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Sábado, 01-11-08
EL editor literario, el verdadero editor -ese que no sólo ha hecho de su trabajo una forma de sustento, sino que lo ha convertido en un sistema de vida, en un destino, en una consumación de sus sueños de infancia, porque conoce lo que ama y ama lo que conoce-, el editor de pura cepa, el pata negra en el arte de hacer libros para los lectores pata negra, no es una especie en peligro de extinción: lo ha sido siempre. Cuando existe -y siempre ha existido, porque editar es asumir una larga y noble tradición, próxima y lejana, familiar y universal-, cuando lo encontramos en su labor de cada día, nos damos cuenta de que sobrevive a cada día con un aire de cierta precariedad, de cierta inestabilidad. Con aire de aventura cierta, porque editar buenos libros significa correr un riesgo. El de empeñar el gusto propio, el dinero propio, las esperanzas propias, las propias ilusiones.
Los editores literarios, incluso los moderadamente grandes -esos que en realidad nunca dejan de ser pequeños frente a los mayoristas de la edición comercial, frente a los bravucones del libro adocenado- tienen siempre un componente temperamental de funambulistas, de artistas del alambre. Son los que están obligados a ejecutar equilibrios y equilibrismos de ingenio y saber, para sobrevivir en la selva de los libros.Desde mi punto de vista, a los buenos editores habría que mimarlos desde el Ministerio de Sanidad y desde el de Alimentación, porque su tarea es imprescindible para nuestra dieta, y para nuestra salud física y espiritual.
A ese clan arriesgado de los editores fetén pertenecen desde hace más de treinta años, Silvia Pratdesaba, Manolo Ramírez y Manuel Borrás: los Pre-Textos, que es como también se los conoce en el mundo. Cuando a un editor se lo nombra con el sello de su empresa, se ha consumado en la práctica algo que Manuel Borrás acuñó hace ya mucho tiempo y que ha pasado a ser un aforismo del gremio editorial, una suerte de mantra que sus colegas rezan por todo el planeta, en las mesas redondas, en las entrevistas de los periódicos, en las sobremesas de las comidas de negocios: el catálogo de un editor es su biografía. Y su autobiografía también, su libro en libros, su obra en obras, su drama en gente -como hizo Pessoa con sus heterónimos-, su himno en autores. La familia Pre-Textos, que no tiene hijos propios, posee un carnet de feliz y fecunda familia numerosa, repleto de sus propios hijos. Les acaban de dar el premio más importante del mundo a la labor editorial, el FIL (Feria Internacional del Libro), el equivalente al Nobel para quienes se dedican al trabajo de arropar la buena literatura. Se falló en la Feria de Fráncfort, la principal entre las que se celebran en Europa (y tal vez en el mundo), y se lo entregarán en la de Guadalajara, que es su equivalente en el ámbito del español. En el jurado que los premió estaban algunos editores mitológicos, cuya labor es el emblema de la finura intelectual y del buen gusto, como Gaston Gallimard, el hijo del fundador de la gran editorial francesa, y Roberto Calasso.
A veces uno está tentado de pensar que personas como los Pre-Textos son un lujo infrecuente y representan una excepción entre la naturaleza de los valencianos, pero lo cierto es que la naturaleza de los valencianos -que, dicho sea de paso, no existe como tal- también está hecha de excepciones y lujos infrecuentes. Y entonces uno saca pecho, respira hondo y sale a la calle con unas bocanadas orgullosas de aire puro, por ser amigo, admirador, vecino y paisano de los Pre-Textos.
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