirvo, claro, esperando que esto se reactive algún día, aunque soy poco optimista».
En tiempos de crisis es preciso aguzar el ingenio. La empresa de Manuel está confeccionando pantalones de laboral para pedidos pequeños que no merece la pena ir a buscar a China. «Los chinos ya hacen incluso vestidos de gitana y los venden a mitad de precio. Falta que se introduzcan en el mercado de capas y capirotes para los nazarenos. Todo se andará. Y el Gobierno, entretanto, me da 1.500 euros por contratar un trabajador. ¿De qué me sirve eso? Le propongo lo siguiente: una exención de pago de la Seguridad Social durante un par de años, mientras escampa. Que me perdone 400 euros por empleado al mes y yo no envío a nadie al paro. El Estado se ahorra un buen dinero en subsidios y todos salimos ganando. Si no, me quedo solo y voy a China a hacer negocios. Con una mano compro y con la otra vendo. Ese es el panorama».
El alcalde de Zagra promociona con orgullo su pueblo. Rememora la fiesta que se ofreció a la Guardia Civil cuando se pudo conservar el retén. Y cómo hace 30 años el municipio se segregó de Loja. Cree que Zagra tiene futuro. «Tal vez pase por el turismo —tenemos cinco apartamentos rurales y queremos rehabilitar el castillo y abrir rutas de senderismo—. O por iniciativas como la empresa de atención a domicilio que han montado unas mujeres tras participar en un taller de geriatría. Abuelos que cuidar no faltan en estos pueblos».
Maneras de vivir
Que se lo digan a Encarna, vecina de Pedro Martínez. Nos hemos mudado de pueblo, al noroeste de la provincia de Granada, a la comarca de los Montes Orientales, pero no de estadísticas, porque las cosas también están crudas por estos pagos: un 77,3 por ciento de parados, según el citado informe de La Caixa. Encarna era temporera; cuando tocaba coger la aceituna en Jaén tenía que hacer el petate con su familia. Ahora visita cinco ancianos al día y ha podido echar raíces. «Atendemos unas 40 personas y tenemos 10 empleados», dice Teresa Guillén, que, junto a dos socias, fundó la empresa Granteson al abrigo de la Ley de Dependencia. Reciben de la administración 560 euros al mes por persona dependiente y con eso cubren sueldos y gastos. No se harán millonarias, pero han logrado esquivar el paro.
Junto al cerro Mengal, ideal para la práctica del parapente, Abderrahim Khair levantó una nave con sus propias manos. Ahora engordan en ella 1.500 cerdos. Una compañía se los trae pequeños, con 20-25 kilos de peso, le proporciona el pienso y él los devuelve cinco meses después acreditando cada animal 110 kilos en la báscula. Recibe 8,41 euros por cerdo. Su iniciativa podría ser copiada por otros vecinos. Asegura que «hace más el que quiere que el que puede», y la frase suena a consigna para la vida.
Pero su caso y el de Teresa son excepcionales. «La temporalidad es el santo y seña de Pedro Martínez», explica el alcalde, Julián Lozano. «Así ha sido desde siempre, y es difícil que las cosas cambien». La situación es asumida sobre todo por los habitantes de etnia gitana, que suponen más del 60 por ciento de la población.
El cereal se impone en estas tierras ásperas; no muy lejos queda Jaén, donde reina la aceituna. Jiennense es Juan Francisco Fuentes. Emigró a Cataluña, donde empezó a trabajar de albañil y subió todos los escalones hasta convertirse en promotor inmobiliario. Ahora ha invertido parte de sus ahorros en un cortijo en Pedro Martínez. «Tenía la ilusión de poder explotar mi propio olivar. Pero a la hora de la verdad me cuesta formar una cuadrilla estable; de hecho, tengo que renovarla cada día, pues hay temporeros a los que “les viene mal” ir al campo una jornada concreta, o recuperan el subsidio de paro y deciden quedarse en casa. No prosperan, pero les da igual. En la finca hay trabajo todo el año. Ofrecí tres empleos, vivienda, luz, agua, un huerto y una paga razonable... y tuve que contratar a rumanos».

Enviar a:

¿qué es esto?


Más noticias sobre...