El fanatismo religioso, desterrado al «Desierto adentro»
Jueves, 30-10-08
ABC
Un fotograma de la película «Desierto adentro», de Rodrigo Plá
FÉLIX IGLESIAS
VALLADOLID. Doble presencia del cine iberoamericano en la jornada de ayer de la sección oficial de la 53 Semana Internacional de Cine de Valladolid (Seminci), que poco a poco va configurando la parrilla para la Espiga de Oro. El uruguayo Rodrigo Plá y el argentino Ezio Massa tomaron el Teatro Calderón, sede del festival, con «Desierto adentro» y «Villa», respectivamente, ofreciendo dos propuestas bien diferenciadas pero con una marcada personalidad.
Rodrigo Plá presentó en la edición anterior de la Seminci «La zona». Ya en este su primer largometraje descorchó el pestilente ambiente de los círculos sociales que se encierran en sí y levantan una barrera ante el otro. Con «Desierto adentro», Plá va más allá para llegar al más acá. En líneas generales, el filme se centra en un pobre campesino del México anticlerical de la revolución mexicana de principios del siglo pasado. En medio de los bandos, su familia sufre la sinrazón de los bandos, lo que lleva a Elías, el cabeza de familia, a desterrarse en el desierto con los suyos. Transtornado por la muerte de uno de sus hijos y su mujer, se instala entre cactus y una laguna insalubre para purgar su pecado, pues se considera culpable de lo sucedido. Además, está convencido de que sus hijos morirán por sus faltas. Para expurgar su mancha, levanta con sus manos una iglesia en medio de la nada. En ese marco buñueliano, el realizador hace evolucionar a Elías de su origen de pobre ignorante preso de las supersticiones al fanático despiadado que toma como rehenes a sus hijos.
Plá focaliza las consecuencias de la exacerbación religiosa en la figura del padre y del hijo menor, desencadenante del «pecado original» que ha caído sobre la familia.
La figura de Elías es la más elaborada pues con él madura toda la película, que arranca con el mismo batiburrillo de tópicos sobre la superchería del campesinado emparedado entre los terratenientes y los revolucionarios. El desgraciado viudo, que escapa de morir fusilado por azar y que arrastra a la penuria a los suyos, fotograma a fotograma se transforma en un fanático, con un perfil frío y mesiánico que va forjando una personalidad pétrea e impermeable a toda razón. En paralelo, Aureliano, el hijo menor, aislado del contacto con sus hermanos, aprovecha su perspectiva para dibujar las pinturas que decorarán el futuro templo y con las que narra las penurias y penitencias de la familia. Su punto de vista es neutral en contraposición con la obcecación paterna. De ese choque la película vuela hacia unas cotas de calidad que bien merece la Seminci.
Tres jóvenes marginales de una barriada de Buenos Aires deben buscarse la vida para poder ver en televisión el primer partido de Argentina en el Mundial de Fútbol de Corea-Japón. Con esos protagonistas, la película «Villa», de Ezio Massa radiografía la Argentina de la crisis de principios de este siglo, donde el deporte rey aúna a todo un pueblo hundido en la miseria. Al final del día, cada uno de los jóvenes resuelve su afición balompédica como bien puede, sin que al final el resultado del partido sea relevante para sus destinos.

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