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EE.UU. responde con una masiva participación al dilema Obama o McCain
Miércoles, 05-11-08
PEDRO RODRÍGUEZ CORRESPONSAL
WASHINGTON. Entre largas colas madrugadoras y previsiones de una prolongada noche de recuento -además de un tangible sentido de historia y expectación antes de empezar a escribirse los primeros titulares- Estados Unidos acudió ayer en masa a las urnas para elegir al próximo ocupante de la Casa Blanca. Aquel que formalmente a partir de las doce de la mañana del próximo 20 enero se tendrá que enfrentar entre otras cosas a dos frentes abiertos de guerra, un problemático déficit de prestigio en política exterior y una calamitosa situación económica.
Con algunos problemas repetidos de logística electoral, dentro de un sistema absolutamente descentralizado entre 10.000 condados y municipalidades, todo apunta hacia un récord de participación. Aunque solamente sea en virtud de los 153 millones de ciudadanos, es decir un 75% del censo elegible, que se han registrado para participar en estos comicios. Porcentaje considerado como el más alto desde la aprobación del sufragio femenino a principios del siglo pasado.
Entusiasmo histórico
En una transformación radical de cómo los estadounidenses prefieren ejercer uno de sus derechos más fundamentales como ciudadanos, las elecciones de ayer también acumularon un aluvión sin precedentes de voto anticipado y por correo que podría llegar hasta un 30% del total. En Estados especialmente disputados como Carolina del Norte, Nuevo México y Colorado, el número de votantes que no ha esperado a la fecha oficial de los comicios creció un 70% con respecto a las últimas presidenciales, entre indicios de una mayor ventaja para los demócratas.
A la vista de todos estos datos, el 4 de noviembre puede terminar fácilmente rivalizando con el récord de participación electoral de Estados Unidos, fijado en las presidenciales de 1908. Año en el que dos tercios de todos los votantes elegibles acudieron a las urnas, tras la renuncia temporal de Theodore Roosevelt a un tercer mandato, para dar la victoria al republicano William Howard Taft sobre el demócrata William Jennings Bryan.
Junto a la posibilidad de ofrecer un veredicto definitivo sobre el próximo ocupante del Despacho Oval, el electorado estadounidense también tuvo ayer la oportunidad de renovar un tercio del Senado federal (35 escaños) y toda la Cámara de Representantes (435 escaños). Con la previsión de que el Partido Demócrata aumente todavía más las ajustadas mayorías en la colina del Capitolio que logró en las legislativas de hace dos años. Además de once elecciones de gobernador y toda clase de comicios estatales y locales. Sin olvidar consultas populares de todo tipo. Incluidos referendos que abarcan desde la legalidad de los matrimonios «gay» en California al derecho a la eutanasia en el Estado de Washington, pasando por la prohibición del impuesto estatal sobre la renta en Massachusetts.
Cuestiones fundamentales
De los resultados del 4-N también se esperan respuestas implícitas a cuestiones tan fundamentales a nivel nacional como el histórico reto planteado por el primer candidato afro-americano a la Casa Blanca en un país con un grave problema racial desde su génesis. El llamado «pecado original» de la esclavitud no resuelto por la Constitución aprobada en 1787 sino por la terrible guerra de secesión en la segunda mitad del siglo XIX. Además de las posteriores décadas de lucha contra el racismo y posteriores esfuerzos en cuestiones básicas de igualdad. En este sentido, el triunfo de Barack Obama en un país -que a mediados de este siglo dejará de tener mayoría blanca según las últimas previsiones del censo federal- supondría cuando menos un visible punto y aparte. Además del debilitamiento de muchas excusas victimistas.
Otra gran cuestión, tan decisiva como recurrente, vinculada a esta jornada electoral es el papel que los poderes públicos deben tener en las vidas de los estadounidenses. Un debate en el que Obama representa claramente la opción de más gobierno, más regulaciones y más intervención. Mientras que McCain simboliza la opción más liberal y con mucha mayor fe en la libertad de los mercados.
Aunque también hay que recordar que cuando esta campaña comenzó en la primavera del 2006, la principal preocupación de los votantes estadounidenses era la guerra de Irak, el nivel de confianza de los consumidores se encontraba en lo más alto de cuatro años y el Dow Jones saltaba muy a gusto por encima de los 11.000 puntos.
Finalmente, el 4 de noviembre también ha supuesto la prueba de fuego para determinar la supervivencia del cisma político y cultural protagonizado por Estados Unidos durante los últimos ocho años. Es decir, la oportunidad de comprobar si Barack Obama ha logrado alterar radicalmente el mapa electoral con un vuelco a favor del Partido Demócrata en una serie Estados de la Unión que llevan casi medio siglo votando solidamente a favor de los republicanos.
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