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Viernes, 07-11-08
FEDERICO MARÍN BELLÓN
No faltan ejemplos cuya crueldad bastaría para lapidar al incurable optimista que inventó aquello de que no hay mal que por bien no venga, aunque esta película ilustra con asombrosa elocuencia la pertinencia ocasional del dicho. El mayor de los dramas, en efecto, puede servir y sirve para hacernos valorar las cosas que de verdad importan. José (Eduardo Verástegui) lleva en su corazón una pena tan grande que no hay día que no sangre por ella. Por lo que sabemos, unos años antes era un futbolista de éxito a punto de firmar el contrato de su vida. Ahora que subsiste como cocinero, se cruza con Nina (Tammy Blanchard) justo cuando la chica afronta su momento más delicado.
Alejandro Monteverde, director y guionista, logra el milagro de hablar en positivo, al revés que Van Gaal, sin caer en la ñoñería ni el adoctrinamiento. El hombre tiene su tesis, por supuesto, lo que le costará más de una crítica ideológica en medios hostiles a su planteamiento, pero la deja caer de la mejor manera posible, sin enfatizar ni engañarnos, sin apropiarse de la verdad ni censurar u ofender a sus contrarios. Por no hacer, Monteverde ni siquiera nombra la palabra tabú que combate en nombre de la vida. La película se limita a citar a sus protagonistas en una encrucijada y cada uno señala un camino, condicionados ambos por su pesados pasados.
Todas estas consideraciones serían en vano si detrás no hubiera un equipo cargado de oficio. La cámara contempla la historia desde la distancia justa, con cierto vistuosismo, pero sin alardes. Es cierto que en un par de instantes roza la postal, pero se sobrepone enseguida con alguna escena magnífica, como la imposible conversación bilingüe entre la chica y el padre de él. De la nada se construye un momento emocionante por su sencillez y profundidad (soberbio Jaime Tirelli, sin que la buena de Blanchard pierda el paso).
Mención aparte merece Eduardo Verástegui, a quien algunos llaman el Brad Pitt hispano y otros comparan con Antonio Banderas. Se puede discutir si un tío tan guapo puede ser así de bueno. Sólo le faltaba ser cocinero, oficio de dioses entregados al arte más efímero y menos materialista, con los tiempos que corren. En fin, que este dechado de virtudes sea una persona tan comprensiva, tolerante y reacia a juzgar a sus semejantes puede dar hasta grima. Incluso su alborotada familia, envidiada por su compañera de reparto, nos remite a la alegría surrealista, aunque no tan anarquista, que se respiraba en casa de Lionel Barrymore en «Vive como quieras». No puede ser casual el tono capriano -tufillo, para algunos- de este filme, reconfortante a contracorriente y abierto a todos los públicos, que no asienta dogmas (mucho menos de fe) ni es una respuesta beata o barata al cine que impera, que no alza la voz ni se entretiene en refriegas o rencores estériles, que quizá defiende más las tesis de McCain que las de Obama, pero con las formas de este último. Algo distinto y digno de verse, en cualquier caso.
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